Buscar este blog

martes, 1 de septiembre de 2020

UBALDO ROSARIO TAVERA: CUENTOS


UBALDO ROSARIO TAVERAS:

    Escritor y abogado de profesión. Estudió en el Liceo México Plan de Reforma, allí conoce al profesor Juan Ramón Rodríguez quien es su primer orientador  literario.  En el año 1984 se integra al taller de literatura: Círculo de Lectores Fragmento (CILEFRA). En  1994 junto a Roberto Mercedes y Rafael Jubileo crea la revista cultural y literaria: ESCRITOS, y en el 1996 funda el Taller de Narradores de Santiago.
    Sus narraciones  se encuentran en los siguientes libros: Para Matar la Soledad, Éste era principio, Caleidoscopios: antologías del Taller de narradores de Santiago; Circulo de Espera, antología de cuentos de la Secretaria de Estado de Cultura (hoy Ministerio), en la Revista Mitos y en la antología Narradores del Mundo. “
    Ha publicado los siguientes libros: Cuentos cortos para lectores perezosos y el ensayo jurídico: Contaminación por Ruido.  Y los ensayos: Carecen de errores las obras maestras, Cervantes y el falso Quijote,  El lector marginado, Los escritores de Santiago y sus orientadores, Federico Nietzsche del olvido a la locura,  Una canción y un cuento de Navidad para Juan Bosch y Charles Dickens, La influencia del Derecho en la literatura, y Las puertas del cielo en Rayuela en los periódicos: El siglo, Hoy y La Información. Publicó en el año 2004, el libro: “Cuentos cortos para lectores perezosos” y en el año 2011 el Ensayo_ Contaminación por Ruido.
En la actualidad administra el blog de descarga de libros dominicanos:  libros dominicanos en pdf blogspot. Com, y en año 2019 obtuvo Premio Nacional  José Ramón López en la categoría de cuento.

Presento cuatro cuentos:

1-Este muerto es mio

2- La espera de un milagro.

3- La luna no es redonda, es una bola.

4- Mi viejo.

ESTE MUERTO ES MIO


Frente al cadáver de Niñoman el padre llorando trataba de abrazar el ataúd decorado con cuatro candelabros mientras las velas encendidas lo sujetaba a la realidad, de una forma u otra, informándole al razocinio de que ése es su hijo y que no duerme, sino que yace muerto.

El hombre acarició la mejilla de Niñoman e inmediatamente recordó la primera vez que lo tocó. Tenía un día de nacido. La madre orgullosa recibía regalos y flores de extraños anónimos mientras su marido escuchaba las identidades de los desconocidos. Mas que eso escuchaba la voz de la preocupación cuando se preguntó cómo iba pagar la deuda del parto.

Elevó el rostro y los cilindros de parafinas lo sustrajeron al presente y el padre lleno de heroísmo y en su desvarío imaginativo asesinó uno por uno a cada uno de los homicidas. El llanto aumentó y cabizbajo se sintió impotente de hacer lo que había soñado en esos segundos de rabias y terminó asustándose como aquella vez cuando desempleado su vecina menor de edad le informaba que estaba embarazada. No halló qué hacer, a excepción de dividir la sala de la casa con cartón piedra y algunos pleibús viejos tuvo que improvisar una habitación.

Cabizbajo ocultando con su cabeza el cuerpo del difunto sintió la mortalidad al tratar de describir las sensaciones de terror, que de alguna forma eran diferentes, pero algo parecido aquellos sustitos cuando no tenía un centavo y salía a vender un artefacto o a empeñar lo ajeno para terminar discutiendo con los parientes. Incluso así cabizbajo descubrió que cada susto se mezclaba con las preocupaciones como las noches aquellas cuando recorrió las calles solitarias del centro de la ciudad para atracar y luego comprar una que otras latas de leche o alguna receta pero cuando llegaba acobardado ya un dadivoso había regalado alimentos y algo de dinero a la esposa.

Así precariamente y poca a poco entre milagros vio crecer a su hijo hasta convertirse en un adolescente hasta aquel día después que había financiado la matrícula de su Honda 70 para comprar útiles escolares, escuchó la noticia de que a Niñoman lo habían matado sus amigos.

El llanto aumentó cuando escuchó que era la hora del entierro pero no por mucho tiempo, porque los vecinos y los deudos espantados corrían ahuyentado por los gritos de místico Pan. Pero no era el sátiro Pan quien ahuyentaba a los moradores en el velatorio sino un jovenzuelo que al desmontarse de la jeepeta los presentes creyeron que Niñoman había resucitado. Pues tenía la tez clara, los ojos verdosos y el cuerpo erguido como un atleta de fútbol americano en fin se podía afirman que los clones existían.

La madre de la víctima se ocultó entre su vergüenza cuando contempló detrás del jovenzuelo al hombre que lo escoltaba. Escuchó a lo lejos el beeper del vehículo lujoso asegurando las puertas como otras veces lo había escuchado, con atención e impaciencia. El hombre se dirigió hacia el difunto.

El esposo se irguió alejándose un poco del ataúd al mirar detenimante a los visitantes y miró a su esposa y gritó: Serpiente, serpiente.

-Quiero ver a mi José Manuel – dijo el recién llegado. 

-No te acerque pendejo – anugado por la rabia y el enojo expresó el deudo 

-Este muero es mío.- Así lo decía sin dejar de mirarle a los ojos.

Los hombres quedaron solo cara a cara, solo el silencio lo separaba. Entonces el hombre con los ojos hinchados de tanto sollozos, supuso que éste era uno de los extraños anónimos que en los momentos difíciles hacían llegar sus dádivas que de alguna forma él creyó que eran algo parecido a los milagros.

La madre del difunto se llevó a otro lugar de la casa la visita, pero su marido quedó azorado contemplando el lujoso ataúd. Dedujo todas las trampas y astucias de su mujer, así que sacó el cadáver del féretro para luego dejarlo caer junto a las cuatros columnas de cera. En voz alta gritó: Este muero es mío. Así lo repitió mientras trasladaba el cuerpo de Niñoman en una de las guaguas que se dirigían al cementerio.




LA ESPERA DE UN MILAGRO




A la muerte de su hijo Doña Luz a los ochenta años esperaba un milagro. No esperaba que resucitara porque aunque no estaba muerto, se encontraba en estado de gravedad, además; el Teniente Gómez lo volvería a matar. Así que su hijo, el más pequeño de siete, estaba muerto, y necesitaba un milagro.

La anciana observó el firmamento y no quiso acelerar el paso. No era oportuno. La funda repleta de carnes con su peso impediría tal acción. Lentamente bajó el rostro. Las nubes estaban oscuras y no tardaría en caer el aguacero. Caminaba despacio y aunque sus ojos y oídos miraban y escuchaban el pasado. El cuerpo la guiaba escuchando en su mente al teniente blandiendo la pistola diciendo obscenidades. Martín respondiendo que estaba retirado y luego un trueno mecanizado ensordeció a la friturera.

El cuerpo de la madre se transportaba sin voluntad y las gotas enormes se desmigajaban en los pies. Al impactar contra el suelo recreaban la imagen de unas simples garrapatas llenas de patitas que se desprendían hacia la diminuta altura y en ese milésimo de segundo que los ojos no pueden apreciar, las gotas desaparecían para convertirse en una superficie plana. La lluvia, según navegaba el viento, se hacía uniforme y tenía una distribución aleatoria de las gotas mientras los transeúntes corrían a guarecerse. Poco a poco el ritmo de la lluvia aumentaba como si fuesen aplausos. Mientras la octogenaria esperaba un milagro, una gota de lluvia no la había tocado.

Entre el cuerpo y las precipitaciones líquidas existía un silencio. Quizás la nada. Pues el sonido tanto del aguacero como de su mundo circundante aislado de manera inconsciente, estaba para ella. Pensaba en aquellos minutos antes de la muerte. Le había dicho a Martín que le comprara un paquete de servilletas. Tan solo quedaba un pliego de ellas. Realmente le dijo: Guanajo no ve que es la última, no la uses. El sonrió y ella que sabía que iba morir por el Síndrome del Sida, lo miró tiernamente. Aún no aceptaba que sus hijos murieran primero y no aceptaba que estuviera contagiado.

- Deja de toser encima de la fritura. – Le recordó autoritariamente.

Fue lo último que le dijo. Lloraba con los pies humedecidos por los chorros de aguas que se espaciaba con el lodo y la basura mientras las personas, unas empapadas y otras refugiadas en sus paraguas, eran ajenas para Doña Luz. Cada paso que daba eran como si anduviera por un lugar solitario y solitaria navegaba ella por los recuerdos que vislumbraba cinematográficamente. La servilleta caer como si fuera en cámara lenta sobre los alimentos. La mano que no podía sostenerla. El disparo que le espantó la vida de manera rápida e inesperada. En cierta forma no aceptaba ese tipo de muerte. Quería tenerlo bajo su cuidado. Allí en la habitación donde lo había concebido

Podría decir que sus lágrimas se mezclaron con la lluvia. Pero no puedo afirmarlo porque aun la lluvia no la había tocado. Caminaba con su funda de provisiones sin imaginar que la única que transitaba realizando un milagro era ella. Eso no le importaba, claro estaba abstraída de la realidad, pues seguía soñando con un milagro. Llamaba a su hijo y le decía que la policía lo iba a matar, que andaban un tal cabrerita y otro que le apodaban la soga detrás de él.

- Máaaluz, tengo cuarenta años. Estoy retirado. Tengo años que no robo un pincho, oyó, vieja, un pincho -. Ella lo abrazó diciendo que esperaba la intervención divina. Que alguien le sacara el nombre de Martín de la cabeza a los policías. Incluso hasta pensó que murieran antes de que lo encontraran. Pero ¿cómo morirían? ¿Quién lo mataría? ¿Quién se vengaría? Lo apretó fuerte y llegó a la conclusión de lo imposible.

El diluvio, si se puede llamar así a una fuerte lluvia, no decrecía a medida que ella llegaba a la casa. Mientras se acercaba otros expuestos a la intemperie estaban empapados como si toda el agua del mundo se dispusiera a caer sobres sus cuerpos que buscaban saltar los charcos o esquivar chorros gruesos de algún contén, sin embargo, la lluvia seguía evitando tocar a la anciana. El aguacero se expandía como si fuera la ciudad un campo de agricultura. La lluvia se arrastraba por el suelo y se iba domesticando mientras le acariciaba los pies como si fuese un felino runruneando a su alrededor. El agua intentaba sujetarle de los tobillos y entorpecer cada pisada. Ella pisaba lentamente el suelo y el suelo corría entre sus pies tras el desplazamiento del agua que aumentaba y entre las pequeñas montañas de basura se concentraba como remolino que deterioraba lentamente la masa sólida y así evitaba la retención. Doña Luz caminaba cabizbaja con el pachuelo que le cubría la cabellera blanca. Sin embargo, las faltas de precisión de las precipitaciones liquidas para tocarla explosionaban en sus pies. La lluvia se distribuía espaciosamente pero a una velocidad de impacto similar a un martillo sobre un cristal. La energía de las gotas creaban escalofríos en las hojas de las plantas que temblaban en cada episodio que el viento simulaba estar tranquilo y encallado. Llueve y el agua resbala por las paredes de las casas como si estuvieran llorando. Llueve y las calles ya no se ven.

