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viernes, 12 de abril de 2013

La Taxidermista, novela del escritor Quibian Castillo



Ubaldo Rosario Taveras

Leyendo la novela “La Taxidermista” del escritor Quibian Castillo, descubrí una verdad que se encuentra reposando en todos los subconscientes de la humanidad de ésta época. Y es que Hollywood nos está educando a través de sus empresas de sueños. Al leer la obra de Castillo conocí un término que inconscientemente conocía su significado, pero no el nombre, me explico. La película “El silencio de los Inocentes”, dirigida por Jonathan Demme y protagonizada por Jodie Foster y Anthony Hopkins, trata sobre un enfermo mental que secuestra jovencitas y le quita la piel con el único objetivo de confesional una vestimenta para sí. A través de este film se encuentra un diccionario hollywoodense, que define el concepto “Taxidermista”.

La película, ganadora de varios Oscar, nos  informó que utilizar la piel de un ser vivo y colocarla en un muñeco o un maniquí, para que tenga el aspecto de un ser real, es lo se conoce como: Taxidermia. Es posible que muchos conocieran este término, y solo yo lo ignorara, y por esta razón ahora leyendo la novela de Quibian Castillo, es que comprenda mejor la historia de la Película “El silencio de los inocentes”.


Tomando en cuenta si la educación o los conocimientos que nos trasmiten las películas son dirigidas con un fin o no, es decir con un mensaje sublime, oculto y que nos sugieren ideas, ideas que los cinéfilos defenderán de manera inconsciente, lo importante es que aprecio leer los libros más que ver las historias en las pantallas grandes o pequeñas.

Visto que el cine siempre se ha auxiliado de la literatura para producir sus filme, el gran reto que tenemos los escritores del siglo XXI, es de escribir historias que no se parezcan a los guiones cinematográficos (a las películas), sino que sean narraciones donde las historias, es decir, la literatura se parezca más a la literatura. No es  un juego de palabras, tenemos que lograr que la literatura sea un arte tan complejo que el cine no pueda reproducirlo y al mismo tiempo tan simple que el lector comprenda y disfrute la obra que está leyendo.

   Y esto lo ha logrado el escritor Quibian Castillo en su novela “La Taxidermista”, donde un pintor que pinta cuadros solo por el hecho de pintarlo, es decir, por el hecho  simple de hacer arte. Como dijo una vez en una entrevista José Lezama Lima: “Conocí un poeta que escribía poesía en papel de cigarrillos y luego se le fumaba y respondía, lo importante es crearlo”. Pues con esta misma concepción de hacer arte por el arte, el pintor pinta cuadros y luego lo incinera. Hasta que un día cualquiera conoce una mujer que le suplica al pintor que la pinte desnuda. Una joven  hermosa y con un oficio desconocido para aquellos que no visitan los grandes museos: Taxidermista.

Conociendo el argumento de la película de “El silencio de los Inocentes”, ya el lector va compaginando la imaginación sobre las perversiones que ésta mujer tiene, por la razón de tener un oficio poco común en la vida de los seres humanos, la de quitarle la piel a un ser vivo para colocarla en un maniquí o un muñeco. El pintor que tuvo que reconocer que ser taxidermista también es ser un artista, pues éste transforma a un muñeco y le da la apariencia como si fuera el mismo animal que estuviera momificado, pero solo los taxidermista conocen la verdad.

Se enamoran y transcurre la historia. Nosotros los lectores en cambio esperamos que aparezcan los asesinatos, especialmente la madre de la mujer, que ella tanto odia. Que la mate con la única razón de hacer arte. Hay un pasado atroz que no voy a contar. Solo que como lector  espero de los enamorados (porque vamos construyendo nuestra historia paralela en el proceso de lectura),  una caricia o un simple beso. Camino a Paris, estos dos personajes que quieren visitar el Museo de Ovre, duermen juntos pero no se tocan. Una historia rara, dos amantes que se aman, se encuentran en la misma habitación desnudos y no hacen el amor. Es extraño, pensamos que ella se ha injertado alguna piel y por esa razón no deja que la toquen. Según va avanzando la historia, el lector reconstruye otra tratando de darle o adivinar el final de la novela de Castillo. Pero no, nada tiene que ver con las historia de Hollywood. Es una historia meramente literaria, escrita para un lector no para un cinéfilo. Es una historia que está haciendo arte pero un arte simple para el lector y difícil para el cine. Con un esquema narrativo diferente donde no existe el guión para determinar los diálogos y con tan solo leer se reconoce quien habla. Saramago sustituye el Guión por una Coma para determinar el dialogo. Quibian Castillo va más allá, no usa ni guión ni coma, ni otro recurso para señalar donde hay un dialogo. Simplemente se diferencia el habla de los personajes del habla del narrador. Tiene este escritor una prosa limpia, sin ripios, y de vez en cuando llena de poesía. Lograr esto, es hacer arte, es hacer literatura. Pues casi no se cuenta nada en la novela sino el mundo interior tanto del pintor como de la taxidermista. Cita:


