UBALDO ROSARIO TAVERAS:
Escritor y abogado de profesión. Estudió en el Liceo México Plan de Reforma, allí conoce al profesor Juan Ramón Rodríguez quien es su primer orientador literario. En el año 1984 se integra al taller de literatura: Círculo de Lectores Fragmento (CILEFRA). En 1994 junto a Roberto Mercedes y Rafael Jubileo crea la revista cultural y literaria: ESCRITOS, y en el 1996 funda el Taller de Narradores de Santiago.
Sus narraciones se encuentran en los siguientes libros: Para Matar la Soledad, Éste era principio, Caleidoscopios: antologías del Taller de narradores de Santiago; Circulo de Espera, antología de cuentos de la Secretaria de Estado de Cultura (hoy Ministerio), en la Revista Mitos y en la antología Narradores del Mundo. “
Ha publicado los siguientes libros: Cuentos cortos para lectores perezosos y el ensayo jurídico: Contaminación por Ruido. Y los ensayos: Carecen de errores las obras maestras, Cervantes y el falso Quijote, El lector marginado, Los escritores de Santiago y sus orientadores, Federico Nietzsche del olvido a la locura, Una canción y un cuento de Navidad para Juan Bosch y Charles Dickens, La influencia del Derecho en la literatura, y Las puertas del cielo en Rayuela en los periódicos: El siglo, Hoy y La Información. Publicó en el año 2004, el libro: “Cuentos cortos para lectores perezosos” y en el año 2011 el Ensayo_ Contaminación por Ruido.
En la actualidad administra el blog de descarga de libros dominicanos: libros dominicanos en pdf blogspot. Com, y en año 2019 obtuvo Premio Nacional José Ramón López en la categoría de cuento.
Presento cuatro cuentos:
1-Este muerto es mio
2- La espera de un milagro.
3- La luna no es redonda, es una bola.
4- Mi viejo.
ESTE
MUERTO ES MIO
Frente al
cadáver de Niñoman el padre llorando trataba de abrazar el ataúd
decorado con cuatro candelabros mientras las velas encendidas lo
sujetaba a la realidad, de una forma u otra, informándole al
razocinio de que ése es su hijo y que no duerme, sino que yace
muerto.
El
hombre acarició la mejilla de Niñoman e inmediatamente recordó
la primera vez que lo tocó. Tenía un día de nacido. La madre
orgullosa recibía regalos y flores de extraños anónimos mientras
su marido escuchaba las identidades de los desconocidos. Mas que eso
escuchaba la voz de la preocupación cuando se preguntó cómo iba
pagar la deuda del parto.
Elevó
el rostro y los cilindros de parafinas lo sustrajeron al presente y
el padre lleno de heroísmo y en su desvarío imaginativo asesinó
uno por uno a cada uno de los homicidas. El llanto aumentó y
cabizbajo se sintió impotente de hacer lo que había soñado en esos
segundos de rabias y terminó asustándose como aquella vez cuando
desempleado su vecina menor de edad le informaba que estaba
embarazada. No halló qué hacer, a excepción de dividir la sala de
la casa con cartón piedra y algunos pleibús viejos tuvo que
improvisar una habitación.
Cabizbajo
ocultando con su cabeza el cuerpo del difunto sintió la mortalidad
al tratar de describir las sensaciones de terror, que de alguna
forma eran diferentes, pero algo parecido aquellos sustitos cuando no
tenía un centavo y salía a vender un artefacto o a empeñar lo
ajeno para terminar discutiendo con los parientes. Incluso así
cabizbajo descubrió que cada susto se mezclaba con las
preocupaciones como las noches aquellas cuando recorrió las calles
solitarias del centro de la ciudad para atracar y luego comprar una
que otras latas de leche o alguna receta pero cuando llegaba
acobardado ya un dadivoso había regalado alimentos y algo de dinero
a la esposa.
Así
precariamente y poca a poco entre milagros vio crecer a su hijo hasta
convertirse en un adolescente hasta aquel día después que había
financiado la matrícula de su Honda 70 para comprar útiles
escolares, escuchó la noticia de que a Niñoman lo habían matado
sus amigos.
El
llanto aumentó cuando escuchó que era la hora del entierro pero no
por mucho tiempo, porque los vecinos y los deudos espantados corrían
ahuyentado por los gritos de místico Pan. Pero no era el sátiro
Pan quien ahuyentaba a los moradores en el velatorio sino un
jovenzuelo que al desmontarse de la jeepeta los presentes creyeron
que Niñoman había resucitado. Pues tenía la tez clara, los ojos
verdosos y el cuerpo erguido como un atleta de fútbol americano en
fin se podía afirman que los clones existían.