La anciana le robaba el espacio lentamente a la distancia y las nubes se ennegrecían de hollín oscuro que hizo que la tarde se volviera noche. Una adolescente empapada corría desesperada en busca de un lugar para refugiarse. Entonces presintió que estaba cerca de la casa y se fue despojando poco a poco de los recuerdos. Especialmente cuando Gómez después de disparar se sentó a comer de la fritura y notó la pequeña herida en su rostro cuando el dolor se esparció con la pequeña hemorragia. Desplazó el oficial la cabeza y ciertamente Martín había lanzado el cuchillo que ahora estaba junto al cadáver. Tocó la herida y con los dedos logró asir la servilleta y la limpió. Luego procedió hacer lo mismo con la boca.

Doña Luz elevó el rostro y no tuvo que tocar la puerta. La mayor de su hija estaba en su espera.

- Mamá Luz, no se moje, no se moje. – Ella regresando al presente contestó que no estaba lloviendo, pero reaccionó y fue en ese instante que las primeras gotas la alcanzaron. Y es que los insistentes impactos líquidos de una lluvia terca no se daba cuenta que no podía mojar a la triste señora que caminaba pensando en su moribundo hijo.Hizo un esfuerzo y entregó las provisiones respirando hondo. – Ay, hija mía, cuando se he vieja, hasta los pies no quieren cargar a uno. – Se sentó y miró hacia fuera, el aguacero se expandía robándole al horizonte a la distancia. Frente a ella estaba la lata de basura, aún no la había votado desde el atentado contra Martín. Notó que aún estaba seca y con asombro comprendió que había transcurrido un milagro y rezó. Doña Luz feliz por el extraordinario suceso, tomó la lata de Crisol y con su mano temblosa por el cansancio comenzó asir los desperdicios para introducirlo en una funda plástica. Lo primero que tocó fue aquella servilleta inundada de la tos, mocos y estornudos de Martín, mezclado con la sangre y la grasa del Teniente Gómez.




LA LUNA NO ES REDONDA ES UNA BOLA


Mañana dijo Luisito que la luna es redonda y no es verdad, es una bola, yo siempre le gano porque cuando dice que es redonda, grito fuerte y calla, le tumbo el cuaderno y corro gritando, es una bola, es una bola que vuela en el cielo. Dice que sabe más que yo, tiene cuatro años y señala ocho. Digo que no hay cuatro dedos que no sabes contar. No importa que sea más grande sé que la luna es una bola. Entonces corro a casa para decirle a mamá que la luna es una bola y se encuentra cocinando quejándose de dolores, Naro le pasa la mano para curarla. Es que mami trabaja mucho siempre está limpiando, fegando, cocinando o lavando. Yo una vez la ayudé y no me gustó por eso es que siempre le duele la espalda.

Grito empujando la puerta y se asusta, “muchacho del carajo” y me da con el cucharón sucio de la comía. Quise gritar y me acuerdo “Mama verdad que la luna es una bola”. Naro se ríe “una gran bola donde uno puede vivir”. Me quito la jopa, prendo la tevision, Tom y Jerry. Naro se jue, llega papi quita los muñequitos y come. Pregunta si comí y se quita la correa, no quiero comer, tomo la cuchara y digo que no me gustan lasabichuela ni las gebollas y me da por la cabeza. Maaa se pone triste y empieza a dármela.

Papá ve la comedia y maaa dice que quere ver la novela. La mira y manda la novela al carajo, mami le tira agua y se fajan.

No se porque mami le gusta darle a papi, él es gueno y está enfermo. Una noche junto a la estufa lo vi calentando mi jarabe en una cachara y se puso una inyección. “¿estás malo papi?” "Sí, tu también debes tomarte el jarabe cuando esté enfermo, para que no se te salga el mondongo”. No me gustan los jarabes y mami lo sabe, siempre busca a la vecina y agarran apretándome la boca, tapan la nariz y hago gárgara hasta tragármelo. Papá es grande y aunque no le guste se toma su remedio. Una vez maaa le peleó porque no trajo el dinero de la comida y le decía que estaba malo se iba morir si no tomaba, papá se la había tomado lo supe porque había agarrao la nariz y meneaba la cabeza como lo hago cuando me obligan. No quiero que le de a mamá y lo hace. Pero si no se toma la medicina se le va a salir el mondongo por la boca y no quiero. Por eso me la tomo. ¿Por qué papi le cambia la novela a má, si está enfermo? Mami trabaja mucho y estás cansada. Se va a enfermar nunca la veo tomando remedio por los dolores de espalda. Tal vez porque Naro le ayuda. Una vez vine temprano del colegio y no la vi en la cocina, estaba en el aposento con un dolor y gritaba. Lloraba mucho, bajito para que no la oyeran, también lloro así y no me dan el jarabe, no quise preguntarle porque siempre me da con un zapato o cualquier otra cosa. Me quedé mirando como Naro la curaba para decirle a papá. Lloré y busqué el jarabe y lo bebí sin que llamaran a la vecina, no quería tener el dolor de mi mami. Me puse contento cuando los dos salieron riéndose y la abracé por que se había curado.

Papá me mira sabes que no quiero comer, mamá toma el control y cambia de canal. Papá saca dinero y dice que compre helado. Voy a jugar. En la tardecita después de jugar voy a donde mamá para que me compre una valquilla y encuentro a papá mimiendo en el mueble. Mamá no deja de lavar las ropas y habla con los vecinos.

En la noche espero que papá llegue de pasear y tome su medicina para que me de dinero para el recreo, le digo que no se tome esa medicina que a mamá no le gusta, que Naro sabe curar. Siempre cura a mamá en la mañana cuando se pone mala. También le digo como lo hace. Se pone guapo y la llama. No está, ella va todas las noches a onde güela. jui a buscarla y no estaba. Me mojé el cabello y el agua se llovía. Papi se fue mojando.

En la mañana maaá me levanta, tomo chocolate y no quiero el jarabe. Voy al colegio. En recreo digo a Luisito que la luna es una bola grande tan grande que uno puede vivir en ella. Dijo no. Es chiquita y que su papá un día había jugado pelota con ella, le dije, es más grande que tu casa y la mía, tu papá es un mentiroso. Me agarra por los cabellos y me tumba. Lo muerdo y Llora. La profesora me da un papelito para mi mami. Me despacharon temprano y fui a casa. Llamo a mami y en la cocina la encuentro con otro dolor llorando, desnuda, la espalda con moretones y los ojos de color rojo. Busco el jarabe para dárselo y me acuerdo que está en el aposento y lo busco. Allí está Naro también malo y con el mondongo botándolo por la barriga. Tomo el jarabe y se lo llevo a mamá, ella vota sangre por la boca y no quiere, llamo a la vecina para hacerle lo mismo que me hacen. Le digo que mami está por botar el mondongo y no se quiere tomar el jarabe.



MI VIEJO

A: René del Risco Bermúdez

 

 

Viejo mi querido viejo

ahora ya caminas lerdo 

como perdonando el tiempo

yo soy tu sangre mi viejo

soy tu silencio y tu tiempo.

Piero.



Cuando olvidaba las miradas de los sueños te veía a ti papá despertándome a las seis de la mañana y te ibas a trabajar. En mi cuerpo aun sentía el suspiro dormilón junto a la cama y al insistir mamá de que me levantara ya desayunando estaba Carlos Manuel y listo para ir a la escuela. Por las mañanas corríamos para tener las primeras butacas, entonces antes de llegar a la escuela te veíamos laborar, era gracioso papá, con aquel mameluco desteñido que decía en tu espalda “Ayuntamiento Municipal”. Muchas veces te asustaba como en otras ocasiones te enojabas cuando Carlos Manuel te golpeaba con las cascarillas de naranjas, tú les pedía las gomitas y lo regañaba con no darle dinero. Carlos, embriagado de risas decía que era para matar lagarto en la escuela, entonces te ponías cariñoso y nos daba suficiente para el recreo. Luego sin ton ni son levantaba el palo del escobillón y ordenaba no correr, pero corríamos papá. Los viernes te encontrábamos bien vestido y preparado para ir a jugar dominó con tus amigos. Te recuerdo, porque hoy he aprendido a valorar a los mendigos, entonces rememoro el eco de tu voz a lo lejos diciéndome “dale duro en la cara, no voltee el rostro cuando te den”. Pasaba un asalto y veía tu rostro con aquel ojo fijo en mí. “Peléale cuerpo a cuerpo”. Volvía y revisaba mis guantes, sí que me animaba papá. “Dale un upper cut,” y yo casi corría porque Luis era mucho mayor y fuerte. Insistía de nuevo pregonando, “un jab en la cara, Luis es un pendejo”. La pelea terminaba al enterarse mamá que tú apostabas a mi favor y tomado del brazo me sentaba junto a ella mientras cocía la ropa por encargo de alguna vecina. Desde la ventana veía el espectáculo del barrio, gritaban los muchachos y tú animabas a Carlos Manuel. Librado, víctor, Eddy, Juan, Julio y Sandi, estaban listos para la competencia. Entre risas limpiaba la gafa oscura y la colocaba en tu cara como si fuera ella un miembro de tu cuerpo. Sin la gafa era ver otro hombre con la mirada astuta de un cíclope.

La seis de la tarde, mamá mandaba a comprar carbón y cuaba ordenándome encender el anafe, pero tardaba porque Carlos Manuel se preparaba a salir, tenían que darle la vuelta a la manzana y de súbito sacaba la cabeza del comercio y te veía mi viejo, levantando y trasladando a mi hermano entres tus hombros, cambiaba cinco pesos en cheles y reunía a los muchachos. Yo corría con la lata del carbón, en muchas ocasiones no me daba tiempo de llegar a casa y regresar. Esperaba, de momento los centavos bajaban cuando los sonidos mágicos del metal despertaba mi avaricia y golpeaba por tomar uno, dos o tres cheles. Luchando contra Luichi o Joselo y los demás corrían hacia otro lado buscando la lluvia de monedas. Feliz me levantaba escuchando mi nombre y huía a la casa antes que mamá me llamara de nuevo. Al enterarse ella de tu paradero con el radio de pila esperando que Las Aguilas ganaran, me dejaba salir. Antes que la noche se desplomara, los muchachos nos reuníamos a jugar belluga. Dos cheles con el rostro de Lincoln lo utilizábamos para comprar uno de palmita, era una reliquia un chele de palmita y si la fecha era vieja de años atrás, dábamos tres. Los centavos con la efigie de Duarte o Caonabo, valían más que lo de Lincoln; pero al fin todos los perdíamos en el juego o algún jalao o riqui taqui cuando pasaba tío.