 Tomó el pincel. Se pintó ambos pezones con el color azul de Prusia. Luego, sopla suave mi cuello. Me estremecí, como un árbol cuando el viento fuerte balancea y caen al suelo los frutos. Dejó deslizar el pincel de su delicada mano. La veía ahí, tan cerca de mí, desnudos los dos, mirándonos, tan ciego, sin el mínimo intento de un mágico movimiento fingido o no, por los amantes. ¿Sería que ambos estamos sufriendo de la misma raquítica enfermedad, del desamor? Murmuré para mí, como quien traga una nube de humo. Vámonos, me dijo, con ese intríngulis que estruja las entrañas, pero no estrangula. Dio media vuelta, y antes de dar cincos pasos, la paleta y los pinceles cayeron al piso. Nunca me había sucedido algo similar. El ritmo precipitado de los músculos cardiacos late dentro de mi caja torácica como vieja locomotora y el sudor corre como lágrimas sobre aceite, producto de esta mujer. Le juro, me turbaba los sentidos, igual o pero que Gala a Dalí. Si deseara, en este instante me acercaría a ella, la sedujera y nos metiéramos en la cama o aquí mismo en el estudio o el patio;  pero una cosa trae la otra, y la otra, a otras.

Un cineasta podrá rodar la escena de este párrafo que ha sido citado, pero no podrá aprehender, es decir, tomar la esencia que se ha narrado. Las cámaras no pueden catar el conocimiento silencioso que está detrás de la escritura. Y eso es hacer literatura. Cuando leemos a Quibian Castillo reconocemos que en su novela hay un poder escondido que jamás el cine podrá capturar, porque las emociones y la travesuras de los personajes tiene cierta relación de complicidad con el lector, situación que nunca ocurrirá en el cine, porque las emociones de los personajes son las mismas emociones del lector y cuando un escritor logra que un lector crea esa hipótesis, es porque está haciendo literatura.

   No debemos tener como fuente al cine aunque el éste se auxilie de la literatura para rodar sus películas. Los escritores no debemos auxiliarnos al séptimo arte a excepción que sea para reproducir una que otra técnica narrativa que la literatura no haya plasmado. Y esto es lo que he encontrado en la novela de Castillo, una historia única que nada tiene que ver con aquellas que nos presenta Hollywood

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Juan Bosch: Carta a Gabriel García Márquez



Mí querido Gabriel García Márquez:

Aunque usted lo sabe tanto como yo, quiero recordarle que nuestra querida Carmen Balcells estuvo aquí unos días allí por el mes de marzo (o tal vez está equivocado y fue en abril); que nos vimos varias veces; que estuvo comiendo con Doña Carmen y conmigo en casa; que hasta anduvimos juntos por la ciudad, si bien un trecho corto porque a mí me sobran las obligaciones y me falta el tiempo; y sin embargo no me mencionó ni por asomo. La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Hágase cargo, pues, de mi sorpresa cuando a mediados de mayo recibí, enviado por Carmen Balcells, ese libro alucinante, para cuya lectura no estaba preparado en absoluto porque ignoraba completamente su existencia.

Aun tratándose de personas hechas a analizar con rapidez las impresiones que reciben, como es mi caso, se necesita tiempo para asimilar la lectura de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira. Mi mujer refiere que después de leerla estuvo ocho días en que se sentía caminar por el aire, cruzando por entre árboles y viendo a la gente desde una perspectiva inusitada, o creía que andaba bajo las aguas, pisando el fondo de la mar y constantemente rodeada de peces multicolores que la miraban con asombro.

Todo lo que acabo de decir le explicará por qué he tardado un mes y medio en acusar recibo de su último libro, pero lo cierto y verdadero, como usa decir el pueblo dominicano, es que no le escribo para decirle eso, que en fin de cuentas se relaciona con Carmen Balcells, o con Carmen Bosch, o conmigo o con Eréndira y su historia, y no con usted; y es de usted de quien quiero hablar en esta carta, si bien quiero hacerlo a causa de que usted inventó a Eréndira y escribió su triste historia. Yo no sé si la generación suya ha leído Eça de Queiroz; y no lo sé porque a pesar de la altísima categoría de su obra, Eça de Queiroz está pasando desde hace muchos años por un inexplicable período de olvido. Pero mi generación leyó al gran novelista portugués, y entre las muchas páginas extraordinarias que él escribió está aquella versión suya de Ulises Odiseo en la que Eça de Queiroz planteó la tesis de que el que aspira a la perfección aspira al mal supremo. Por qué? Es acaso porque la perfección está llamada a ser tan sólo una aspiración, y no una realización del género humano, dado que su realización es un privilegio e los dioses y no una posibilidad del hombre?
 