La madre
de la víctima se ocultó entre su vergüenza cuando contempló
detrás del jovenzuelo al hombre que lo escoltaba. Escuchó a lo
lejos el beeper del vehículo lujoso asegurando las puertas como
otras veces lo había escuchado, con atención e impaciencia. El
hombre se dirigió hacia el difunto.
El esposo
se irguió alejándose un poco del ataúd al mirar detenimante a los
visitantes y miró a su esposa y gritó: Serpiente, serpiente.
-Quiero
ver a mi José Manuel – dijo el recién llegado.
-No te
acerque pendejo – anugado por la rabia y el enojo expresó el
deudo
-Este
muero es mío.- Así lo decía sin dejar de mirarle a los ojos.
Los
hombres quedaron solo cara a cara, solo el silencio lo separaba.
Entonces el hombre con los ojos hinchados de tanto sollozos, supuso
que éste era uno de los extraños anónimos que en los momentos
difíciles hacían llegar sus dádivas que de alguna forma él creyó
que eran algo parecido a los milagros.
La
madre del difunto se llevó a otro lugar de la casa la visita, pero
su marido quedó azorado contemplando el lujoso ataúd. Dedujo todas
las trampas y astucias de su mujer, así que sacó el cadáver del
féretro para luego dejarlo caer junto a las cuatros columnas de
cera. En voz alta gritó: Este muero es mío. Así lo repitió
mientras trasladaba el cuerpo de Niñoman en una de las guaguas que
se dirigían al cementerio.
LA
ESPERA DE UN MILAGRO
A la
muerte de su hijo Doña Luz a los ochenta años esperaba un milagro.
No esperaba que resucitara porque aunque no estaba muerto, se
encontraba en estado de gravedad, además; el Teniente Gómez lo
volvería a matar. Así que su hijo, el más pequeño de siete,
estaba muerto, y necesitaba un milagro.
La anciana
observó el firmamento y no quiso acelerar el paso. No era oportuno.
La funda repleta de carnes con su peso impediría tal acción.
Lentamente bajó el rostro. Las nubes estaban oscuras y no tardaría
en caer el aguacero. Caminaba despacio y aunque sus ojos y oídos
miraban y escuchaban el pasado. El cuerpo la guiaba escuchando en su
mente al teniente blandiendo la pistola diciendo obscenidades. Martín
respondiendo que estaba retirado y luego un trueno mecanizado
ensordeció a la friturera.
El
cuerpo de la madre se transportaba sin voluntad y las gotas enormes
se desmigajaban en los pies. Al impactar contra el suelo
recreaban la imagen de unas simples garrapatas llenas de patitas que
se desprendían hacia la diminuta altura y en ese milésimo de
segundo que los ojos no pueden apreciar, las gotas desaparecían para
convertirse en una superficie plana. La lluvia, según navegaba el
viento, se hacía uniforme y tenía una distribución aleatoria de
las gotas mientras los transeúntes corrían a
guarecerse. Poco a poco el ritmo de la lluvia aumentaba como si
fuesen aplausos. Mientras la octogenaria esperaba un milagro, una
gota de lluvia no la había tocado.
Entre el
cuerpo y las precipitaciones líquidas existía un silencio. Quizás
la nada. Pues el sonido tanto del aguacero como de su mundo
circundante aislado de manera inconsciente, estaba para ella. Pensaba
en aquellos minutos antes de la muerte. Le había dicho a Martín
que le comprara un paquete de servilletas. Tan solo quedaba un pliego
de ellas. Realmente le dijo: Guanajo no ve que es la última, no la
uses. El sonrió y ella que sabía que iba morir por el Síndrome del
Sida, lo miró tiernamente. Aún no aceptaba que sus hijos murieran
primero y no aceptaba que estuviera contagiado.
- Deja de
toser encima de la fritura. – Le recordó autoritariamente.
Fue lo último que le dijo. Lloraba con los
pies humedecidos por los chorros de aguas que se espaciaba con el
lodo y la basura mientras las personas, unas empapadas y otras
refugiadas en sus paraguas, eran ajenas para Doña Luz. Cada paso que
daba eran como si anduviera por un lugar solitario y solitaria
navegaba ella por los recuerdos que vislumbraba cinematográficamente.
La servilleta caer como si fuera en cámara lenta sobre los
alimentos. La mano que no podía sostenerla. El disparo que le
espantó la vida de manera rápida e inesperada. En cierta forma no
aceptaba ese tipo de muerte. Quería tenerlo bajo su cuidado. Allí
en la habitación donde lo había concebido
Podría
decir que sus lágrimas se mezclaron con la lluvia. Pero no puedo
afirmarlo porque aun la lluvia no la había tocado. Caminaba con su
funda de provisiones sin imaginar que la única que transitaba
realizando un milagro era ella. Eso no le importaba, claro estaba
abstraída de la realidad, pues seguía soñando con un milagro.
Llamaba a su hijo y le decía que la policía lo iba a matar, que
andaban un tal cabrerita y otro que le apodaban la soga detrás de
él.