Afeitándote en una ocasión me gritaste enojado y me devolviste a correazo a buscar el vuelto donde el pulpero. Como quisiera que ahora me reconociera, pero no lo hará, estoy más fuerte y viejo. Mi cabeza está poblada de canas y he perdido varios dientes. Tantos años sin ver el sol ha blanqueado mi piel y no hay forma de que reconozca aquel muchacho que te sacaba las caspas mientras escuchaba la radio. “Mil doscientos veintinueve, ciento cincuenta pesos, ochocientos veinte, ciento cincuenta pesos, trescientos treinta y uno, ciento cincuenta pesos, mil novecientos sesenta y siete, Premio Mayor, uno, nueve, seis, siete. Premio Mayor, mil novecientos sesenta y siete. Premio Mayor, sesenta y siete”. Te levantaste de alegría y los vecinos estaban con una gran algarabía en la puerta de la casa, sabían que tu tenías cinco años jugando ese número abonado y no tardaste en comprar la casa donde vivíamos alquilado y la construiste de blocs. Mamá dejó de hacer los dulces y Carlos se alegró de no venderlo más, hasta tío dejó de vender los Riqui taquis que tú y él preparaban en las noches. Ese día cambió nuestra vida, Carlos Manuel tuvo su primera bicicleta pero no dejaba de fugársele a tío en la de carga y burlarse de él.

Sesenta y siete, a partir de ese número sentí que los años pasaban más rápidos, sin darnos cuentas éramos hombres, decían que éramos adolescentes, pero Carlos Manuel y yo sabíamos que éramos hombres. Hasta nos caíste a trompadas y me sorprendí que no usaste la correa y todo porque nuestra prima tenía amores escondido con los dos. Carlos y yo, celosos, no aceptábamos que estuviera con el otro y con los golpes sentimos que mamá se iba enterar, le temíamos tanto que decidimos compartirla. Pero lo que Carlos Manuel no sabía era que mientras él dormía, Julia se entregaba así todita para mí solo. Era emocionante verlo dormir cuando me excitaba con los gemidos de mi prima, era hermoso sentir su cuerpo desnudo templando contra el mío. Un día se descubrió el embarazo. El miedo me dividió en dos, estaba tan asustado que sentía el mundo en mi espalda. En el taller avanzaba en el trabajo lentamente y me daba a las risas, esa parte de mí me gustaba, pues estaba lejos de las preocupaciones. Al llegar a la casa, la otra parte de mí me golpeaba, sentía como si una agujeta me agujereaba el estómago, Julia me miraba y mi corazón sangraba, parecía como si alguien le cayera a patadas. Era horrible actual así enseñando un rostro no acostumbrado al engaño. Trataba de buscar el otro lado de mí y aliarme a la tranquilidad, y no lo lograba. Sólo servía para disecar la realidad en una calma que no existía en mí. Sin darme cuenta te acercarte a mí papá y dijiste lo que te dijo una vez tu amigo el Síndico que asumiera una actitud conformista cuando no podía resolver una crisis porque la reacción de la vida normal es una falsa, que no tratara de seguir ideas ajenas de hombre y mujeres plastificado por la sociedad. Mi viejo, no comprendí sobre el significado de hombres y mujeres plastificado, pero me sentí contento cuando el mundo no estaba en mi espalda. Decidí hablar con tío y en ese momento Carlos Manuel saltó de alegría junto a él que insultaba a mamá, afirmando que no debió dejar ir a su hija a vivir a nuestra casa y ayudarla en los oficios. Nunca imaginé que mientras trabajaba en el taller, mi hermano y Julia se bañaban juntos. Imaginé todo lo que se puede hacer en el baño y especialmente con mi prima. Siete meses después, Julia estuvo de parto. La bebé era hermosa, Julia nunca pudo decirme quien era el padre. La niña se parecía a los dos y Carlos y yo teníamos el mismo tipo de sangre. La prima y mi hermano se mudaron, me sentí solo y le insistía a mamá de que lo convenciera. No lo logró, a mi hermano los celos le carcomían el estómago. Desde ese día me di a la bebida. Embriagado tuve una revelación, la vida se vive sola, independientemente de nosotros. El mundo circundante era un absurdo, me gustara o no. Julia no era una mujer, era una diosa, recordarla era idolatrarla con una botella de agua ardiente. Una mañana te enteraste de la huida de Carlos Manuel a Puerto Rico. La yola naufragó, muchas personas ahogada y desaparecidas. Mamá lloraba contando entre sus dedos las bolitas de un rosario. Julia pregonaba “se lo dije”. Tú no soportaste que en la noticia informaran lo sucedido. Buscaste a tío, se marcharon a Nagua y regresaste con él, fue un milagro. La familia lo besaba y le aconsejaba. Yo estaba solo y borracho mirando como Julia lo abrazaba y acariciaba. Estaba solo y abandonado mirando a la familia admirándolo. Estaba solo, sin mi cuerpo, sin mi voluntad. Solo con una botella en la mano. Solo, acompañado de una botella vacía, una botella que me había dado el poder de ser lo que era, un amargado. Entre las alegrías te veías corretear con la nieta, traté de pararme y caí hiriendo los codos. Mamá se acercó y sollozando me decía en mis oídos, “no beba más, mira el cielo, allá el altísimo te concederá pronto una buena mujer”. Yo levanté el rostro al firmamento y recordé cuando tú nos hiciste las chichiguas, la de Carlos Manuel se reventó y corrimos en busca de ella, pero nadie la pudo atrapar, ella cayó allá en la finca de Pacheco entre esas matas de cambrones llenas de espinas. Mamá me abrazaba en el suelo y trataba de limpiarme las heridas y sonreí. Lo hice porque fue igual cuando monté en mi propio carrito de cajebola, tú lo había hecho para los dos. Los muchachos y yo echábamos competencia y el ruido desde la calzada molestaba a los vecinos y al salir uno de ellos que siempre nos echaba agua, yo traté de pararme en plena velocidad, lo hice y me fui de boca. Me rapé los codos y los labios, tú mi viejo, mandaste a comprar mentiolé, yo gritaba, ay... papá ya no me duele, papi, te digo que no me duele. Carlos Manuel se revolcaba de la risa. Sí que me hizo reír el recordar mi infancia, mamá se dio cuenta y con ternura abrazó más fuerte. Mi vida cambió, esta vez regresaba a los estudios, te había prometido terminar el último año del bachillerato. La razón de mi nueva actitud, fue por la promesa a Carlos Manuel de conseguirle Visa, nadie lo sabía, estaba contento, si mi hermano salía del país, yo podía volver con Julia. Los meses transcurrían y un día visitó nuestra casa aquel quien fuera una vez Síndico en los tiempos cuando trabajaba en el Ayuntamiento Municipal. Lograste junto a él la Visa de Carlos Manuel. Qué alegría, se hizo un baile y mientras gozaban, en la oscura habitación, aquella que había compartido desde la niñez con mi hermano, ahí donde unos años antes había perdido la inocencia, me reconcilié con Julia. Al claudicar la fiesta, reuniste a la familia y nos informaste de la hipoteca. La misión de Carlos Manuel, era trabajar y mandar dólares, lo suficiente y no perder la casa. Mi misión fue trabajar y mantener la familia, con esos fines alquilaste un terreno y compraste las cajas de herramientas. Fue lindo mi viejo, obsequiarme un taller.

Al emigrar Carlos del país, me aconsejaste, has esto y lo otro. Especialmente no podía seducir a mi prima. La familia la vigilaba, y cada día que pasaba era yo más temperamental, solitario y contradictorio. Controlaba a mi cuñada de una manera enfermiza. Nos veíamos fuera de la ciudad. Luego me sentí poseído de un apetito amoroso, fuerte y sano. Soñaba con una vida profesional e ir a la universidad. Tú mi viejo te oponías a ese modo de vida, me hablaba de Carlos Manuel, de mi madre, de los dólares, de no desear la mujer ajena. Pero quería estar con ella, Julia me transformaba en un ser encantador y gracioso; aunque en mí interior era duro y no aceptaba ningún compromiso. Eso siempre le molestó a mi prima, reprochaba que yo debía ser su marido, fui el primero en saber del embarazo y me lo había dicho para que la tomara como mujer. Pero no lo hice, ahora recuerdo a la familia, constantemente peleaba contra mí. Tío sacaba de vez en cuando un colín si no dejaba en paz a su hija, no lo hacía por ella, ni por la buena moral, sino por los cinco y diez dólares que le llegaban en cada carta. Se complicó más la relación familiar. Julia se mudó con sus padres y tú mi viejo me dabas fuerza y valor, siempre fuiste un ser bondadoso y dispuesto al sacrificio; no me dejaste solo. Los meses sin ella era un cielo sin ángeles y sin Dios. Estaba incómodo, era un pobre diablo lleno de ansiedad queriéndole demostrar a los demás que mi vida estaba llena de amor sin Julia. Esa actitud me enfermaba. Empecé a tomar, cada botella de alcohol sacaba el sufrimiento más profundo de mi alma, había maldecido tanto que creo haberla perdido, lo sacaba de allá, de aquel abismo oscuro y desdichado que estaba en mí. Así quería estar, que Julia supiera de mi sufrimiento. Varias veces recibí correspondencia en papelitos, recuerdo uno. “Mi amor no tome más, cada vez que me encuentro contigo así borracho, siento que mi amor por ti va muriendo. Siempre te he amado por ser alegre y trabajador”. Hasta tú mi viejo me admiraba por trabajador. El taller estaba abandonado y decidiste venderlo. Desde ese día el dinero escaseaba y era difícil un trago. Pensé, dejar la bebida y reconciliarme con la familia, ser más astuto y engañar a todos para verme a escondida con la mujer de mis sueños. Era tarde mi viejo, Julia estaba embarazada de Luis, de ese maldito que tanto golpes no habíamos dado desde niño. Él la mudó y Carlos Manuel dejó de escribir y de mandar los dólares. Tú casi enloqueciste al ver que nuestra casa hipotecada se iba a perder. Lloraste, hasta mamá lloró y nunca la había visto llorar. Yo enloquecí y vendía los ajuares de la casa y tomaba. Cada día era una eternidad, no llegaba el día de mi felicidad. Tomaba, tomaba mientras tú paseabas con tu nieta buscando ayuda con tus viejos amigos del Ayuntamiento, ninguno te pudo ayudar, ni el ex – síndico, ni la suerte. Desde lejos veía que lloraba en la habitación abrazando a tu nieta, abrazando quizá a mi hija, abrazando a la niña que yo nunca amé por estar buscando el amor de su madre. La niña era el único trofeo de amor en la familia. Tú lo sabías y la abrazaba junto a mamá cada vez que llegaba la mensualidad para el pago. Mamá escribía, todos los días mandaba sus cartas; pero Carlos Manuel no respondía.