No lo sé ni trato de saberlo. Lo que sí es que cuando escribía cuentos aspiré a producir el cuento perfecto, y debido a que me esforcé en conseguirlo y no pude tengo sabido qué se siente cuando se padece esa ambición; de manera que comprendí muy bien a Queiroz cuando puso en boca de Ulises estas palabras, dirigidas a la ninfa Calipso, reina de la isla Ogigia: "El mal supremo, oh diosa, está en la suprema perfección". Ulises Odiseo decía que en Ogigia todo era perfecto, pero él, que era un sabio de la vida, no de los libros, sabía que la perfección no era un bien, y quería salir de Ogigia, cuyo aire mantenía a Calipso perpetuamente joven, en cuya tierra jamás se marchitaba una flor ni los bueyes se atascaban en el lodo y en cuyo cielo las nubes nunca se arremolinaban para formar la tempestad; donde todo, en fin, era perfecto. "Quiero irme de aquí", decía el astuto personaje de Hornero; "quiero llegar a mi casa de Itaca, tropezar con la alfombra de la cocina, caerme y gritarle a mi mujer: Penélope condenada, tú eres la culpable...". Y Eça de Queiroz no andaba descaminado cuando inventó ese Ulises, porque los pueblos griegos sabían que aquel que lograba hacer lo perfecto debía, por lo menos, perderse para siempre de la vista de los hombres. Eso es lo que explica la desaparición de Licurgo y de Solón, que alcanzaron a elaborar la legislación perfecta para los grupos sociales que dominaban en sus días la vida de Esparta y de Atenas. El que alcanzaba la perfección no podía seguir viviendo entre los demás mortales, porque el hombre común no puede ni siquiera tocar las lindes de lo perfecto, y hacerlo convivir con el que logra lo perfecto, mantener a su lado al que ha llegado adonde él no puede llegar equivale a someterlo a una forma de crueldad demasiado refinada, y por lo mismo, repugnantemente perversa. El vecindario de aquel que obtiene la perfección debe ser el de los dioses.

Que ellos sean sus amigos, los que se sienten a su mesa y sus contertulios en las horas de la noche. Ahora bien, si no está a mano el lugar donde se congregan los dioses, entonces que se separe de los mortales a la distancia necesaria para que éstos no acierten a darse cuenta de que su cuerpo genera olor de sudor, de que su carne tiene que ser sostenida viva con alimentos iguales a los que engulle la gente común; de que ronca cuando duerme y de que de vez en cuando le grita a su mujer: "Penélope condenada, tú eres la culpable".

No le pido a usted que se interne en las selvas del Caquetá; pero después de haber escrito La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada, qué hace usted, Gabriel García Márquez, viviendo entre los hombres comunes? O es que todavía no alcanza usted a darse cuenta de lo que hizo al inventar a Eréndira y al escribir su historia "increíble y triste".

Reciba usted el mejor saludo de su amigo Juan Bosch
Santo Domingo,
3 de julio de 1972.