-
Máaaluz, tengo cuarenta años. Estoy retirado. Tengo años que no
robo un pincho, oyó, vieja, un pincho -. Ella lo abrazó diciendo
que esperaba la intervención divina. Que alguien le sacara el nombre
de Martín de la cabeza a los policías. Incluso hasta pensó que
murieran antes de que lo encontraran. Pero ¿cómo morirían? ¿Quién
lo mataría? ¿Quién se vengaría? Lo apretó fuerte y llegó a la
conclusión de lo imposible.
El
diluvio, si se puede llamar así a una fuerte lluvia, no decrecía a
medida que ella llegaba a la casa. Mientras se acercaba otros
expuestos a la intemperie estaban empapados como si toda el agua del
mundo se dispusiera a caer sobres sus cuerpos que buscaban saltar
los charcos o esquivar chorros gruesos de algún contén, sin
embargo, la lluvia seguía evitando tocar a la anciana. El
aguacero se expandía como si fuera la ciudad un campo de
agricultura. La lluvia se arrastraba por el suelo y se iba
domesticando mientras le acariciaba los pies como si fuese un felino
runruneando a su alrededor. El
agua intentaba sujetarle de los tobillos y entorpecer cada pisada.
Ella
pisaba lentamente el suelo y el suelo corría entre sus pies tras el
desplazamiento del agua que aumentaba y entre las pequeñas montañas
de basura se concentraba como remolino que deterioraba lentamente la
masa sólida y así evitaba la retención. Doña
Luz caminaba cabizbaja con el pachuelo que le cubría la cabellera
blanca. Sin embargo, las faltas
de precisión de las precipitaciones liquidas para tocarla
explosionaban en sus pies. La lluvia se distribuía espaciosamente
pero a una velocidad de impacto similar a un martillo sobre un
cristal. La energía de las gotas creaban escalofríos en las hojas
de las plantas que temblaban en cada episodio que el viento simulaba
estar tranquilo y encallado. Llueve y el agua resbala por las paredes
de las casas como si estuvieran llorando. Llueve y las calles ya no
se ven.
La
anciana le robaba el espacio lentamente a la distancia y las nubes se
ennegrecían de hollín oscuro que hizo que la tarde se volviera
noche. Una adolescente empapada corría desesperada en busca de un
lugar para refugiarse. Entonces presintió
que estaba cerca de la casa y se fue despojando poco a poco de los
recuerdos. Especialmente cuando Gómez después de disparar se sentó
a comer de la fritura y notó la pequeña herida en su rostro cuando
el dolor se esparció con la pequeña hemorragia. Desplazó el
oficial la cabeza y ciertamente Martín había lanzado el cuchillo
que ahora estaba junto al cadáver. Tocó la herida y con los dedos
logró asir la servilleta y la limpió. Luego procedió hacer lo
mismo con la boca.
Doña Luz
elevó el rostro y no tuvo que tocar la puerta. La mayor de su hija
estaba en su espera.
-
Mamá Luz, no se moje, no se moje. – Ella regresando al presente
contestó que no estaba lloviendo, pero reaccionó y fue en ese
instante que las primeras gotas la alcanzaron. Y es que los
insistentes impactos líquidos de una lluvia terca no se daba cuenta
que no podía mojar a la triste señora que caminaba pensando en su
moribundo hijo.Hizo
un esfuerzo y entregó las provisiones respirando hondo. – Ay,
hija mía, cuando se he vieja, hasta los pies no quieren cargar a
uno. – Se sentó y miró hacia fuera, el
aguacero se expandía robándole al horizonte a la distancia. Frente
a ella estaba la lata de basura, aún no la había votado desde el
atentado contra Martín. Notó que aún estaba seca y con asombro
comprendió que había transcurrido un milagro y rezó. Doña Luz
feliz por el extraordinario suceso, tomó la lata de Crisol y con su
mano temblosa por el cansancio comenzó asir los desperdicios para
introducirlo en una funda plástica. Lo primero que tocó fue aquella
servilleta inundada de la tos, mocos y estornudos de Martín,
mezclado con la sangre y la grasa del Teniente Gómez.
LA LUNA
NO ES REDONDA ES UNA BOLA
Mañana
dijo Luisito que la luna es redonda y no es verdad, es una bola, yo
siempre le gano porque cuando dice que es redonda, grito fuerte y
calla, le tumbo el cuaderno y corro gritando, es una bola, es una
bola que vuela en
el cielo. Dice que sabe más que yo, tiene cuatro años y señala
ocho. Digo que no hay cuatro dedos que no sabes contar. No importa
que sea más grande sé que la luna es una bola. Entonces corro a
casa para decirle a mamá que la luna es una bola y se encuentra
cocinando quejándose de dolores, Naro le pasa la mano para curarla.