Una noche enloqueciste, tenía que entregar la casa, el hogar de tu vida, el hogar que siempre soñaba con tu escobillón al hombro barriendo cada calzada y contén de cada barrio y sin ton ni son te sonríe la suerte, el número sesenta y siete te da lo soñado. No había forma, tus sueños no eran pesadillas sino la misma vida despedazándote poco a poco. Tomaste cada uno de los recibos de la hipoteca y con ellos incendiaste la casa, la gasolina distribuía las llamas mientras los gritos despertaba desde el fondo de mi conciencia embriagada, el pánico. Despertó en mí el temor a la muerte, aunque era ya un muerto que pasaba por la vida sin ton ni son. El incendio sumergía a la altura hacia la iluminación de sus llamas que a la vez me quemaba los ojos. En verdad, no desperté por los gritos, lo hice porque los ratones cruzaron sobre mí, escuché la voz de mi madre. Lloré, mamá donde está... donde está... Lo busqué a ambos y no los encontrabas, sólo escuchaba las voces de auxilio pero no podía hacer nada, el aire se desvanecía, el humo me provoca tos y mi piel no resistía el calor y me desmayé. No, no me había desmayado, vi a los bomberos socorrerme. Todo quedó en cenizas y con los muros ennegrecidos. Los amigos me decían que te sentabas a llorar y sin comer frente a la ruina. Mientras tú añorabas lo perdido papá, yo cumplía condena de veinte años. Por la ventana de la prisión observaba un edificio en construcción, “miren muchacho, a tres manzanas de allí vivía yo”. Los presos no se inmutaban; pero yo seguía mirando y traté de olvidar. No a mi madre que tanto lloró en el juicio pregonando mi inocencia. No pude olvidar a Julia y a tu nieta.

Las prisiones son duras, dicen que son para reformar y educar a los delincuentes. Solos los presos saben que están para castigarnos. Lo peor de la prisión no era estar enclaustrado sin salir al patio, era que cada domingo nunca llegaba visita. Las madres nunca abandonan a sus hijos sin importar si es un desgraciado; pero mi madre nunca fue, estaba enferma. Ocho años después me enteré de su muerte. Ese día lloré porque me parecía que había muerto en ese instante. Me acerqué a la ventana gritando, mamá... y vi un perro flacucho y sarnoso que buscaba de comer en un basurero, yo seguía gritando y llamaba a mi madre, ay madre mía no sabes cuantos te amé, ese día quería ser aquel perro y correr a donde ustedes, no quería se un perro para ser libre. Sin importar donde estuviera, sólo quería estar con ustedes papá, quería levantarte de esa esquina frente a la ruina de nuestro hogar y llevarte a volar chichigua, boxear y verte reír mi viejo. Pero no; mientras gritaba la muerte de mamá nada más escuchaba la queja del provot.

No piense que hoy te recuerdo sólo porque he salido de la cárcel o porque los mendigos tengan algún significado para mí, no papá. Lo que pasa es que hace media hora que te di la limosna y al no reconocerme porque tiene tu único ojo casi ciego por la quemadura, me ha cogido con llorar y recordar los buenos y los malos tiempos. Hace un rato cuando venía hacia acá recordaba la canción. Mi pueblo ya no es pueblo/ es una ciudad cualquiera/ con los edificios altos/ y con largas carreteras./ Mientras tarareaba vi a los lejos en una tienda de variedades a Julia ¿Quién podía saber el daño que nos hizo? Ahora te veo sentado en ese lugar donde estaba nuestra casa, detrás de ti una gran tienda de electrodoméstico y un señor fuerte de unos cuarenta y cinco años abrazándote y riéndose contigo. Te montas en su Mercedes Bentz y el hombre se detiene y mira a su alrededor con añoranza, de su cuello pende una cadena enorme y un medallón que dice Carlos. Adiós mi viejo, al fin has atrapado la suerte a tus sesenta y siete años de edad. Que te vayas bien y acuérdate que la vida normal es una falsa, no podemos seguir las ideas ajenas de hombres y mujeres plastificado por la sociedad. Viejo, aunque sean nuestros hijos.


sábado, 15 de abril de 2017

LA CUENTISTICA EN LA CIUDAD DE SANTIAGO DE LOS CABALLEROS





LA CUENTISTICA DE SANTIAGO
Por: Agustin Grullon.

Antes de empezar a hablar sobre el género cuento, conviene saber qué es un cuento. La cuestión resulta tan engorrosa que los grandes especialistas del mismo aún no han logrado ponerse de acuerdo al respecto, hasta tal punto, que es acaso el género más controversial de la literatura. Unos, por ejemplo, dicen que el cuento es sólo una narración breve que puede leerse de un tirón; otros, que es el relato de un solo hecho que no admite disgregación en la acción; y otros más, dicen que el cuento es una novela en síntesis. Inclusive, se ha dicho por parte de voces autorizadas en la materia –como el gran cuentista guatemalteco Augusto Monterroso, por ejemplo– que nadie sabe con precisión qué es un cuento.
El primero que tuvo el honor de teorizar sobre el género fue el estadounidense Edgar Allan Poe con su ensayo “La filosofía de la composición”. Otros grandes teóricos son el uruguayo Horacio Quiroga, el dominicano Juan Bosch, los argentinos Julio Cortázar y Enrique Anderson Imbert, y el peruano Julio Ramón Ribeyro.
El primer cuento que se conoce de la literatura dominicana es “El garito” (1854), de Javier Angulo Guridi. Es, sin embargo, un trabajo deficiente desde el punto de vista de las más aceptadas constantes del cuento. De hecho, aun a finales de siglo XIX y principios del XX la literatura dominicana no produjo ningún cuento propiamente dicho; se trataba sólo de relatos de carácter popular y folclórico, anécdotas, estampas y cuadros de costumbres.
El cuento en Santiago entró en 1926 con la publicación de “El hombre que había perdido su eje”, del gran poeta Tomás Hernández Franco, lo cual es de tomar en cuanta puesto que ni siquiera se había publicado “Camino Real” (1933) de Juan Bosch, que es considerado el primer libro de cuentos que produjo la literatura dominicana. “El hombre que había perdido su eje” fue publicado por vez primera en París, Francia, con una tirada muy mínima de ejemplares y se mantuvo prácticamente inédito en nuestro país hasta poco después de la muerte del autor, ocurrida en 1952. Se trata de cuentos poderosamente vanguardistas, aunque a veces rayando en lo anecdótico y lo rural. En 1951 se publicó otro libro de cuentos del autor titulado “Cibao”, que está compuesto por algunos cuentos verdaderamente magistrales. Su trayectoria como poeta fue tan vital que ha ensombrecido su faceta de cuentista. Fue, sin embargo, un cuentista visionario que se adelantó a su tiempo con unos cuentos lejos de la usanza de la época. Y aún no se le ha dado el sitial que merece en la cuentística nacional.
Un santiaguero contemporáneo de Tomás Hernández Franco lo fue Manuel del Cabral, el cual también es más conocido como poeta que como cuentista. Del Cabral publicó el libro “Chinchina busca el tiempo” en Argentina, donde residía, en 1945, un libro de carácter misceláneo e inclasificable compuesto sobre todo por poemas en prosa y algunos cuentos muy breves. Posteriormente publicó “Cuentos” (1976) y “Cuentos cortos con pantalones largos” (1981), libros en los cuales también reúne cuentos de carácter híbrido y altamente imaginativos; son cuentos muy breves, más conocidos como minicuento o minificción. El libro le mereció el elogio de la chilena Gabriela Mistral quien dijo que se trataba de un libro superior a “Platero y yo”, de Juan Ramón Jiménez.
Manuel del Cabral es uno de los máximos representantes del cuento fantástico en la literatura dominicana. Otra figura representativa del cuento fantástico es Virgilio Díaz Grullón, el más grande cuentista de Santiago de todos los tiempos y el segundo más destacado de la cuentística dominicana, solo superado por Juan Bosch, que ocupa el primer puesto entre los cuentistas dominicanos. Díaz Grullón obtuvo el premio nacional de cuentos de 1958 con “Un día cualquiera”. Es también autor de los libros de cuentos “Crónicas de Altocerro” (1966) y “Más allá del espejo” (1975). En 1981 dio a conocer el libro “De niños, hombres y fantasmas”, el cual reúne sus tres libros de cuentos, “Los Algarrobos también sueñan” (1977) -su única novela- y algunos cuentos inéditos. Sus cuentos son muy intensos, casi siempre de carácter psicológico y fantástico. En ellos se pone de manifiesto la angustia existencial del hombre del siglo XX y, entre otros, los problemas del hombre del campo al ponerse en contacto con la ciudad.
En 1948 nacieron en Santiago dos cuentistas notables, Rafael Castillo Alba y José Enrique García. El primero, por ejemplo, es autor de uno de los mejores libros de cuentos de la literatura dominicana contemporánea: “La viuda de Martín Contreras y otros cuentos” (1981), con el cual obtuvo el Premio Nacional de Cuentos de ese año. En una encuesta en la que fueron consultados veintiún escritores dominicanos sobre cuáles eran los mejores cuentos dominicanos del siglo xx, el cuento de Castillo Alba titulado “La viuda de Martín Contreras” estuvo entre los veinticinco cuentos con más votos a favor, y junto a los otros cuentos seleccionados fue incluido en la antología “Contándonos 25 cuentos dominicanos”, siendo Castillo Alba el único escritor vivo de Santiago en pertenecer a dicha antología.
Los cuentos de Castillo Alba están escritos con un lenguaje popular y están ambientados en una geografía en consonancia con lo rural. Sus cuentos se nutren de lo rural y lo tradicional y, al mismo tiempo, se ponen en consonancia con los más avanzados procedimientos narrativos. Buena muestra de la riqueza de leguaje del autor son los cuentos titulados “Pichones de cuyaya” y “La viuda de Martín Contreras”. Castillo Alba es una especie de Juan Rulfo dominicano, y además, sólo ha dado a la publicidad (que sepamos nosotros) un único libro de cuentos.
En cuanto a José Enrique García, es bueno saber que se trata del primer escritor dominicano en haber logrado publicar un libro bajo el prestigioso sello editorial Alfaguara. Es más conocido como novelista, pero es también un buen cuentista. Una buena muestra de ello es el libro “Contando lo que pasa”. Su cuento más conocido es “Oficio de ocioso”, un cuento bien facturado y muy bellamente escrito; un cuento de carácter quijotesco y con elementos de la literatura del absurdo en que el personaje central, Lucas, un mensajero de una oficina de Presupuesto, comienza a leer con voracidad los más diversos libros de la literatura policíaca, y que, similar a lo que le ocurriría al personaje de Cervantes con los libros de caballerías, terminaría convirtiéndose él mismo en “detective”, hasta que finalmente fue descubierto tras descubrir los negocios oscuros que operaban en la empresa para la que laboraba como mensajero y, poco después, encontrado muerto.
En los Estados Unidos reside uno los mejores cuentistas originarios de Santiago: José Acosta, uno de los autores más significativos de la llamada diáspora dominicana. Es acaso el cuentista de Santiago que más concursos literarios ha ganado. Sus cuentos, los cuales se ajustan nítidamente a las normas y reglas más aceptadas del género, reflejan muchas veces la angustia del hombre contemporáneo frente a la tecnología, la prostitución, el desarraigo, la violencia y otros problemas sociales.
Uno de los más grandes cuentistas de Santiago es Luis R. Santos. Autor, entre otros, de “Tienes que matar al perro” y “Noche de Mala Luna” dos magníficos libros de cuentos. Sus trabajos son realistas pero siempre muestran la realidad más excepcional, y sin caer en la inverosimilitud. El descalabro social, la violencia, la prostitución, los problemas de los inmigrantes, los problemas domésticos, el desamor, la violencia…
En esa misma dirección, pero con un estilo diferente, se mueve el narrador Máximo Vega, quien es uno de los cuentistas más originales de Santiago; un cuentista experimental y, al mismo tiempo, experimentado. Es uno de los escritores de Santiago de más vasta lectura y uno de los que más sabe de literatura. Sus cuentos reflejan los problemas ontológicos y existenciales del hombre contemporáneo, la angustia existencial, el descalabro social, la prostitución, la violencia, lo grotesco y lo patético, los problemas del absurdo.
Un cuentista descollante de Santiago es Rafael P. Rodríguez. Es más conocido como poeta, pero es evidente que se tratad e un autor que se mueve con pericia tanto en el género poesía como en el cuento y el ensayo. Es muy rebelde y experimental en la poesía y el ensayo, sin embargo en el cuento no se ha mostrado tan original e independiente. Su cuento más conocido es “Remigio Cárdenas”. Sus cuentos mayormente reflejan los problemas existenciales del hombre rural y provincial, casi de forma análoga a Rafael Castillo Alba. Pero la angustia, la interioridad del hombre de campo es reflejada por este autor de con una hondura y precisión que muy pocos narradores de Santiago han logrado.
En la década de los noventas se publicaron los libros de cuentos de Pedro Pablo Marte: ´´Chanzas´´ y ´´D’ Maestros´´. El cuento que da nombre al primer libro, ´´Chanzas´´, en su momento se hizo tan popular en algunos círculos literarios de Santiago que hay lectores que llaman al autor Pedro Pablo Chanzas. Aunque se trata de cuentos prometedores, no se ha vuelto a conocer otro libro de cuentos el autor. Tiene el mérito del ser el uno escritor de Santiago que se ha atrevido a teorizar sobre el género cuento, siendo autor de unos curiosos opúsculos sobre el cuento.
Uno de los libros de cuentos más prometedores de Santiago en el presente siglo, lo publicó Rosa Silverio, titulado “A los delincuentes hay que matarlos”. Aunque son relatos que evidencian no estar trabajados con la dedicación y la maestría con que la autora ha trabajado sus composiciones poéticas, es obvio que hay entre ellos cuentos de notable sensibilidad artística y de gran creatividad. Razón por la cual estamos a la espera de otro libro de cuentos de la autoría de esta notable poeta y cuentista. Sus cuentos tratan los temas de incomprensión, el amor, el incesto, el lesbianismo, la angustia.
En fin, son numerosos los cuentistas de Santiago más destacados y ponernos a mencionarlos a todos sería imposible. Sin duda, faltan nombres ilustres. Pero el mejor tributo a los cuentistas que mencioné y a los que no mencioné, es leer sus libros. Además, la mejor apreciación de ellos, no es la que nosotros hemos hecho aquí, sino la que conforme a sus respectivos gustos harían ustedes como lectores frente a los libros de los cuentistas de Santiago. A si que, a leer cuanto antes a los cuentistas de Santiago. No se arrepentirán.
Muchas gracias…