sábado, 1 de diciembre de 2012

EL CUENTO QUE CONTAMOS


Facilitador: Máximo Vega
Fuente: maximovega.blogspot.com

“Entre las personas que se dedican a la crítica y a la literatura en general, es muy común la opinión de que el cuento es el más difícil de los géneros literarios. Sin embargo, los que escribimos cuentos no compartimos en forma unánime ese criterio”. Estas palabras las escribió don Virgilio Díaz Grullón en el año 1984.
   A lo que se refería don Virgilio en este artículo publicado en el periódico El Nacional hace tantos años, era a que un buen cuento depende de un buen escritor, y que lo difícil realmente es hallar un buen cuentista. El arte, en este caso la Literatura, se resiste a toda clase de preceptiva. Todo intento de sistematizarla es inútil. El lector, el gran olvidado, es quien tiene la última palabra. Ni el crítico, que es un lector interesado y prejuiciado debido a su excesivo conocimiento y a su voluntad de juzgar, ni el analista, ni el investigador. Es decir, en el caso del cuento y continuando con don Virgilio, a un cuentista nato le resulta fácil escribir un cuento, así como a un gran poeta le resulta más o menos fácil escribir un poema. Para los fines de este coloquio, podríamos entonces afirmar que es imposible aprender el talento o la intuición, o lo que cualquier maestro del género llamaría el olfato, el pálpito, pero sí es posible aprender una técnica, una artesanía, y esa técnica servirá tanto al cuentista talentoso como a aquél que sólo redactará obras ligeras que lo harán felices a él y a sus amigos, aunque sus amigos sean millones de personas que crean que están leyendo algo importante, pero que, de alguna manera, podríamos decir que se encuentran bien redactadas.
   Un cuento es, más que otra cosa, movimiento. Bueno, antes que nada es un género literario de ficción escrito en prosa, que debe ser breve y conciso, etc., etc., pero un cuento está basado en el movimiento, en el acontecer. Su capacidad de llamar la atención se basa en ese movimiento, en que aquello que está escrito se mantenga moviéndose, fluyendo, desde el principio hasta el final, lo cual significa que en un cuento deben suceder cosas desde que empieza hasta que termina. Este movimiento viene dado, por supuesto, debido a que la vida misma es así, lineal y vertiginosa, y un cuento debe dar una sensación de vitalidad. Un cuento debe ser breve, y con breve no quiero decir que debe tener dos o tres páginas, o cuatro, sino que su brevedad debe estar dada por la concisión, por la escasez de los recursos con que está escrito, y no al contrario. “Continuidad de los Parques”, el famosísimo cuento de Cortázar, tiene apenas dos cuartillas, pero “La Muerte de Iván Ilich”, de Tolstoi, tiene más de cincuenta. Ambos son cuentos, por supuesto, pero “La Muerte de Iván Ilich” es un cuento más amplio debido a que la historia lo requiere. No se puede contar la agonía y la muerte de un hombre mediocre que no desea morir en dos o tres páginas, así como Cortázar no tenía la necesidad de contar la historia de un hombre que lee una novela en más de cincuenta. “Una Vuelta de Tuerca”, de Henry James, es un cuento largo, pero es una narración que empieza como una historia oral, es decir, un cuento que es narrado por alguien que desea contar una historia una noche brumosa alrededor de una chimenea, y sin embargo, a pesar de su considerable tamaño, recorre su camino certero hasta su final sorpresivo y extraordinario, como la flecha lanzada por Quiroga en su famoso Decálogo del Perfecto Cuentista.
   ¿Qué significa que un cuento debe mantenerse siempre en movimiento? Quiere decir que debe empezar con una acción y terminar con otra, con un suceso. El enemigo principal del cuento es el tiempo, así como el tiempo puede cesar nuestra vida y detenernos. La vida se encuentra hecha de tiempo, de movimiento, y un cuento debe parecer lleno de vida; es conciso y breve, porque la extensión desmedida detiene su camino y provoca una sensación de laxitud, de lentitud reflexiva que provoca desinterés. Pero no significa, de ninguna manera, que debamos ser específicamente esquemáticos. Mis cuentos, por ejemplo, en ese sentido son atípicos: se aprende una artesanía para comenzar a transgredirla.  Un cuento debe empezar con una acción, pero, ¿quién determina qué tipo de acción debe ser? ¿Será extraordinaria, sorprendente, nula, cotidiana; cómo debería ser? Bueno, precisamente, eso debe decidirlo el escritor, sin dejar de pensar en un lector posible, en aquél que él quisiera que leyera su historia. La Bhagavad Gita, uno de los libros sagrados que componen Los Vedas, que se ha coincidido siempre en que son precursores de lo que hoy llamamos “cuento”, empieza con una pregunta, y todo el libro intenta responderse esa sola pregunta, a través de pequeñas historias; “Una Vuelta de Tuerca” tiene dos principios: el principio del libro, que es el de un hombre que va a contar un cuento de misterio, y que trata de atraer el interés de sus oyentes, y el principio del cuento de misterio que ese hombre está contando. Yo mismo tengo un cuento que tiene dos principios y dos títulos, puesto que el cuento empieza con la explicación de que la historia que se leerá se parece mucho al cuento de Juan Bosch “Rumbo al Puerto de Origen” (el primer título es “Rosario, El Infame”), y luego se llega al título y al cuento que ya he explicado que se parece al de Bosch (“El Otro Juan de la Paz”, lo nombré).
   Aprovechando la coyuntura, podemos hacer un ejercicio simple y realizar un breve recorrido a través de varios principios de algunos cuentos de autores reconocidos, para que se note más claramente lo que estoy indicando. Al mismo tiempo, podemos examinar el estilo de cada autor, la forma en la que cuenta:

De “El Otro Cielo”, de Cortázar:
“Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra”.

De “El Sur”, de Borges:
“El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino”.

De “Un Sueño Realizado”, de Juan Carlos Onetti:
“La broma la había inventado Blanes; venía a mi despacho –en los tiempos en que yo tenía despacho, y al café, cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo- y, parado sobre la alfombra, con un puño apoyado en el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la camisa con un broche de oro y aquella cabeza –cuadrada, afeitada, con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban en seguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener-, aquella cabeza sin una sola partícula superflua, alzada contra la pared cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca: “Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet”.

De “Eveline”, de James Joyce:
“Sentada a la ventana vio cómo la noche invadía la avenida”.

De “Sábado de Gloria”, de Mario Benedetti:
“Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia”.

De “La Punta” de Charles D'Ambrosio:
“Me había quedado despierto después de mi pesadilla, una pesadilla en la que mi padre y yo comprábamos globos de helio en un circo”.
Etc., etc.