Es que mami trabaja mucho siempre está limpiando, fegando, cocinando
o lavando. Yo una vez la ayudé y no me gustó por eso es que
siempre le duele la espalda.
Grito
empujando la puerta y se asusta, “muchacho del carajo” y me da
con el cucharón sucio de la comía. Quise gritar y me acuerdo “Mama
verdad que la luna es una bola”. Naro se ríe “una gran bola
donde uno puede vivir”. Me quito la jopa, prendo la tevision, Tom
y Jerry. Naro se jue, llega papi quita los muñequitos y come.
Pregunta si comí y se quita la correa, no quiero comer, tomo la
cuchara y digo que no me gustan lasabichuela ni las gebollas y me da
por la cabeza. Maaa se pone triste y empieza a dármela.
Papá ve
la comedia y maaa dice que quere ver la novela. La mira y manda la
novela al carajo, mami le tira agua y se fajan.
No
se porque mami le gusta darle a papi, él es gueno y está enfermo.
Una noche junto a la estufa lo vi calentando mi jarabe en una cachara
y se puso una inyección. “¿estás malo papi?” "Sí, tu
también debes tomarte el jarabe cuando esté enfermo, para que no se
te salga el mondongo”. No me gustan los jarabes y mami lo sabe,
siempre busca a la vecina y agarran apretándome la boca, tapan la
nariz y hago gárgara hasta tragármelo. Papá es grande y aunque no
le guste se toma su remedio. Una vez maaa le peleó porque no trajo
el dinero de la comida y le decía que estaba malo se iba morir si no
tomaba, papá se la había tomado lo supe porque había agarrao la
nariz y meneaba la cabeza como lo hago cuando me obligan. No quiero
que le de a mamá y lo hace. Pero si no se toma la medicina se le va
a salir el mondongo por la boca y no quiero. Por eso me la tomo.
¿Por qué papi le cambia la novela a má, si está enfermo? Mami
trabaja mucho y estás cansada. Se va a enfermar nunca la veo tomando
remedio por los dolores de espalda. Tal vez porque Naro le ayuda. Una
vez vine temprano del colegio y no la vi en la cocina, estaba en el
aposento con un dolor y gritaba. Lloraba mucho, bajito para que no
la oyeran, también lloro así y no me dan el jarabe, no quise
preguntarle porque siempre me da con un zapato o cualquier otra cosa.
Me quedé mirando como Naro la curaba para decirle a papá. Lloré y
busqué el jarabe y lo bebí sin que llamaran a la vecina, no quería
tener el dolor de mi mami. Me puse contento cuando los dos salieron
riéndose y la abracé por que se había curado.
Papá
me mira sabes que no quiero comer, mamá toma el control y cambia de
canal. Papá saca dinero y dice que compre helado. Voy a jugar. En la
tardecita después de jugar voy a donde mamá para que me compre una
valquilla y encuentro a papá mimiendo en el mueble. Mamá no deja de
lavar las ropas y habla con los vecinos.
En
la noche espero que papá llegue de pasear y tome su medicina para
que me de dinero para el recreo, le digo que no se tome esa medicina
que a mamá no le gusta, que Naro sabe curar. Siempre cura a mamá en
la mañana cuando se pone mala. También le digo como lo hace. Se
pone guapo y la llama. No está, ella va todas las noches a onde
güela. jui a buscarla y no estaba. Me mojé el cabello y el agua se
llovía. Papi se fue mojando.
En la
mañana maaá me levanta, tomo chocolate y no quiero el jarabe. Voy
al colegio. En recreo digo a Luisito que la luna es una bola grande
tan grande que uno puede vivir en ella. Dijo no. Es chiquita y que su
papá un día había jugado pelota con ella, le dije, es más grande
que tu casa y la mía, tu papá es un mentiroso. Me agarra por los
cabellos y me tumba. Lo muerdo y Llora. La profesora me da un
papelito para mi mami. Me despacharon temprano y fui a casa. Llamo a
mami y en la cocina la encuentro con otro dolor llorando, desnuda, la
espalda con moretones y los ojos de color rojo. Busco el jarabe para
dárselo y me acuerdo que está en el aposento y lo busco. Allí está
Naro también malo y con el mondongo botándolo por la barriga. Tomo
el jarabe y se lo llevo a mamá, ella vota sangre por la boca y no
quiere, llamo a la vecina para hacerle lo mismo que me hacen. Le
digo que mami está por botar el mondongo y no se quiere tomar el
jarabe.
MI
VIEJO
A: René
del Risco Bermúdez
Viejo mi
querido viejo
ahora ya
caminas lerdo
como
perdonando el tiempo
yo soy tu
sangre mi viejo
soy tu
silencio y tu tiempo.
Piero.