Conferencia dada en el mes de abril en al Universidad Para Adulto (UAPA).

















viernes, 17 de febrero de 2017

EL ESTILO, MARIO VARGAS LLOSA

El estilo Querido amigo:

 El estilo es ingrediente esencial, aunque no el único, de la forma novelesca. Las novelas están hechas de palabras, de modo que la manera como un novelista elige y organiza el lenguaje es un factor decisivo para que sus historias tengan o carezcan de poder de persuasión. Ahora bien, el lenguaje novelesco no puede ser disociado de aquello que la novela relata, el tema que se encarna en palabras, porque la única manera de saber si el novelista tiene éxito o fracasa en su empresa narrativa es averiguando si, gracias a su escritura, la ficción vive, se emancipa de su creador y de la realidad real y se impone al lector como una realidad soberana. Es, pues, en función de lo que cuenta que una escritura es eficiente o ineficiente, creativa o letal.

 Quizás debamos comenzar, para ir ciñendo los rasgos del estilo, por eliminar la idea de corrección. No importa nada que un estilo sea correcto o incorrecto; importa que sea eficaz, adecuado a su cometido, que es insuflar una ilusión de vida —de verdad— a las historias que cuenta. Hay novelistas que escribieron correctísimamente, de acuerdo a los cánones gramaticales y estilísticos imperantes en su época, como Cervantes, Stendhal, Dickens, García Márquez, y otros, no menos grandes, que violentaron aquellos cánones, cometiendo toda clase de atropellos gramaticales y cuyo estilo está lleno de incorrecciones desde el punto de vista académico, lo que no les impidió ser buenos o incluso excelentes novelistas, como Balzac, Joyce, Pío Baroja, Céline, Cortázar y Lezama Lima. Azorín, que era un extraordinario prosista y pese a ello un aburridísimo novelista, escribió en su colección de textos sobre Madrid: «Escribe prosa el literato, prosa correcta, prosa castiza, y no vale nada esa prosa sin las alcamonías de la gracia, la intención feliz, la ironía, el desdén o el sarcasmo».

 Es una observación exacta: por sí misma, la corrección estilística no presupone nada sobre el acierto o desacierto con que se escribe una ficción. ¿De qué depende, pues, la eficacia de la escritura novelesca? De dos atributos: su coherencia interna y su carácter de necesidad. La historia que cuenta una novela puede ser incoherente, pero el lenguaje que la plasma debe ser coherente para que aquella incoherencia finja exitosamente ser genuina y vivir. Un ejemplo de esto es el monólogo de Molly Bloom, al final del Ulises (Ulysses) de Joyce, torrente caótico de recuerdos, sensaciones, reflexiones, emociones, cuya hechicera fuerza se debe a la prosa de apariencia deshilvanada y quebrada que lo enuncia y que conserva, por debajo de su exterior desmañado y anárquico, una rigurosa coherencia, una conformación estructural que obedece a un modelo o sistema original de normas y principios del que la escritura del monólogo nunca se aparta.

¿Es una exacta descripción de una conciencia en movimiento? No. Es una invención literaria tan poderosamente convincente que nos parece reproducir el deambular de la conciencia de Molly cuando, en verdad, lo está inventando. Julio Cortázar se jactaba en sus últimos años de escribir «cada vez más mal». Quería decir que, para expresar lo que anhelaba en sus cuentos y novelas, se sentía obligado a buscar formas de expresión cada vez menos sometidas a la forma canónica, a desafiar el genio de lengua y tratar de imponerle ritmos, pautas, vocabularios, distorsiones, de modo que su prosa pudiera representar con más verosimilitud aquellos personajes o sucesos de su invención.

 En realidad, escribiendo así de mal, Cortázar escribía muy bien. Tenía una prosa clara y fluida, que fingía maravillosamente la oralidad, incorporando y asimilando con gran desenvoltura los dichos, amaneramientos y figuras de la palabra hablada, argentinismos desde luego, pero también galicismos, y asimismo inventando palabras y expresiones con tanto ingenio y buen oído que ellas no desentonaban en el contexto de sus frases, más bien las enriquecían con esas «alcamonías» (especias) que reclamaba Azorín para el buen novelista. La verosimilitud de una historia (su poder de persuasión) no depende exclusivamente de la coherencia del estilo con que está referida —no menos importante es el rol que desempeña la técnica narrativa—, pero, sin ella, o no existe o se reduce al mínimo.

Un estilo puede ser desagradable y, sin embargo, gracias a su coherencia, eficaz. Es el caso de un Louis-Ferdinand Céline, por ejemplo. No sé si a usted, pero, a mí, sus frases cortitas y tartamudas, plagadas de puntos suspensivos, encrespadas de vociferaciones y expresiones en jerga, me crispan los nervios. Y, sin embargo, no tengo la menor duda de que Viaje al final de la noche (Voyage au bout de la nuit), y también, aunque no de manera tan inequívoca, Muerte a crédito (Mort à crédit), son novelas dotadas de un poder de persuasión arrollador, cuyo vómito de sordidez y extravagancia nos hipnotiza, desbaratando las prevenciones estéticas o éticas que podamos conscientemente oponerle.

Algo parecido me ocurre con Alejo Carpentier, uno de los grandes novelistas de la lengua española sin duda, cuya prosa, sin embargo, considerada fuera de sus novelas (ya sé que no se puede hacer esa separación, pero la hago para que quede más claro lo que trato de decir) está en las antípodas del tipo de estilo que yo admiro. No me gusta nada su rigidez, academicismo y amaneramiento libresco, el que me sugiere a cada paso estar edificado con una meticulosa rebusca en diccionarios, esa vetusta pasión por los arcaísmos y el artificio que alentaban los escritores barrocos del siglo XVII. Y, sin embargo, esta prosa, cuando cuenta la historia de Ti Noel y de Henri Christophe en El reino de este mundo, obra maestra absoluta que he leído y releído hasta tres veces, tiene un poder contagioso y sometedor que anula mis reservas y antipatías y me deslumbra, haciéndome creer a pie juntillas todo lo que cuenta. ¿Cómo consigue algo tan formidable el estilo encorbatado y almidonado de Alejo Carpentier? Gracias a su indesmayable coherencia y a la sensación de necesidad que nos transmite, esa convicción que hace sentir a sus lectores que sólo de ese modo, con esas palabras, frases y ritmos, podía ser contada aquella historia.

Si hablar de la coherencia de un estilo no resulta tan difícil, sí lo es, en cambio, explicar aquello del carácter necesario, indispensable para que un lenguaje novelesco resulte persuasivo. Tal vez la mejor manera de describirlo sea valiéndose de su contrario, el estilo que fracasa a la hora de contarnos una historia pues mantiene al lector a distancia de ella y con su conciencia lúcida, es decir, consciente de que está leyendo algo ajeno, no viviendo y compartiendo la historia con sus personajes. Este fracaso se advierte cuando el lector siente un abismo que el novelista no consigue cerrar a la hora de escribir su historia, entre aquello que cuenta y las palabras con que está contándolo. Esa bifurcación o desdoblamiento entre el lenguaje de una historia y la historia misma aniquila el poder de persuasión.