   El principio puede ser poético y contemplativo, como lo es el cuento de James Joyce, largo y vertiginoso, lleno de incisos, como en el de Onetti, reflexivo y que parece no decir nada, como en el de Cortázar, impactante, contradictorio, como en el de Charles D'Ambrosio, extraño y corto, casi absurdo, como el de Benedetti. ¿Qué significa esto? Que yo puedo empezar mi cuento de cualquier forma, siempre y cuando ese principio posible implique un movimiento, un fluir, que dé el tono del cuento y que debe permanecer hasta el final. Cada gran autor cuenta de forma diferente. ¿Cómo son los cuentos de Chejov?, son historias ordinarias en las cuales los personajes recorren sin aspavientos sus vidas mediocres, sus cotidianidades; ¿cómo son los de Bioy Casares, o los de Borges?, son cuentos fantásticos en los cuales suceden hechos extraordinarios, inusuales, artificiales; ¿cómo son los de Edgar Allan Poe?, son historias extraordinarias en las que a veces intervienen fuerzas metafísicas, sobrenaturales. Todos ellos cuentan cosas disímiles, algunas comunes, cotidianas, mediocres; otras extraordinarias, fantásticas, sobrenaturales; algunas bellas y poéticas, otras terribles, atroces, desconcertantes. Pero todos ellos son grandes cuentistas.
   Ahora bien, debemos tomar en cuenta además que un cuento es un hecho producido por el lenguaje. Aunque proyecte la ilusión de vitalidad, lo que leemos son palabras; José Donoso va más lejos y le advierte a su lector que el libro que tiene entre sus manos está hecho de manchas de tinta sobre un papel. Es decir: el conocimiento profundo del lenguaje nos hará mejores escritores, puesto que el medio a través del cual el narrador cuenta sus historias es el idioma. Un narrador no es como un poeta, que piensa en el lenguaje en sí mismo para crear; es decir, para un poeta las palabras son como flores que debe plantar para llenar su jardín, o árboles que, juntos a tal o cual distancia, conformarán un bosque. El narrador piensa en una historia, y construye su historia con palabras. Cuando el poeta trata de escribir su poema, piensa en las palabras que conformarán el poema; no piensa en el tema, ni se detiene siquiera en el objeto que provocará su catarsis verbal; debe pensar en las palabras que edificarán su poesía. El narrador lo hace al contrario: empieza por inventar, crear una historia en su cabeza, independientemente de cómo será contada, y luego, cuando cree que esa historia necesita ser dicha, se sienta a escribir, y entonces brotan, prácticamente por sí mismas, las palabras. El problema es, como nos dice Umberto Eco, que un narrador debe contar una historia, y a veces la historia en sí misma es más importante que la forma en que está contada, como sucede con Alejandro Dumas, Julio Verne o H. G. Wells. Aunque, al final, el medio en el que se mueve el narrador siempre es el lenguaje, y por lo tanto debe conocerlo profundamente.
   Entonces tenemos ya varias características del cuento que repiten hasta la saciedad los maestros del género, y que ha sido escrito en anteriores manuales, ensayos, tratados y decálogos: un cuento debe ser tan breve como lo requiera mi historia; debe ser conciso, sin adornos, perífrasis, accesorios, descripciones, reflexiones innecesarias; debido a que un cuento es un género literario, debe estar escrito con un lenguaje impecable, gramaticalmente exacto, sintácticamente perfecto, o por lo menos hasta el límite en que la capacidad del escritor o la imperfección propia de todo lenguaje nos lo permita.
   Entonces, ya al final, nos detendremos brevemente en la última virtud que debe tener todo cuento, y que lamentablemente no se encuentra dada por la preceptiva, porque no depende de la técnica. Esa cualidad tiene que ver con la capacidad expresiva del autor, es decir, la necesidad del escritor de expresarse a través del lenguaje, a través de él como si penetráramos en un fluido, en el aire o el agua, por ejemplo, sin instrumentalizar ese lenguaje, y por lo tanto sin corromperlo. Un escritor no cuenta solamente una historia, sino que se expresa a través de ella, muestra al lector su visión particular del mundo, del alma humana, de la realidad. La estructura del mundo es sumamente complicada, su complejo armazón no solamente material sino metafísico y existencial, ontológico: un escritor se hace preguntas sobre esa complejidad, aunque su función no es dar respuestas. Trata de expresarse con el lenguaje; un poeta lo hace a través del verso, un narrador nos cuenta una historia. Realmente, todo narrador trabaja con un principio pedagógico, en la acepción menos usada de la palabra: el escritor trata de mostrar algo que él piensa que ha descubierto, pero que es posible que sus lectores ignoren. Trata de enseñar, en el sentido de que mostrar es uno de los sinónimos de enseñar. Umberto Eco nos dice que algunas poéticas de la narratividad sostienen que el lector aprende algo sobre el mundo; otras, que aprende algo sobre el lenguaje; pero siempre aprende. En todo caso, el escritor trata de llamar la atención sobre algo que a él le interesa, y que piensa debe convertirse en una preocupación colectiva, por eso lo comparte con sus lectores. A veces lo que le interesa brota de manera inconsciente, y a esa manifestación espontánea le llamamos intuición; otras veces el escritor narra con conocimiento de causa, conciente de lo que escribe y de lo que quiere decir. Un escritor que no se expresa, y que sólo le preocupe escribir artificios técnicamente impecables, artilugios extraordinarios, brillantes y hermosos, pero carentes de vitalidad (la vida es la materia prima de un cuento), es posible que gane muchos concursos literarios, pero no podrá crear una obra de arte. Un cuento debe contener la vida que nos rodea, el alma del escritor y su visión de la realidad, lo que ha sido dicho cientos de veces, pero como nos dice Gide, hay que seguirlo repitiendo porque parece que nadie escucha, y considero más loable expresarse de manera imperfecta, pero sincera y total, que poseer una técnica impecable que nos permita decir absolutamente nada, crear historias vacías, carentes de toda humanidad.