Cuando
olvidaba las miradas de los sueños te veía a ti papá
despertándome a las seis de la mañana y te ibas a trabajar. En mi
cuerpo aun sentía el suspiro dormilón junto a la cama y al insistir
mamá de que me levantara ya desayunando estaba Carlos Manuel y listo
para ir a la escuela. Por las mañanas corríamos para tener las
primeras butacas, entonces antes de llegar a la escuela te veíamos
laborar, era gracioso papá, con aquel mameluco desteñido que decía
en tu espalda “Ayuntamiento Municipal”. Muchas veces te asustaba
como en otras ocasiones te enojabas cuando Carlos Manuel te golpeaba
con las cascarillas de naranjas, tú les pedía las gomitas y lo
regañaba con no darle dinero. Carlos, embriagado de risas decía que
era para matar lagarto en la escuela, entonces te ponías cariñoso y
nos daba suficiente para el recreo. Luego sin ton ni son levantaba el
palo del escobillón y ordenaba no correr, pero corríamos papá.
Los viernes te encontrábamos bien vestido y preparado para ir a
jugar dominó con tus amigos. Te recuerdo, porque hoy he aprendido a
valorar a los mendigos, entonces rememoro el eco de tu voz a lo lejos
diciéndome “dale duro en la cara, no voltee el rostro cuando te
den”. Pasaba un asalto y veía tu rostro con aquel ojo fijo en mí.
“Peléale cuerpo a cuerpo”. Volvía y revisaba mis guantes, sí
que me animaba papá. “Dale un upper cut,”
y yo casi corría porque Luis era mucho mayor y fuerte. Insistía de
nuevo pregonando, “un jab en la cara,
Luis es un pendejo”. La pelea terminaba
al enterarse mamá que tú apostabas a mi favor y tomado del brazo me
sentaba junto a ella mientras cocía la ropa por encargo de alguna
vecina. Desde la ventana veía el espectáculo del barrio, gritaban
los muchachos y tú animabas a Carlos Manuel. Librado, víctor,
Eddy, Juan, Julio y Sandi,
estaban listos para la competencia. Entre risas limpiaba la gafa
oscura y la colocaba en tu cara como si fuera ella un miembro de tu
cuerpo. Sin la gafa era ver otro hombre con la mirada astuta de un
cíclope.
La seis de
la tarde, mamá mandaba a comprar carbón y cuaba ordenándome
encender el anafe, pero tardaba porque Carlos Manuel se preparaba a
salir, tenían que darle la vuelta a la manzana y de súbito sacaba
la cabeza del comercio y te veía mi viejo, levantando y trasladando
a mi hermano entres tus hombros, cambiaba cinco pesos en cheles y
reunía a los muchachos. Yo corría con la lata del carbón, en
muchas ocasiones no me daba tiempo de llegar a casa y regresar.
Esperaba, de momento los centavos bajaban cuando los sonidos mágicos
del metal despertaba mi avaricia y golpeaba por tomar uno, dos o tres
cheles. Luchando contra Luichi o Joselo y los demás corrían hacia
otro lado buscando la lluvia de monedas. Feliz me levantaba
escuchando mi nombre y huía a la casa antes que mamá me llamara de
nuevo. Al enterarse ella de tu paradero con el radio de pila
esperando que Las Aguilas ganaran, me dejaba salir. Antes que la
noche se desplomara, los muchachos nos reuníamos a jugar belluga.
Dos cheles con el rostro de Lincoln lo utilizábamos para comprar uno
de palmita, era una reliquia un chele de palmita y si la fecha era
vieja de años atrás, dábamos tres. Los centavos con la efigie de
Duarte o Caonabo, valían más que lo de Lincoln;
pero al fin todos los perdíamos en el juego o algún jalao o riqui
taqui cuando pasaba tío.
Afeitándote
en una ocasión me gritaste enojado y me devolviste a correazo a
buscar el vuelto donde el pulpero. Como quisiera que ahora me
reconociera, pero no lo hará, estoy más fuerte y viejo. Mi cabeza
está poblada de canas y he perdido varios dientes. Tantos años sin
ver el sol ha blanqueado mi piel y no hay forma de que reconozca
aquel muchacho que te sacaba las caspas mientras escuchaba la radio.
“Mil doscientos veintinueve, ciento cincuenta pesos, ochocientos
veinte, ciento cincuenta pesos, trescientos treinta y uno, ciento
cincuenta pesos, mil novecientos sesenta y siete, Premio Mayor, uno,
nueve, seis, siete. Premio Mayor, mil novecientos sesenta y siete.
Premio Mayor, sesenta y siete”. Te levantaste de alegría y los
vecinos estaban con una gran algarabía en la puerta de la casa,
sabían que tu tenías cinco años jugando ese número abonado y no
tardaste en comprar la casa donde vivíamos alquilado y la
construiste de blocs. Mamá dejó de hacer los dulces y Carlos se
alegró de no venderlo más, hasta tío dejó de vender los Riqui
taquis que tú y él preparaban en las noches. Ese día cambió
nuestra vida, Carlos Manuel tuvo su primera bicicleta pero no dejaba
de fugársele a tío en la de carga y burlarse de él.
