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sábado, 10 de septiembre de 2011

miércoles, 29 de junio de 2011

Cuento: Segunda Oportunidad


                                                  Sandra Tavarez 

  Las calles de la ciudad lucen despejadas a estas horas de la mañana, mientras conduces tu vehículo en dirección a tu trabajo, vas organizando mentalmente tu agenda para el día; los números en el semáforo te advierten que va a cambiar a rojo, así que aceleras y entonces sientes el impacto. Tu vehículo empieza a dar vuelas en todas direcciones hasta que se detiene contra un poste del alumbrado público. Estás aturdida. No puedes ver; pero escuchas voces que se acercan apresuradamente y una vez junto a ti, alguien asegura que estás viva. Te trasladan a un hospital y ya en el área de emergencias todos corren en tu auxilio y entonces te desvaneces.

    Despiertas, y la sonrisa en el rostro de tu madre te asegura que estás bien. Esto te tranquiliza; sin embargo, preguntas qué sucedió. El doctor te confirma que has estado en el hospital por tres días y que debes permanecer uno más.
Sales del hospital y una semana después te diriges a tu trabajo. Recuerdas las palabras de tu madre quien asegura que Dios te ha dado una segunda oportunidad. Entonces recuerdas la propuesta de Eduardo de hacer el tours por Europa que habían planeado desde los lejanos días universitarios. Decides que hablarás con tu jefe y le solicitarás unas vacaciones.
     Llegas a la oficina y entre la cantidad de papeles que se han acumulado y los 167 e-mail que tienes en la carpeta, todos importantes, algunos urgentes no sabes que atender primero. No obstante, sabes que en una semana tendrás todo al corriente de nuevo. Dejas todo como está y te diriges a la oficina de tu superior para explicarle que quieres tomar vacaciones dentro de quince días. Él, en su tono más elocuente, te recuerda que has estado fuera durante muchos días, por lo tanto, sería imposible siquiera pensar en ausentarte. Te quedas sin aliento. Regresas a tu oficina. Paseas vagamente la vista por el montón de papeles en tu escritorio. Escribes una carta con tu dimisión. La entregas y te marchas.
Un viento nuevo toca tu cara al salir y decides que vas a aprovechar tu segunda oportunidad. Llamas a tu amigo y empiezan a organizar los preparativos para el viaje. Dedicas algo de tiempo a tus familiares. Notas que la mayor de tus sobrinas, ya tiene tu estatura y lamentas no haberla visto crecer. Entre gritos, música estridente y peleas infantiles, no extrañas la soledad de tu apartamento. Quizás por eso te invade cierta nostalgia cuando abordas el avión con destino a París. Una vez allí la magia del Viejo Continente te atrapa y te dejas envolver por aquella mezcla de culturas, paisajes y monumentos. Mientras atraviesas el Canal de La Mancha descubre que, por primera vez en mucho tiempo, eres feliz. Y lo gritas. Todos en el Ferry parecen estar de acuerdo contigo y tu amigo Eduardo te aplaude.
Al llegar a Ámsterdam, la realidad sobrepasa tu fantasía y tu vista queda perdida en un mar de tulipanes: primero rojos, luego amarillos. En medio de aquel espejismo, Eduardo se te acerca como nunca antes, rodea tu cintura con su brazo, toca delicadamente tu cabello y te besa, por eso no alcanzas a ver los molinos de viento.
El viaje continúa, pero al llegar a Viena sabes que todo ha terminado.
Abordas el avión con destino a casa. Ahora vas de la mano de quien fuera tu mejor amigo.
Llegas a tu apartamento y decides que es muy tarde para llamar a tu madre. Aunque estás loca por contarle acerca de tus planes matrimoniales. Sientes un ligero dolor de cabeza, tomas una ducha y te acuestas. El cansancio, termina por dormirte.
Una claridad inusual en tu habitación te despierta. Sin entender lo que pasa, abres lentamente los ojos. El dolor no te permite ver con claridad, pero divisas una sonrisa en el rostro de tu madre quien con lágrimas en los ojos, llama a voces al doctor diciendo que por fin habías despertado.