sábado, 13 de octubre de 2012

ASPECTO VIVENCIAL DEL ÑONGO-ÑONGO


Facilitador: Napoleón Peña

La vida de un cuento y yo te cuento el mio.



El cuento del toli toli inspirado del capitulo numero 4 del libro el Ñongo Ñongo  
El  saber o la conciencia  es la madre de la ciencia y por que.?

Esta era una vez Tonton el   leyista caminando así el parque el Saba con un gran escozor mental después de leer ese capitulo que el escritor de este articulo  cita  en un párrafo mas para arriba.

Que por Eventualidad de la vida Y CAUSALMENTE se pecho con la maquina de escribir, esa famosa maquina llamada rémington y tener tanta experiencia en el arte de escribir pudo hacer letra ese libro tan extraordinario.            .

Yo sé que tú te sabes de memoria ese libro, pero déjame leerte esta parte de este capitulo que hace un llamado a la  reflexión en que vive el ciudadano normal y corriente.

Porque hay muchos  tan alertaza  .

CAPITULO V

ASPECTO VIVENCIAL DEL ÑONGO-ÑONGO
“EN EL TOLI-TOLI”

 El Toli-toli, es la realidad de la vida, es la practicidad de la vida, caben todos los modelos de convivencia humana,             
El Ñongo-Ñongo es como una metodología, una frase de convivencia… Y, aplicado al toli-toli, aporta soluciones al que se encuentra con este libre devenir de la vida.

Ahora, libro, todos los tipos de convivencia que se te ocurran tú me los vas a preguntar… Que todo el que lea el libro haya vivido o estén viviendo un tipo de convivencia de las que están ahí.

¿Qué es el toli-toli?

El toli-toli es como se desarrolla la vida práctica en una sociedad hecha por la humanidad. Es el modo de vida. Es como ese modo de vida, y, ese ser, ya lo lleva a la práctica, independientemente de que sea mala o buena.
El toli-toli es cómo el ser humano pone en práctica esos sentimientos, o cómo él cree que debe vivir.
Y, en esa puesta en práctica, él se encuentra con otro ser humano, que acepta esa forma o no la acepta. Ahí esta la belleza o la utilidad que pretende este libro. O el aporte que puede hacer el Ñongo-Ñongo y si ese aporte les ayuda a solucionar, aunque sea una parte de la problemática de la convivencia humana, el autor de esta frase se va a sentir… ¡como una mañana de pascua!

Yo se que tu tiene el caquito como un bin bin, después de leer ese capitulo de ese libro tan extraordinario,  pero déjame decirte yo duré un buen tiempo escribiendo o trascribiendo la oraciones de Luis José padilla un gran psiquiatra que tiene como norma que cada seminario que imparte lo primero que hace es hacer una oracion que libera en  el camino de lo siempre posible y en una de esas oraciones decía esta frase tan importante para  mi que todavía es la hora que a mi no se me ha olvidado y dice asi YA NO SE PUEDE SER EL DE ANTES, y de inmediato agrega en este comienzo del siglo 21 se nos pone de manifiesto que se esta en un momento delicado.

La “ necesidades”  se han modificado sin  duda no es un panorama uniforme sino disforme y disconforme, pero en cualquiera de los espacios, las necesidades empiezan a ser otras.

Y esa es función expresiva de la oración que se nos advirtiera que estamos empezando a vibrar en otras perspectivas y por tanto, la atención, la alerta, incluso la alarma debe estar presta para encauzar esa nuevas posibilidades, para dar cauce a esas nuevas necesidades, que probablemente deriven de la naturaleza del ser, de su comunión inevitable con el medio que entre que a su vez él lo ha modificado, éste reacciona a esas modificaciones.