Sesenta y
siete, a partir de ese número sentí que los años pasaban más
rápidos, sin darnos cuentas éramos hombres, decían que éramos
adolescentes, pero Carlos Manuel y yo sabíamos que éramos hombres.
Hasta nos caíste a trompadas y me sorprendí que no usaste la
correa y todo porque nuestra prima tenía amores escondido con los
dos. Carlos y yo, celosos, no aceptábamos que estuviera con el otro
y con los golpes sentimos que mamá se iba enterar, le temíamos
tanto que decidimos compartirla. Pero lo que Carlos Manuel no sabía
era que mientras él dormía, Julia se entregaba así todita para
mí solo. Era emocionante verlo dormir cuando me excitaba con los
gemidos de mi prima, era hermoso sentir su cuerpo desnudo templando
contra el mío. Un día se descubrió el embarazo. El miedo me
dividió en dos, estaba tan asustado que sentía el mundo en mi
espalda. En el taller avanzaba en el trabajo lentamente y me daba a
las risas, esa parte de mí me gustaba, pues estaba lejos de las
preocupaciones. Al llegar a la casa, la otra parte de mí me
golpeaba, sentía como si una agujeta me agujereaba el estómago,
Julia me miraba y mi corazón sangraba, parecía como si alguien le
cayera a patadas. Era horrible actual así enseñando un rostro no
acostumbrado al engaño. Trataba de buscar el otro lado de mí y
aliarme a la tranquilidad, y no lo lograba. Sólo servía para
disecar la realidad en una calma que no existía en mí. Sin darme
cuenta te acercarte a mí papá y dijiste lo que te dijo una vez tu
amigo el Síndico que asumiera una actitud conformista cuando no
podía resolver una crisis porque la reacción de la vida normal es
una falsa, que no tratara de seguir ideas ajenas de hombre y mujeres
plastificado por la sociedad. Mi viejo, no comprendí sobre el
significado de hombres y mujeres plastificado, pero me sentí
contento cuando el mundo no estaba en mi espalda. Decidí hablar con
tío y en ese momento Carlos Manuel saltó de alegría junto a él
que insultaba a mamá, afirmando que no debió dejar ir a su hija a
vivir a nuestra casa y ayudarla en los oficios. Nunca imaginé que
mientras trabajaba en el taller, mi hermano y Julia se bañaban
juntos. Imaginé todo lo que se puede hacer en el baño y
especialmente con mi prima. Siete meses después, Julia estuvo de
parto. La bebé era hermosa, Julia nunca pudo decirme quien era el
padre. La niña se parecía a los dos y Carlos y yo teníamos el
mismo tipo de sangre. La prima y mi hermano se mudaron, me sentí
solo y le insistía a mamá de que lo convenciera. No lo logró, a mi
hermano los celos le carcomían el estómago. Desde ese día me di a
la bebida. Embriagado tuve una revelación, la vida se vive sola,
independientemente de nosotros. El mundo circundante era un absurdo,
me gustara o no. Julia no era una mujer, era una diosa, recordarla
era idolatrarla con una botella de agua ardiente. Una mañana te
enteraste de la huida de Carlos Manuel a Puerto Rico. La yola
naufragó, muchas personas ahogada y desaparecidas. Mamá lloraba
contando entre sus dedos las bolitas de un rosario. Julia pregonaba
“se lo dije”. Tú no soportaste que en la noticia informaran lo
sucedido. Buscaste a tío, se marcharon a Nagua y regresaste con él,
fue un milagro. La familia lo besaba y le aconsejaba. Yo estaba solo
y borracho mirando como Julia lo abrazaba y acariciaba. Estaba solo y
abandonado mirando a la familia admirándolo. Estaba solo, sin mi
cuerpo, sin mi voluntad. Solo con una botella en la mano. Solo,
acompañado de una botella vacía, una botella que me había dado el
poder de ser lo que era, un amargado. Entre las alegrías te veías
corretear con la nieta, traté de pararme y caí hiriendo los codos.
Mamá se acercó y sollozando me decía en mis oídos, “no beba
más, mira el cielo, allá el altísimo te concederá pronto una
buena mujer”. Yo levanté el rostro al firmamento y recordé
cuando tú nos hiciste las chichiguas, la de Carlos Manuel se reventó
y corrimos en busca de ella, pero nadie la pudo atrapar, ella cayó
allá en la finca de Pacheco entre esas matas de cambrones llenas de
espinas. Mamá me abrazaba en el suelo y trataba de limpiarme las
heridas y sonreí. Lo hice porque fue igual cuando monté en mi
propio carrito de cajebola, tú lo había hecho para los dos. Los
muchachos y yo echábamos competencia y el ruido desde la calzada
molestaba a los vecinos y al salir uno de ellos que siempre nos
echaba agua, yo traté de pararme en plena velocidad, lo hice y me
fui de boca. Me rapé los codos y los labios, tú mi viejo,
mandaste a comprar mentiolé, yo gritaba, ay... papá ya no me duele,
papi, te digo que no me duele. Carlos Manuel se revolcaba de la risa.