El lector no cree lo que le cuentan, porque la torpeza e inconveniencia de ese estilo hace a aquél consciente de que entre las palabras y los hechos hay una insuperable cesura, un resquicio por el que se filtran todo el artificio y la arbitrariedad sobre los que está erigida una ficción y que sólo las ficciones logradas consiguen borrar, tornándolos invisibles. Esos estilos fracasan porque no los sentimos necesarios; por el contrario, leyéndolos nos damos cuenta de que esas historias contadas de otra manera, con otras palabras, serían mejores (lo que en literatura quiere decir, simplemente, más persuasivas).

Jamás tenemos esa sensación de dicotomía entre lo contado y las palabras que lo cuentan en los relatos de Borges, las novelas de Faulkner o las historias de Isak Dinesen. El estilo de estos autores, muy diferentes entre sí, nos persuade porque en ellos las palabras, los personajes y cosas constituyen una unidad irrompible, algo que no concebimos siquiera que pudiera disociarse. A esa perfecta integración entre «fondo» y «forma» aludo cuando hablo de ese atributo de necesidad que tiene una escritura creadora. Ese carácter necesario del lenguaje de los grandes escritores se detecta, por contraste, por lo forzado y falso que resulta en los epígonos. Borges es uno de los más originales prosistas de la lengua española, acaso el más grande que ésta haya producido en el siglo XX.

Por eso mismo ha ejercido una influencia grande, y, si usted me permite, a menudo nefasta. El estilo de Borges es inconfundible, dotado de extraordinaria funcionalidad, capaz de dar vida y crédito a su mundo de ideas y curiosidades de refinado intelectualismo y abstracción, donde los sistemas filosóficos, las disquisiciones teológicas, los mitos y símbolos literarios y el quehacer reflexivo y especulativo así como la historia universal contemplada desde una perspectiva eminentemente literaria conforman la materia prima de la invención.

El estilo borgeano se adecua y funde con esa temática en aleación indivisible, y el lector siente, desde las primeras frases de sus cuentos y de muchos de sus ensayos que tienen la inventiva y soberanía de verdaderas ficciones, que ellos sólo podían haber sido contados así, con ese lenguaje inteligente e irónico, de matemática precisión — ninguna palabra falta, ninguna sobra—, de fría elegancia y aristocráticos desplantes, que privilegia el intelecto y el conocimiento sobre las emociones y los sentidos, juega con la erudición, hace del alarde una técnica, elude toda forma de sentimentalismo e ignora el cuerpo y la sensualidad (o los divisa, lejanísimos, como manifestaciones inferiores de la existencia humana) y se humaniza gracias a la sutil ironía, fresca brisa que aligera la complejidad de los razonamientos, laberintos intelectuales o barrocas construcciones que son casi siempre los temas de sus historias.

El color y la gracia de ese estilo está sobre todo en su adjetivación, que sacude al lector con su audacia y excentricidad («Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche»), con sus violentas e insospechadas metáforas, esos adjetivos o adverbios que, además de redondear una idea o destacar un trazo físico o psicológico de un personaje, a menudo se bastan para crear la atmósfera borgeana. Ahora bien, precisamente por su carácter necesario, el estilo de Borges es inimitable. Cuando sus admiradores y seguidores literarios se prestan de él sus maneras de adjetivar, sus irreverentes salidas, sus burlas y desplantes, éstos chirrían y desentonan, como esas pelucas mal fabricadas que no llegan a pasar por cabelleras y proclaman su falsedad bañando de ridículo a la infeliz cabeza que recubren. Siendo Jorge Luis Borges un formidable creador, no hay nada más irritante y molesto que los «borgecitos», imitadores en los que por esa falta de necesidad de la prosa que miman lo que en aquél era original, auténtico, bello, estimulante, resulta caricatural, feo e insincero. (La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético.) Cosa parecida le ocurre a otro gran prosista de nuestra lengua, Gabriel García Márquez. A diferencia del de Borges, su estilo no es sobrio sino abundante, y nada intelectualizado, más bien sensorial y sensual, de estirpe clásica por su casticismo y corrección, pero no envarado ni arcaizante, más bien abierto a la asimilación de dichos y expresiones populares y a neologismos y extranjerismos, de rica musicalidad y limpieza conceptual, exento de complicaciones o retruécanos intelectuales. Calor, sabor, música, todas las texturas de la percepción y los apetitos del cuerpo se expresan en él con naturalidad, sin remilgos, y con la misma libertad respira en él la fantasía, proyectándose sin trabas hacia lo extraordinario.

 Leyendo Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera nos abruma la certidumbre de que sólo contadas con esas palabras, ese talante y ese ritmo, esas historias resultan creíbles, verosímiles, fascinantes, conmovedoras; que, separadas de ellas, en cambio, no hubieran podido hechizarnos como lo hacen, porque esas historias son las palabras que las cuentan. La verdad es que esas palabras son las historias que cuentan, y, por ello, cuando otro escritor se presta ese estilo, la literatura que resulta de esa operación suena falaz, mera caricatura. Después de Borges, García Márquez es el escritor más imitado de la lengua, y aunque algunos de sus discípulos han llegado a tener éxito, es decir muchos lectores, su obra, por más aprovechado que sea el discípulo, no vive con vida propia, y su carácter ancilar, forzado, asoma de inmediato.

 La literatura es puro artificio, pero la gran literatura consigue disimularlo y la mediocre lo delata. Aunque me parece que, con lo anterior, le he dicho todo lo que sé sobre el estilo, en vista de esas perentorias exigencias de consejos prácticos de su carta, le doy éste: ya que no se puede ser un novelista sin tener un estilo coherente y necesario y usted quiere serlo, busque y encuentre su estilo. Lea muchísimo, porque es imposible tener un lenguaje rico, desenvuelto, sin leer abundante y buena literatura, y trate, en la medida de sus fuerzas, ya que ello no es tan fácil, de no imitar los estilos de los novelistas que más admira y que le han enseñado a amar la literatura. Imítelos en todo lo demás: en su dedicación, en su disciplina, en sus manías, y haga suyas, si las siente lícitas, sus convicciones. Pero trate de evitar reproducir mecánicamente las figuras y maneras de su escritura, pues, si usted no consigue elaborar un estilo personal, el que conviene más que ningún otro a aquello que quiere usted contar, sus historias difícilmente llegarán a embeberse del poder de persuasión que las haga vivir. Buscar y encontrar el estilo propio es posible.

 Lea usted la primera y la segunda novela de Faulkner. Verá que entre la mediocre Mosquitos (Mosquitoes) y la notable Banderas sobre el polvo (Flags in the Dust), la primera versión de Sartoris, el escritor sureño encontró su estilo, ese laberíntico y majestuoso lenguaje entre religioso, mítico y épico capaz de animar la saga de Yoknapatawpha. Flaubert también buscó y encontró el suyo entre su primera versión de La tentación de San Antonio, de prosa torrencial, desmoronada, de lirismo romántico, y Madame Bovary, donde aquel desmelenamiento estilístico fue sometido a una severísima purga, y toda la exuberancia emocional y lírica que había en él fue reprimida sin contemplaciones, en pos de una «ilusión de realidad» que, en efecto, conseguiría de manera inigualable en los cinco años de trabajo sobrehumano que le tomó escribir su primera obra maestra.

No sé si usted sabe que Flaubert tenía, respecto del estilo, una teoría: la del mot juste. La palabra justa era aquella —única— que podía expresar cabalmente la idea. La obligación del escritor era encontrarla. ¿Cómo sabía cuándo la había encontrado? Se lo decía el oído: la palabra era justa cuando sonaba bien. Aquel ajuste perfecto entre forma y fondo —entre palabra e idea— se traducía en armonía musical. Por eso, Flaubert sometía todas sus frases a la prueba de «la gueulade» (de la chillería o vocerío). Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset: la allée des gueulades (la alameda del vocerío).

Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía si había acertado o debía seguir buscando los vocablos y frases hasta alcanzar aquella perfección artística que persiguió con tenacidad fanática hasta que la alcanzó. ¿Recuerda usted el verso de Rubén Darío: «Una forma que no encuentra mi estilo»? Durante mucho tiempo me desconcertó este verso, porque ¿acaso el estilo y  la forma no son la misma cosa? ¿Cómo se puede buscar una forma, teniéndola ya? Ahora entiendo mejor que sí es posible, porque, como le dije en una carta anterior, la escritura es sólo un aspecto de la forma literaria. Otro, no menos importante, es la técnica, pues las palabras no se bastan para contar buenas historias. Pero esta carta se ha prolongado demasiado y sería prudente dejar este asunto para más adelante.

 Un abrazo.

martes, 3 de noviembre de 2015

LA NARRACIÓN Y SU TÉCNICA


GONZALO MARTÍN VIVALDI

 LNARRACIÓN SU TÉCNICA

Pocas reglas pcticas caben en este apartado. Narrar es algo tan personal que escapa a toda didáctica. ¿Enseñar a narrar?... Parece casi imposible. Sin embargo, la mayoría de los tratados de Redacción dedican uno o varios capítulos a la narración. Por ello, para no desentonar en el concierto pedagógico, en las páginas que siguen se recogen algunas ideas de autores de reconocida solvencia. lo recomendamos  que  no  se  tomen  tales ideas al pie de la letra: Valgan como orientacn, no como enseñanza irrefutable.



En nuestra vida diaria, todos unos más y otros menos solemos  actuar como narradores en más de una ocasión. Si se nos apura, diríamos que, en el habla corriente y popular, casi todo es narración. Se cuenta, por ejemplo, a un amigo el argumento de una película; se dice a otro lo que nos hpasado, hace unos instantes, al salir del cine; contamos, al llegar a casa, cómo fue la extracción de muelas que acabamos de sufrir; narramos, con más o menos detalles, el viaje que acabamos de hacer por una región determinada  de  Cuba  o  del  extranjero; reproducimos, con diálogo más o menos chispeante, la anécdota de un tipo célebre de la localidad, etcétera, etcétera.
Todos conocemos a ciertas personas que, espontáneamente, como por un impulso natural, se pasan la vida narrando. Tales individuos, cuando nos cuentan algo, lo hacen con tal viveza que no parece sino que estamos viendo lo que nos narran. En estos casos, se trata, en realidad, de auténticos narradores  – modernos juglares en prosa,  aunque ellos digan, si se les pone en el aprieto, que son incapaces de escribir lo que acaban de contamos. Pero esta incapacidad, las más de las veces, es sólo aparente y obedece casi siempre a una falta   d método Si   estos   narradores espontáneos se decidiesen a coger la pluma y trasladasen al papel, con la mayor fidelidad posible, lo que acaban de contarnos, quedarían luego, al leer su escrito, asombrados de sus propias dotes. Verdad es que sus escritos tendrían faltas de estilo o de simple redacción todas ellas corregibles y evitables; pero lo fundamental, el nervio de la narración, lo que no se aprende, estaría, fijo ya para siempre, en las cuartillas.
.
Hemos  dicho  "lo  que  no  se  aprende".