Podríamos decir en síntesis la humanidad ¡ya! No puedes ser la misma.

Y no puede ser porque de serlo se arruinaría y su época de ruina aun no es preceptiva, su teórica fecha de caducidad resta mucho de que sea su momento.
          
Todas las relaciones humanas tienen un propósito, Y, siempre, en esas relaciones, hay más de uno; por eso son relaciones. Siempre, delante de un inconveniente han de recordarse cual es el propósito de esa relación, para si, de una vez, hay que resarcir, aclarar, modificar… estar dispuesto a hacerlo.

 No sugerir aquella situación que se da –muy embarazosa para las relaciones-, cuando uno de los miembros de la relación está comportándose mal o comportándose en contra del propósito por el que están reunidos. Entonces se crea un ambiente como de rechazo, de silencio… Pero uno le debe “enrostrar” al otro porqué se está comportando de esa forma. Esa falta de comunicación entre los miembros, va posponiendo y posponiendo… Y ya cuando quiere, uno, llamar la atención, al otro, ya tendría que llamarle la atención tan fuerte, que tendría que caer en una ofensa. Ya no se convierte en una advertencia: “¡Mira, que es para recordarte que nosotros estamos unidos para esto o para aquello…!” Ya no es una llamada de sugerencia. Ya, pasa a ser una llamada de atención… con una carga de finalizar esa relación.

Hay tantas cosas que uno se ha callado en esa relación que, a lo único que llega, es a romperla. Pero lo que no se toma en cuenta –así como cada relación tiene un propósito-, hay que tener en cuenta que ese propósito lleva una carga de sacrificio o de responsabilidad. Cada miembro de una relación tiene una cuota de responsabilidad, por la misma condición por la que se inició esa relación. Cada miembro debe ser responsable de una parte, para que se cumpla el objetivo que tiene esa relación.
Una de las soluciones que puede aportar el Ñongo-Ñongo a esa relación –viéndola desde un punto de vista general- es que lo primero es:
• ¿Por qué tú y yo tenemos que compartir?
• En esta relación, ¿qué meta vamos a seguir?
• Y ¿Qué cuota de sacrificio tendríamos que dar para la consecución de esa meta que tú y yo nos hemos propuesto lograr –o que uno de los dos necesite lograr un determinado objetivo-?

También hay relaciones que son de servicio… Entonces, si es una relación de que uno demanda del otro un servicio, y tú has dicho que yo sé hacer ese servicio. Yo me he comprometido, socialmente, a que yo sé hacer ese servicio. Tú estás consciente de que sabes realizar ese servicio, o sea que te haces responsable. Y tú tienes que cumplir con eso que has dicho que sabes hacer, y no ponerte a decir que vas a hacer eso, y, en la práctica, quedar mal.
Y, dicho sea de paso, eso es un robo, igual que otro cualquiera. Porque si tú te comprometes a hacer un servicio y cobras por ese servicio y lo haces mal, y encima de eso también te enfadas con la persona a la que sirves…
Y ese comportamiento le cabe a todo tipo de relación de servicio. Y vamos a poner un ejemplo que es la del sanador con el paciente. Se debe partir de la teoría de que el sanador está ante un enfermo, donde el criterio personal del sanador debe ser flexible en todos los sentidos. Nunca aplicarle el criterio del sanador al paciente, sino todo lo contrario. Porque, quien le va a contar algo, es el paciente al sanador, no el sanador al paciente.

Y también eso mismo con relación al precio –a la cuota que el sanador le cobra al paciente-, debe ser una cuota mínima. No pretender, el sanador, que se va a hacer rico con el paciente.
Es como hacerte rico con la debilidad del otro o con la enfermedad del otro. Es imposible que tú pretendas hacerte rico con ese tipo de necesidad, porque el individuo que está enfermo es alguien que necesita un tratamiento especial para que pueda salir de ese mal que le aqueja.

Si yo digo, por ejemplo, que el individuo que se dedica a la sanación es un predestinado, no un negociante, ya, eso, lo tiene que llevar a otro tipo de trato con el paciente.

 El toli toli el camino de lo siempre posible.

Hasta cada rato venga mi querido lector los libros no muerden.

Nota: El cuidado de la redacción o estilo de este escrito es de la responsabilidad del facilitador no de este blog.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los gastrocuentemas de Daniela Cruz Gil



Facilitador: Fernando Valerio-Holguín

Colorado State University

 La relación entre literatura y comida es tan antigua como la literatura misma. La escritora española Lena Yau, en su libro El sabor de la eñe (2012), hace un repaso de esa relación e incluye cincuenta y nueve fragmentos de textos sobre comida en la literatura española y latinoamericana, además de las respectivas recetas y un glosario de términos gourmet. Sin embargo, el hecho de que un escritor haga referencia a un platillo o incluya una receta no hace que la novela, el cuento o el poema pertenezcan a ese subgénero literario que denominaré gastroliteratura. Para que un texto pertenezca a este subgénero, la comida debe impactar, de alguna manera, la sicología de los personajes  o la significación del texto en un amplio sentido.
         Gastrocuento de Daniela Cruz Gil es una colección de diez cuentemas que tienen como hilo conductor temático y discursivo la gastronomía. Si como dijera Borges “Cada escritor crea sus propios precursores”, Cruz Gil modifica la gastro-novela Como agua para chocolate de Laura Esquivel, Anadel: la novela de la gastrosofía de Julio Vega Batlle, y “Gastropoesía del amor” de Fernando Valerio-Holguín.