Sí que me hizo reír el recordar mi infancia, mamá se dio cuenta y
con ternura abrazó más fuerte. Mi vida cambió, esta vez regresaba
a los estudios, te había prometido terminar el último año del
bachillerato. La razón de mi nueva actitud, fue por la promesa a
Carlos Manuel de conseguirle Visa, nadie lo sabía, estaba contento,
si mi hermano salía del país, yo podía volver con Julia. Los meses
transcurrían y un día visitó nuestra casa aquel quien fuera una
vez Síndico en los tiempos cuando trabajaba en el Ayuntamiento
Municipal. Lograste junto a él la Visa de Carlos Manuel. Qué
alegría, se hizo un baile y mientras gozaban, en la oscura
habitación, aquella que había compartido desde la niñez con mi
hermano, ahí donde unos años antes había perdido la inocencia, me
reconcilié con Julia. Al claudicar la fiesta, reuniste a la familia
y nos informaste de la hipoteca. La misión de Carlos Manuel, era
trabajar y mandar dólares, lo suficiente y no perder la casa. Mi
misión fue trabajar y mantener la familia, con esos fines alquilaste
un terreno y compraste las cajas de herramientas. Fue lindo mi viejo,
obsequiarme un taller.
Al emigrar
Carlos del país, me aconsejaste, has esto y lo otro. Especialmente
no podía seducir a mi prima. La familia la vigilaba, y cada día que
pasaba era yo más temperamental, solitario y contradictorio.
Controlaba a mi cuñada de una manera enfermiza. Nos veíamos fuera
de la ciudad. Luego me sentí poseído de un apetito amoroso, fuerte
y sano. Soñaba con una vida profesional e ir a la universidad. Tú
mi viejo te oponías a ese modo de vida, me hablaba de Carlos Manuel,
de mi madre, de los dólares, de no desear la mujer ajena. Pero
quería estar con ella, Julia me transformaba en un ser encantador y
gracioso; aunque en mí interior era duro y no aceptaba ningún
compromiso. Eso siempre le molestó a mi prima, reprochaba que yo
debía ser su marido, fui el primero en saber del embarazo y me lo
había dicho para que la tomara como mujer. Pero no lo hice, ahora
recuerdo a la familia, constantemente peleaba contra mí. Tío sacaba
de vez en cuando un colín si no dejaba en paz a su hija, no lo hacía
por ella, ni por la buena moral, sino por los cinco y diez dólares
que le llegaban en cada carta. Se complicó más la relación
familiar. Julia se mudó con sus padres y tú mi viejo me dabas
fuerza y valor, siempre fuiste un ser bondadoso y dispuesto al
sacrificio; no me dejaste solo. Los meses sin ella era un cielo sin
ángeles y sin Dios. Estaba incómodo, era un pobre diablo lleno de
ansiedad queriéndole demostrar a los demás que mi vida estaba llena
de amor sin Julia. Esa actitud me enfermaba. Empecé a tomar, cada
botella de alcohol sacaba el sufrimiento más profundo de mi alma,
había maldecido tanto que creo haberla perdido, lo sacaba de allá,
de aquel abismo oscuro y desdichado que estaba en mí. Así quería
estar, que Julia supiera de mi sufrimiento. Varias veces recibí
correspondencia en papelitos, recuerdo uno. “Mi amor no tome más,
cada vez que me encuentro contigo así borracho, siento que mi amor
por ti va muriendo. Siempre te he amado por ser alegre y trabajador”.
Hasta tú mi viejo me admiraba por trabajador. El taller estaba
abandonado y decidiste venderlo. Desde ese día el dinero escaseaba y
era difícil un trago. Pensé, dejar la bebida y reconciliarme con la
familia, ser más astuto y engañar a todos para verme a escondida
con la mujer de mis sueños. Era tarde mi viejo, Julia estaba
embarazada de Luis, de ese maldito que tanto golpes no habíamos dado
desde niño. Él la mudó y Carlos Manuel dejó de escribir y de
mandar los dólares. Tú casi enloqueciste al ver que nuestra casa
hipotecada se iba a perder. Lloraste, hasta mamá lloró y nunca la
había visto llorar. Yo enloquecí y vendía los ajuares de la casa y
tomaba. Cada día era una eternidad, no llegaba el día de mi
felicidad. Tomaba, tomaba mientras tú paseabas con tu nieta buscando
ayuda con tus viejos amigos del Ayuntamiento, ninguno te pudo ayudar,
ni el ex – síndico, ni la suerte. Desde lejos veía que lloraba en
la habitación abrazando a tu nieta, abrazando quizá a mi hija,
abrazando a la niña que yo nunca amé por estar buscando el amor de
su madre. La niña era el único trofeo de amor en la familia. Tú lo
sabías y la abrazaba junto a mamá cada vez que llegaba la
mensualidad para el pago. Mamá escribía, todos los días mandaba
sus cartas; pero Carlos Manuel no respondía.