Con    ello    tocamos    un    punto    muy interesante del arte narrativo.
El buen narrador, como todo artista y perdónese el socorrido y repetido tópico, nace y se hace. Lo innato es lo que no puede enseñarse. Lo artístico, lo genial en la narración, no cabe en formulario alguno. Pretender descubrir la fórmula de El Quijote o de Los hermanos Karamazov, de un relato de Edgar Allan Poe o de un cuento de Chejov es ardua empresa. Y aun suponiendo en el mejor de los casosque hubiésemos dado con la fórmula narrativa de los escritores citados, sería imposible intentar aplicarla a ucaso determinado; entre otras razones porque sería ir contra los principios de originalidad y sinceridad. Además, cada narrador es un caso diferente con su modo  de  hacer  pico  y  personalísimo.
¿Imitar  a  Dickens, a Balzac o Kafka?... Nadie ni nada nos lo impide. Pero tal imitación no pasará de ser una copia, es decir, algo sin fuerza, sin vida propia. Las copias, las imitaciones, tienen todas una existencia efímera porque les falca el sello personal del autor, es decir repitiendo, la originalidad y la sinceridad. Como simple ejercicio, puede imitarse a este o a aquel escritor, aunque siempre sea más pctico imitarnos a nosotros mismos.
A pesar de lo dicho, la narracn, como todo arte, tiene que someterse a un orden determinado. "toda construccn, por muy sutil que sea su andamiaje desde una casa rústica hasta una sinfonía, obedece a unos principios formales y depende de ciertas leyes psicológicas. Tales leyes y principios del proceso creador narrativo es lo que nos proponemos estudiar a continuacn, sin pretensiones de exactitud matemática. Entre otras razones porque esas leyes y principios tendrán siempre que adaptarse al tema. No surge lo mismo ni puede desarrollarse igual la idea de un cuento que la de una novela: La de un drama que la de un poema narrativo.
En suma, por ser esta materia muy discutible, nos limitaremos en las páginas que siguen a ofrecer al lector una recopilación de lo más interesante y pctico que conocernos sobre el tema de la narración, con algunas notas y opiniones personales y, siempre,  sin pretensiones de dogmatismo.


¿Qué es narrar?

Narrar es contar una o varias acciones.
La narración  es  una  escencompleja, y, tambn, un encadenamiento de escenas. La diferencia fundamental entre descripción y narración reside, esencialmente, en el juego de un factor que se resume en dos palabras: Vida interior. Mientras la descripción según Hamlet– se contenta con fijar el aspecto externo de los hechos percibidos por nuestros sentidos, la narración intenta averiguar o conocer, además de las acciones, sus causas morales; los sentimientos,  el  carácter,  en  suma,  que impulsa a actuar a los personajes en un sentido determinado.
Según  el  R  Shokel,  "Lo  primero  que hacemos con la descripción para convertirla en narracn, es ampliarla... Antes, era describir un parque con surtidor, árboles y yedra; ahora, me toca narrar toda la escena que se desenvuelve en aquel marco natural; antes, describía un patio de butacas y ahora narro las escenas que allí suceden; antes, describía un barco que navega en noche serena; ahora narro cómo José y el hidalgo navegan para arrojar al mar el escudo señorial".
Narrar dice González Ruiz es "escribir para contar hechos en los que intervienen personas Narrar   el  desarroll d una tempestad, sin aludir más que al especculo de las fuerzas movilizadas, es describir una tempestad. La narración necesita al hombre, aunque en algunos casos pueda pasarse sin él cuando personifico individuos del reino animal o vegetal y nos cuenta las aventuras de un perro o de una rosa, a los que en realidad se humaniza".
Lógicamente,         en    toda     narración     hay también descripcn. Por tanto, se puede aplicar aquí la técnica descriptiva, sobre todo en lo que se refiere a la observación y selección de datos.
Lo nuevo  y  específico  de la  narración, según el R Shokel, es el principio de la acción. El que narra debe excitar el interés, mantener la atencn, despertar la curiosidad. Más antes de estudiar este aspecto psicológico del tema, conviene que veamos cuáles son las leyes principales del arte narrativo.
Leyes de la Narración


Según Hamlet. la unidad y el movimiento son las leyes fundamentales de la narración de las que se derivan todas las demás: La unidad de la narración se consigue con la squeda del punto de vista, es decir, el centro de interés de las ideas y de los hechos. Al igual que en la descripcn, el punto de vista nos servirá de guía para seleccionar ideas: Las útiles, serán conservadas; las  inútiles, rechazadas. Esta es, en esencia, la ley de la utilidad.
Unas veces, el centro de interés de la narración se el personaje; otras, lo será la  acción  central;  en  ocasiones  atraenuestra atención un objeto del mundo material; otras veces, será un problema moral el nudo fundamental de la narración.
Los detalles útiles, es decir, conformes con el punto de vista, hab que buscarlos entre los elementos de la narración; este es el trabajo que los autores llaman invención o búsqueda de ideas. No se olvide que una narración consta de actores, accn, circunstancias de lugar y tiempo, causas o móviles de los hechos, modo o manera de ejecucn, resultado y juicio (Implícito o explícito) de tales hechos.
Pero la narración no es una construcción fija, sino algo que se mueve, que     camina,     que     se     desarrolla    y transforma. Este movimiento progresivo está regulado por la ley del interés. Porque narrar es contar una cosa (Un hecho o un suceso) con habilidad, de tal modo que se mantenga constantemente la atención del lector. Ahora bien, ¿Cómo se logra el interés?, ¿Cómo se mantiene la atencn? He aquí un pequeño "intríngulis" que descansa en tres principios fundamentales: Arrancar bien, no explicar demasiado y terminar... sin terminar rotundamente.
   Arrancar bien significa que el principio
el buen comienzo es esencial en toda narración. Evítense los principios blandos, explicativos, lentos... Búsquese, desde la primera línea, un hecho, una idea, una escen  u dato   significativos que atraigan la atención del lector,• No explicar demasiado, porque una narración no debe confundirse nunca con la informacn. En el reportaje  informativo se debe descubrir todo: En la narración – según Shokel– hay que "descubrir a medias un objeto nuevo". Nlo descubramos del todo porque muere la curiosidad. Narrar, pues, no es explicar, sino sugerir, es decir, explicar a medias para que el lector colabore con el autor en la comprensión de la tesis que se le muestra en el relato. Terminar sin terminar rotundamente; es decir, que la buena narración no debe tener un final definitivo, seco, matemático. Es más bello, más artístico, el final indeterminado, impreciso, un tanto vago. En nuestra vida nada acaba de golpe y porrazo: Todos los episodios de nuestra existencia acaban sin acabar, y en ocasiones, esos finales son el principio de otro episodio. La vida, en suma, es una cadena, cuyos episodios o trances, son a modo de eslabones. Ni siquiera la muerte es un final definitivo. Además, conviene dejar al lector un tanto en suspenso para que él, con su imaginacn, colabore con el autor en la construcción definitiva del final inconcluso.
Ejemplo de final inacabado:
De La mujer de otro, de Dostoievski: El protagonista, marido celoso, vuelve a su casa a hora avanzada de la noche. Su mujer, en contra de lo que él esperaba, está  en  la  casa,  acostada  ya.  El  buen hombre, sudoroso, echa mano al pañuelo: Pero, al sacarlo del bolsillo, sale también el cadáver de un perrillo faldero, muerto durante las aventuras nocturnas de este infeliz Otelo:
¿Qué  es  eso?  gritó  su  mujer ¡Un perro muerto! ¡Dios Santo!¿De dónde lo has sacado?... ¿Qué has hecho? ¿Dónde has estado?¿De dónde vienes? ¡Dime en seguida de dónde vienes!¡Vida mía! balbuc Ivan Andrevitch, ¡Amor mío!..Pero dejemos en este punto a nuestro héroe... Algún día reanudaremos y daremos cima al relato de sus desventuras. Pero convendrán ustedes, queridos lectores, en que los celos son una pasión imperdonable;  más aún: Una desgracia, una verdadera desdicha...
Maestro indiscutible en el arte de terminar es también Antón Chejov. Señalamos aquí, como finales ejemplares, los de sus novelas cortas: Lonitch. Una historia anónima y La dama del perrito.
He aquí los párrafos finales de La dama del perrito, de Antón Chejov:


El amor de Anna Sergueevna y el suyo eran semejantes al de dos seres cercanos, al de familiares, al de marido y mujer, al de dos entrañables amigos. Parecíales que la suerte misma les había destinado el uno al otro, resultándoles incomprensible que él pudiera estar casado y ella casada. Eran como el macho y la hembra de esos pájaros errabundos a los que, una vez apresados,  se  obliga  a  vivir  en  distinta jaula. Uno y otro se habían perdonado cuanto de vergonzoso hubiera en su pasado, se perdonaban todo en el presente y se sentían ambos transformados por su amor. Antes, en momentos de tristeza, intentaba tranquilizarse con cuantas reflexiones le pasaban por la cabeza. Ahora no hacía estas reflexiones. Lleno de compasión, quería ser sincero y cariñoso. ¡Basta ya, pobre mía! le decía a ella. ¡Ya has llorado bastante! ¡Hablemos ahora y veamos si se nos ocurre alguna idea!... Después invertían largo rato en  discutir, en consultarse sobre la manera de liberarse de aquella indispensabilidad de engañar, de esconderse, de vivir en distintas   ciudades    d pasar   largas temporadas sin verse..."¿Cómo  liberarse, en efecto, de can insoportables tormentos?... ¿Cómo?... se preguntaba él, cogiéndose la cabeza entre las manos– ¿Cómo?..."Y les parecía que pasado algún tiempo      más,      la      solución      podría encontrarse... Que empezaría entonces una nueva vida maravillosa... Ambos veían, sin embargo, claramente, que el final estaba todavía muy lejos y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.