miércoles, 8 de junio de 2011

TALLER DE NARRADORES DE SANTIAGO

Facilitador: Máximo Vega

El Taller de Narradores de Santiago se fundó hace unos años ya -trece, para ser más específicos-, en los salones de Casa de Arte. Yo trabajaba como editor de video en TeleUnión, y allá me reuní con Ubaldo Rosario para plantearle la idea de crear un grupo que se encontrara semanalmente, pero cuyas intenciones no fueran las de leer poesía, sino narrativa, puesto que ambos éramos narradores y todos los talleres de la ciudad estaban dirigidos a la poesía. La semana siguiente nos reunimos él, yo, y Andrés Acevedo. Todavía el taller no tenía este nombre.

 Una semana después llegaron Puro Tejada y El Ruso, y Puro propuso el nombre, que es el que se ha quedado. Empezaron a llegar más miembros: efímeros, muchos, y otros que nos acompañan desde el principio. Ha habido escinciones, desmembramientos, diferencias, pero nos mueve un fin primordial, por encima de cualquier egoísmo  personal o necesidad de notoriedad: la literatura. Del Taller han salido 
varios nombres ya conocidos  en las letras nacionales, o que empiezan a darse a conocer (es notable que algunos de los más importantes sean femeninos): Andrés Acevedo y Puro Tejada, que realmente son poetas, pero que han pertenecido al taller desde el principio; nuestra gran amiga Rosa Silverio, que ahora vive y hace gestión cultural en España; Luis Córdova; Altagracia Pérez, que se casó en Eslovaquia; Sandra Tavárez; Johanna Díaz; Ubaldo Rosario; Ramón Gil; Víctor Estrella, que ha sido de los últimos en llegar y al mismo tiempo es uno de los integrantes más fieles; Sandy Valerio; Israel; El Ruso; Mito; Nelson Julio Minaya, ya fallecido, etc. Nombres que se escapan, escritores de otros países que han vivido en Santiago y han asistido regularmente al taller, escritores dominicanos que asistían al taller pero que ya no están en la República Dominicana. La actual fiscal de Santiago, Jenny Berenice Reynoso, periodistas como Mercedes Guzmán., escritores en ciernes que se han marchado a Nueva York y se los ha tragado la ciudad... porque cada miembro del taller, si aún no lo sabe, continúa siendo miembro por los siglos de los siglos, aunque ya no asista a un grupo que se prestigia con esos nombres, no al contrario.
 Hemos recibido a Virgilio Díaz Grullón, José Acosta, César Zapata, Pedro Valdez, Emelda Ramos, Avelino Stanley, Manuel Llibre, algunos escritores han participado un solo día en el taller, y no han regresado más. Una semana llegó una pareja de evangélicos que, luego del análisis de la novela "la Virgen de los Sicarios", y de ver la película basada en la novela, no volvió más. Nos han visitado miembros del DNI, escritores de novelas de vampiros y autores de libros de autoayuda. Sin esa apertura tan total, seguramente el taller hace ya mucho tiempo que hubiese desaparecido.
Hemos publicado dos libros, conteniendo trabajos de los miembros. Son libros desiguales, por supuesto, al lector le toca juzgar la calidad de los diferentes textos, no a nosotros, que solamente mostramos. Exponerse es una de las condiciones más difíciles que se le exige a un artista, pero lamentablemente se escribe para los demás. Hay un taller en la capital que se llama "Taller de Narradores de Santo Domingo", en honor al nuestro.
 Todo esto viene a colación debido a que el 24 de este mes el Taller Literario Virgilio Díaz Grullón del CURSA-UASD nos hará un reconocimiento. También nos hicieron un reconocimiento en el II Festival Nacional de Narrativa, y me parece que todos los reconocimientos al taller se deben a a la perseverancia, a la terquedad. En mi caso, no asisto ya regularmente al taller, y sin embargo ha seguido funcionando. Antes nos reuníamos en Casa de Arte, hoy lo hacemos en el Centro de la Cultura de Santiago. La intención nuestra (y cuando digo nuestra no estoy pluralizando la primera persona, sino que me refiero a todos los miembros del taller que asisten regularmente cada sábado) es la de juntarnos cada semana y hablar de literatura, nada más. En una ciudad y en un país en el que existen tan pocos lugares para dialogar sobre arte, hemos tratado de construir un espacio. Y quizás, por esa ausencia de intenciones que no sean el amor a la literatura, el sentir un gran vacío sino hablamos sobre literatura, el taller ha sobrevivido tanto tiempo, y por eso empiezan a premiarnos: debido a la perseverancia, a la terquedad.