Una noche
enloqueciste, tenía que entregar la casa, el hogar de tu vida, el
hogar que siempre soñaba con tu escobillón al hombro barriendo
cada calzada y contén de cada barrio y sin ton ni son te sonríe la
suerte, el número sesenta y siete te da lo soñado. No había
forma, tus sueños no eran pesadillas sino la misma vida
despedazándote poco a poco. Tomaste cada uno de los recibos de la
hipoteca y con ellos incendiaste la casa, la gasolina distribuía las
llamas mientras los gritos despertaba desde el fondo de mi conciencia
embriagada, el pánico. Despertó en mí el temor a la muerte, aunque
era ya un muerto que pasaba por la vida sin ton ni son. El incendio
sumergía a la altura hacia la iluminación de sus llamas que a la
vez me quemaba los ojos. En verdad, no desperté por los gritos, lo
hice porque los ratones cruzaron sobre mí, escuché la voz de mi
madre. Lloré, mamá donde está... donde está... Lo busqué a ambos
y no los encontrabas, sólo escuchaba las voces de auxilio pero no
podía hacer nada, el aire se desvanecía, el humo me provoca tos y
mi piel no resistía el calor y me desmayé. No, no me había
desmayado, vi a los bomberos socorrerme. Todo quedó en cenizas y
con los muros ennegrecidos. Los amigos me decían que te sentabas a
llorar y sin comer frente a la ruina. Mientras tú añorabas lo
perdido papá, yo cumplía condena de veinte años. Por la ventana de
la prisión observaba un edificio en construcción, “miren
muchacho, a tres manzanas de allí vivía yo”. Los presos no se
inmutaban; pero yo seguía mirando y traté de olvidar. No a mi madre
que tanto lloró en el juicio pregonando mi inocencia. No pude
olvidar a Julia y a tu nieta.
Las
prisiones son duras, dicen que son para reformar y educar a los
delincuentes. Solos los presos saben que están para castigarnos. Lo
peor de la prisión no era estar enclaustrado sin salir al patio,
era que cada domingo nunca llegaba visita. Las madres nunca abandonan
a sus hijos sin importar si es un desgraciado; pero mi madre nunca
fue, estaba enferma. Ocho años después me enteré de su muerte.
Ese día lloré porque me parecía que había muerto en ese instante.
Me acerqué a la ventana gritando, mamá... y vi un perro flacucho y
sarnoso que buscaba de comer en un basurero, yo seguía gritando y
llamaba a mi madre, ay madre mía no sabes cuantos te amé, ese día
quería ser aquel perro y correr a donde ustedes, no quería se un
perro para ser libre. Sin importar donde estuviera, sólo quería
estar con ustedes papá, quería levantarte de esa esquina frente a
la ruina de nuestro hogar y llevarte a volar chichigua, boxear y
verte reír mi viejo. Pero no; mientras gritaba la muerte de mamá
nada más escuchaba la queja del provot.
No piense
que hoy te recuerdo sólo porque he salido de la cárcel o porque los
mendigos tengan algún significado para mí, no papá. Lo que pasa es
que hace media hora que te di la limosna y al no reconocerme porque
tiene tu único ojo casi ciego por la quemadura, me ha cogido con
llorar y recordar los buenos y los malos tiempos. Hace un rato cuando
venía hacia acá recordaba la canción. Mi pueblo ya no es pueblo/
es una ciudad cualquiera/ con los edificios altos/ y con largas
carreteras./ Mientras tarareaba vi a los lejos en una tienda de
variedades a Julia ¿Quién podía saber el daño que nos hizo? Ahora
te veo sentado en ese lugar donde estaba nuestra casa, detrás de ti
una gran tienda de electrodoméstico y un señor fuerte de unos
cuarenta y cinco años abrazándote y riéndose contigo. Te montas en
su Mercedes Bentz y el hombre se detiene y mira a su alrededor con
añoranza, de su cuello pende una cadena enorme y un medallón que
dice Carlos. Adiós mi viejo, al fin has atrapado la suerte a tus
sesenta y siete años de edad. Que te vayas bien y acuérdate que la
vida normal es una falsa, no podemos seguir las ideas ajenas de
hombres y mujeres plastificado por la sociedad. Viejo, aunque sean
nuestros hijos.