La ley del interés, cuyos recovecos vamos descubriendo, encierra otro problema: El de la curiosidad. Y para despertar la curiosidad del lector, es preciso que haya novedad.
Pero ¿Qué es lo nuevo?
Lo nuevo, en la narración, no es, como en la informacn, lo noticioso, sino lo humano. Lo nuevo es lo fuerte, lo vigoroso. No depende, pues, la novedad del argumento, sino de cómo y cuánto se cale en dicho argumento. Lo nuevo es el enfoque personal sincero y original de un hecho o de una idea. Los argumentos posibles de una narración son limitados.
Lo ilimitado es la dimensión humana de tales hechos. Es preciso convertir lo individual, en general; lo local, en universal. Sólo así, el relato de algo que no me ha sucedido a mí, podré sentirlo como algo mío, a lo que yo  asisto y cuyo desarrollo me interesa.
Al   referirs al       interés   humano dice González Ruiz que dicho interés reside "en la comprensión de los hechos en relación con los tipos de manera que todos sintamos, al leer, ese estremecimiento que nos produce el toque directo en un fondo común de humanidad. Sucesos trágicos o pequeños episodios apacibles tienen interés humano, pero este procederá siempre de la lógica interna de la acción narradora, en la cual veamos al hombre enfrentarse con los problemas que a todos nos agitan en nuestro pequeño vivir diario".
"Si logramos hacer verdaderamente real el objeto dice Shokel, tenemos esperanzas de novedad, porque todo lo real es individual y, por lo tanto, nuevo, distinto de todo lo demás. El argumento descarnado: "Se enamoran, tienen dificultades, se casan", es cosa viejísima... Pero el enamoramiento de estos dos individuos concretos, en su ambiente concreto, su época concreta, etc., es singular, tiene valode novedad al menos posibilidad de tal valor".
En suma y volviendo a repetir, lo nuevo es lo humano, si el que narra sabe calar en el fondo y sacar a relucir lo que de "novedoso" late siempre en todo lo que acontece a los hombres.
Ejemplo:
Un hombre pescando a la orilla de un río, como acontecimiento humano, es un hecho trivial, corriente. Sin embargo, si yo sé acercarme espiritualmente a ese pescador, si acierto a bucear en su alma, puedo descubrir algo nuevo. Y ese detalle nuevo puede estar en el modo peculiar de pescar que tiene ese hombre, en sus gestos, en lo que haga o diga:
Su aspecto es triste. Lanza el anzuelo al
agua con gesto cansado, infinitamente cansado, como si ya no pudiera hacer otra cosa en el mundo. Sus manos, huesudas y delgadas, tiemblan ligeramente con el propio temblor de la caña. Sus ojos diríase que no miran, están como hipnotizados por el agua. Y allí, en la superficie tersa de este remanso del río, se refleja un rostro de hombre de unos cuarenta años: Los ojos hundidos en las cuencas, marcadas arrugas y un poco prematuramente canoso... Este hombre no está pendiente de los peces, no parece estar pescando, sino dejándose llevar por la pesca... Estoy a unos metros de él y no se ha dado cuenta de mi presencia, tan absorto está, tan ensimismado, tan apartado de todo... Me acerco y toso ligeramente para despertarlo de su letargo. Al toser yo, el pescador se ha revuelto rápidamente, como si lo hubieran sorprendido cometiendo una acción punible. Me mira fijamente como    reprochándome    esta intromisión en su soledad... No cómo dirigirme a él y lo se me ocurre la consabida frase:¿Qué?... ¿Pican? Y entonces él, con una mirada dura, acerada (Tiene los ojos grises); una mirada en la que se mezclan la dureza y el sarcasmo, me contesta:Mal pueden picar..., el hilo no tiene anzuelo... Etcétera, etcétera...
He aquí lo que podría ser un relato interesante. Lo nuevo no consiste sólo en que este hombre intente pescar sin anzuelo. Lo que interesa saber es "por qué" lo hace así. De mí acierto en responder a esta pregunta dependerá el interés de la narración.


Escribimos para que se nos lea. Y se nos lee si conseguimos ganarnos, atraer la atención del lector.
Los psicólogos según recuerda Schoeckel– suelen señalar como cualidades de la atencn: La intensidad, la extensión o número de objetos abarcados y la constancia o duracn.
La extensión es limitada; es decir, que si atendemos  a  muchos   objetos,  no   nos concentramos suficientemente en ninguno. Lo cual, aplicado a la narracn, quiere decir que no se deben multiplicar los elementos de una escena ni las incidencias de la accn. "La acción tiene que ser una desde el principio al fin, y una en cada escena. Lo contrario es dispersar la atencn, es decir, disminuirla, y amenguar el interés".
Lo         dicho     podría      resumirse      en     el siguiente  principio  físico,  aplicable  a  lo literario: Lo que se gana en extensión, se pierde en intensidad.
Complemento de la anterior, es la regla siguiente: La constancia es inversa a la intensidad. Si la atención es muy intensa tiende a relajarse. Lo que significa que no conviene abusar de la excitación intensa, sino alternarla con momentos más suaves.
También  se  relaja  la  atención  si  versa sobre un mismo objeto. Por ello, conviene ir variando la acción única en escenas, incidentes, episodios.

"Un cielo siempre despejado cansaría dice Guyau; hacen falta nubes. De las nubes provienen los innumerables tintes, las infinitas coloraciones del cielo; sin el prisma de la nube,  ¿Qué sería un crepúsculo, un amanecer? La sombra es, pues, una amiga de la luz".
En resumen, la atención se regula según los tres principios siguientes: Extensión limitada, intensidad modulada y objeto variado.



"La narración viva y verdadera dice Hanlet saca su interés, su  movimiento, de la realidad, es decir, del recuerdo de unos hechos directamente observados: Es la ley de la verdad"
Este principio conviene comprenderlo en su exacto sentido. La ley de la verdad, bien entendida, no significa que la verdadera narración tenga que ser una reproduccn, lo más exacta posible, de la realidad. El realismo puro es el de la cinta magnetofónica: En arte no se da nunca. Nadie copia la realidad exactamente, sino que todos la interpretamos, cada uno a nuestro  modo  o  manera,  según  nuestra personal "estimativa". Ni siquiera el documental cinematográfico es realismo puro; lo que tales documentales nos ofrecen, por muy fieles a la realidad que sean, siempre esta limitado por el enfoque personal del "cameraman".
La famosa actriz de la Comedia Francesa. Raquel, allá por el año de 1843, escribió la siguiente frase en el álbum del escritor danés H. C. Andersen: "El arte es la verdad. Espero que este aforismo no parecerá paradójico a un escritor tan distinguido como el señor Andersen".
Pero ¿Qué es la Verdad en arte?... Sencillamente: Nuestra verdad (Ahora con minúscula), nuestro modo especial y específico de enfocar el mundo y la vida, es  decir,  la  verdad  subjetiva.  La  verdad objetiva pertenece al mundo de la Ciencia, no al del Arte.
El principio enunciado quiere decir que
no se debe escribir sobre temas, ideas, asuntos, hechos, paisajes o personas que no se conozcan personalmente. Esta es la realidad que hay que respetar. Es lo que los filósofos llaman "la vivencia". Tener vivencia de algo es requisito esencial para escribir sobre ese "algo".
Narrar, en suma, es evocar lo conocido, aquello de que tenemos experiencia propia. Incluso los más fantásticos relatos tienen que apoyarse en esa ley de la verdad, sostén y cimiento de los mismos.
No obstante lo dicho, podemos vernos en la situación de tener que narrar un suceso  del  que  no  hemos  sido  testigos presenciales. En este caso, lo mejor es contar el asunto tal y como nos lo hayan narrado quienes lo vivieron y lo vieron. Como ayuda, la imaginación puede servirnos, siempre que tengamos en cuenta situaciones análogas a la narrada.
Un ejemplo: Se nos plantea el caso de narrar lo que ha sucedido  a  una  señora que, al subir al autos y al arrancar este súbitamente, quedó apresada por la puerta automática, con el consiguiente alboroto y protestas de los demás viajeros del autobús.
Aunque no hayamos sido testigos presenciales de tal escena podemos narrarla con visos de realidad, siempre que hayamos presenciado alguna vez, en el  autobús,  estos  repentinos  arranques con el consiguiente bamboleo de los viajeros.
La ley de la verosimilitud, según Hanlet, se expresa así: "No basta con que los hechos sean verdaderos, es preciso que lo parezcan para ser bien comprendidos: Hay que presentarlos como verosímiles, indicando causas y motivos de las acciones y el modo como tales hechos se han producido".
Lo verosímil, en esencia, es lo que impresiona por su verdad aunque no haya sucedido nunca. O como dice el conocido adagio italiano: non é vero é ben trovato.
Cuando una narración no responde a estos principios de verdad y verosimilitud, se dice que es falsa. Pero la falsedad no depende ni está en relación directa con la exactitud realista. Un relato puede ser de una exactitud ejemplar y, sin embargo, sonar a falso. Se cae en falsedad porque no se vio el hecho narrado, es decir, porque no se comprend su íntima y esencial realidad.
Tampoco  quiere  decir  la  verosimilitud que, para convencer al lector, sea preciso razonar los hechos como lo haría un filósofo: Basta con presentarlos de tal modo que el lector asista a tales hechos como espectador convencido de su verdad, por muy fantásticos que tales relatos sean. Un ejemplo: Las narraciones de Edgar Allan Poe.
He aquí, finalmente, lo que, al referirse a  la  verosimilitud,  decía Quintiliano:  "En primer lugar, tenemos que interrogarnos atentamente a nosotros mismos para no decir nada que no esté de acuerdo con lo natural; después hay que dar causas y antecedentes, no de todos los hechos, sino de los importantes. Finalmente, hay que poner a los personajes y su carácter en armonía con los acontecimientos, hacer que concuerden con el lugar, tiempo y otras circunstancias semejantes".




"Lo que suele llamarse inverosimilitud, no es un inconveniente en el género novela. Basta con que haya congruencia. La verosimilitud estética es la congruencia interna del macrocosmos creado por el autor, no la coincidencia del libro con el detalle del mundo que hay fuera". (José Ortega y Gasset. Notas sobre "El obispo leproso", de Gabriel Miró.)"Las almas de la novela no tienen para qué ser como las reales; basta con que sean posibles". (J. Ortega y Gasset. "Espíritu de la letra".)"Ningún drama puede empezar a vivir en mi espíritu, si no lo sitúo en los sitios en que he vivido siempre.""¿Por qué condenarse a la descripción de un medio que se conoce mal?... Que cada uno explote su campo, por pequeño que sea, sin buscar la evasión"."Cada vez que en un libro describimos un suceso tal como lo observamos en la vida, entonces, casi siempre, es cuando la crítica y el público lo juzgan inverosímil e imposible. Lo que demuestra que la lógica humana que regula el destino de los héroes de la novela apenas si tiene que ver con las leyes oscuras de la verdadera vida..." (Francois Mauriac. "Le romancier et ses personnages")"Antes de escribir un cuento, se debe prestar el juramento sagrado de no escribir sobre personajes o lugares       que       no       se       conozcan perfectamente."De todos mis mil cuentos, no escribí ni uno realmente cierto..., pero tampoco escribí nunca sobre una persona o lugar que no Hubiera quedado impreso en mi memoria por mi propio conocimiento y observacn". (Consejos que da Jack Stait, según artículos publicados en la revista Meridianos, de Madrid, en febrero de 1947.)"En todo caso, más vale elegir cosas naturalmente imposibles, con tal que parezcan verosímiles, que no las posibles, parecen increíbles". (Aristóteles. "El arte poética", cap. IV).