lunes, 31 de enero de 2011

EL GOTERO ROJO

Por Johanna Díaz

“Ámame o muere”, así inicias tu conjuro, resplandece el suelo de la habitación alfombrado de velones, liquidándose la cera, brillando cada llama mientras se refleja, todo parece arder bajo la luz sincronizada de ese fuego omnipresente, “ámame o muere” repites entrelazando dos cordones uno rojo y otro negro, los atas con siete nudos. En un rincón del reducido espacio que ocupas, se consume incienso en una lata mientras el humo nubla la estancia, se cierne un calor que abrasa, no hay ventilación, así que te desvistes toda quedándote con ese trapito rojo en las manos, el panty usado y manipulado para los fines del ritual, entonces danzas al ritmo de tu propia voz, te contorsionas, transpiras, sientes que te evaporas, que te reduces conforme corre el sudor por tu piel y te humedece el cabello. Para soportar mejor aquel asfixiante momento cierras los ojos que enrojecidos arden con el humo y también porque quieres concentrarte, sigues tu movimiento mientras dices constantemente “ámame o muere” convencida, entregada al momento y ya finalmente poseída tu voz se eleva mientras se te escurre como lava entre los muslos la sangre pesada y ardiente, esta emana de tu ser tan furibunda como tú, a borbotones cayendo en el suelo en gruesas gotas, este momento lo aprovechas para detenerte y contener la más posible en un gotero, solo entonces has salido del trance que te enajenaba, pero vuelves a cerrar los párpados y prosigues con toda tu energía. Lo visualizas a él haciéndote el amor, a él que no te corresponde y tú lo sometes, lo dominas, en tu cama, en tu cuarto, para que te lleve al fin lejos de esa miseria para siempre, entonces gritas hasta que las paredes no contienen el sonido gutural y descontrolado de tu voz desaforada, temes que te escuchen pero ya no puedes detenerte, ignoras la fuerza que se apropió de ti, te despierta tu propio escándalo.

Incómoda y perpleja enciendes la luz, tu mirada vidriosa se pasea por la habitación, te levantas, abres la única ventana para controlar el calor y la humedad que te han distorsionado el sueño. Aquella pesadilla incipiente es el reflejo de una realidad recién ocurrida: la cera y el incienso impregnan el lugar, también se percibe el rastro del fuego en el olor a quemado, todavía humean en la lata las cenizas, en la mesita de noche te aguarda el gotero rojo por su contenido.

No transcurre mucho tiempo para que vuelvas a dormirte, amanece y sabes el afanoso día que te espera antes de que se celebre la dichosa boda de Italia, porque a tu mejor amiga se le ocurrió casarse, la atacó ese síndrome de los veintiocho que tú misma disimulas. ¿Qué más puedes hacer sino asistir al teatrito ese? Irás elegante, irradiando belleza, brillarás vestida de turquesa, todo esto lo piensas mientras contemplas el vestido tendido encima de la cama, “si él no fuera tan hipócrita” comentas volviéndote nuevamente hacia el gotero justificando de antemano las atrocidades que harás esa noche y desconociendo aquellas que improvisarás “Ámame o muere” vuelves a murmurar recordando que debes repetir estas palabras cada vez que llegan a tu pensamiento.

Que incomodo es ser mujer, piensas esto porque la luna te influye y aqueja en ese momento, dejas correr el agua fría por tu cuerpo consciente de que inmediatamente salgas del baño sentirás calor, desenredar esa larga cabellera es una odisea; pero “quien quiere moños bonitos aguanta jalones”, te vistes con una camiseta más estrujada que tu ánimo y sales a la calle antojadizamente mal vestida, a fin de cuentas las cosas serán muy diferentes en la noche “ámame o muere” repites constantemente hasta llegar al salón de belleza donde se te escurre el tiempo. Llega el incinerante ocaso y tomas un carro público, transpiras nuevamente y te perturba ese calor viscoso e imperativo que te ordena bañarte “Esa boda debió ser la mía” esta vez pensaste en voz tan alta que todos los pasajeros te escucharon, te sorprendes de tu descontrol.

El carro se detiene donde termina el asfalto, debes proseguir a pie por la calle de tierra, el sol se tiende a tus espaldas mientras prevalece la llama ardiente del día de verano, de ese esperado sábado. Tres motoristas levantan la polvareda que se adhiere a tu cuerpo sudoroso, llegas finalmente a la pensión donde vives, subes las escaleras y ya en tu cuarto te sientes pequeña en ese espacio donde sustrajeron el abanico, la televisión y otra camita de plaza y media igual que la suya. “¡Qué sola estoy!” murmuras “Ámame o muere que si no eres mío no serás de nadie” dices hastiada mientras nuevamente una fuerza de tu ser dirige una descarga hacia el exterior.

Terminas de bañarte y vestirte, has contemplado con satisfacción tu reflejo en el espejo que te pertenece, llamas un taxi con el último minuto del celular, te armas con el gotero destinado a hechizarlo, él estará ahí a merced de tu mezquindad y de una creencia en algo que hasta tu mismo cuerpo desecha por inútil.

Llegas a la recepción y todos te saludan, ellos te rehuirían de saber que en ese brindis del que formas parte, viertes esas putrefactas gotas en cada copa y vaso que alcanzas y que tocan labios masculinos, bebes con cada hombre que te atrae, incluso compartes un momento con el novio en cuyo vaso haces una entrega especial, rojo aquí y allá tantas veces como puedes, te excedes y bebes la noche entera: champagne del que Italia te reservó, whisky del que toma Juli, cerveza de la guardada para la reseña del día siguiente y continúas riéndote mientras un traspié te rompe el tacón de la zapatilla, te descalzas, que siga la fiesta, estás vergonzosamente ebria, pero eres una VIP, por eso tomas lo que se te antoja, tragas hasta que arde tu garganta y cantas como si estuvieras en un karaoke por eso Juli te lleva aparte mientras vociferas “ámame o muere” con delirio, nuevamente frenética como en el ritual y ella no te comprende, ha llegado la hora de llevarte a casa anticipadamente porque ya no puedes estar entre la gente. Italia no ha visto nunca semejante borrachera, menos en ti que criticas a los beodos y que raramente bebes, ella siente un ligero pesar y tu estado casi te hace escupirle que la detestas por casarse con tu hombre, llevarse sus pertenencias de la habitación dejándote despojada y duplicando tus gastos ¡maldita sea!

Vuelves en taxi tal como te fuiste, Juli te tira en la cama donde caes dormida ¿La pasaste bien? ¿Tanto crees que lograrás algo con ese espectáculo que armaste? Has imaginado que una fila de hombres tocará tu puerta deseándote, ¡que irreal! sigue durmiendo y estarás soñando. El sol meridiano te despierta, el calor insoportable nuevamente se presenta, tú te levantas, te diriges al espejo aún vestida de azul desorientada por la soledad y la resaca, la sed te irrita y antes de poner el café escuchas unos toques ligeros en la puerta, te vuelves pensando en la rapidez del hechizo, “que efectivo” te dices mientras alisas con tus manos el cabello desaliñado, ahora los toques se escuchan con más insistencia y acompañados de una voz melodiosamente masculina: “Buenos días” llama desde fuera y te aprestas para abrirle, contenta y orgullosa; “Buen día mire se que usted no me conoce porque anoche la trajo una amiga suya un poco happy” dice medio burlón el hombre, “yo soy el taxista que la trajo, es que se le quedó esto”, y te muestra el gotero que le arrebatas, él te mira con deseos de no trabajar, de que lo invites a pasar. “¿Desea tomar un juguito, un poco de agua?” preguntas con un tono agradecido y él responde afirmativamente feliz de tu cochina cortesía para caer en la trampa de tu obsesión y apurar hasta el último sorbo tu sangre diluida en refresco rojo.