         Estos cuentemas, como prefiero denominar este género híbrido, se encuentran a horcajadas entre el cuento y la  poesía. En ese sentido, en una reseña publicada en el Listín Diario Digital, Yaniris López expresa lo siguiente: “Aunque la poesía es su fuerte, Daniela dice que se siente cómoda trabajando ambos géneros...” Luego, la escritora comenta: “Como la beca te obliga a concentrarte, me di cuenta de que sí puedo manejar ambos géneros, porque se complementan. Incluso hay dos autores dominicanos ... que se debaten en esa frontera y a veces la cruzan y la tumban”.  
         A horcajadas está también en los cuentemas de Daniela el género sexual. A diferencia de otras escritoras, estos cuentemas están narrados en masculino. Y para decepción de las feministas, son masculinos casi todos los personajes. Los narradores en segunda o tercera persona están restringidos, es decir, se atienen a lo que el personaje ve o sabe de su mundo. Pero un aspecto novedoso que intuyo es que dichos narradores restringidos tienen a una autora observando por encima de sus hombros. En definitiva

–sospecho- son narraciones travestidas. (Habría que distinguir entre la escritora (Daniela Cruz), la autora (la instancia que gobierna las narraciones) y la narradora (quien cuenta una historia en el texto)).
         El crítico francés Roland Barthes ha dicho que el lector burgués detesta el arte que revela su proceso de construcción. Daniela Cruz, en sus cuentemas, monitoriza los personajes, hace un escrutinio de su propia escritura, reflexiona acerca de los conflictos entre las diferentes instancias narrativas y revela la ansiedad de sus influencias literarias: Cortázar, García Márquez, Monterroso, Kafka, Baudelaire y Rimbaud. Sus metacuentemas, es decir, cuentemas que tratan sobre los cuentemas mismos, son modelos para armar y desarmar, en la mejor tradición cortazariana; narran historias que, como en el hecho estético que planteara Borges, buscan ser y cuando parece que son, se esfuman en el aire, dejando al lector en el asombro y la incertidumbre. 

         En “Gastrocuento”, que le da título al libro, Daniela delinea una poética o lo que serán los principios programáticos de su escritura. Lo primero que se presenta es una relación conflictiva entre editor, escritor, y narrador acerca de la relación entre la comida y la construcción del texto. Le preocupa a la autora que organizará las narraciones lo que denomina la escribidera. A diferencia de la escritura, la escribidera implica lo concerniente a las condiciones reales del escritor: “asesorías, pagos de los cheques... La presión atmosférica, literaria, social, laboral, sentimental, sexual, psicosexualpasional” (10-11). Y con respecto a la sexualidad del escritor, aquí viene el golpe de broma o boutade: Juan Bosch, alegado maestro del cuento latinoamericano, en sus “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”, no incluye el sexo como recomendación a los noveles cuentistas. El asunto se complica más, porque la autora se obsesiona con la relación entre el sexo, la trama y la comida.
         En los cuentemas de Daniela, el narrador elucubra acerca de crímenes reales o imaginarios enmarcados en una triangulación del deseo. En la literatura, cito a la escritora, “Alguien tiene que morir. Alguien tiene que matar, a orgasmos o a puñal” (11). En esta cita, la muerte y el sexo (Eros y Tánatos) quedan vinculados, sobre todo si se toma en cuenta que el puñal es fálico. El orgasmo, denominado petite mort en francés, es esa muerte segura, simbólica en el placer, diferente a la muerte real. Asegura Georges Bataille que “No hay erotismo sin sangre”: en las pulsiones del corazón, en la erección, en la demanda de sangre en las zonas erógenas, en las pequeñas heridas en el roce de los sexos, definitivamente, en el crimen de la pasión. Concluye la autora, en este cuentema, que tanto el crimen como el sexo producen hambre y coloca así la comida como un aspecto central de su narrativa (12).
         El crimen, el erotismo, la comida y la escritura comparten la anticipación y la premeditación. El goce se encuentra en la anticipación, no en el acto mismo de la ejecución, ya que la anticipación se encuentra inmersa en pleno imaginario. La anticipación es el deseo que, en algunos casos, no llega a realizarse y produce, por lo tanto, extrañeza y perturbación. En ese sentido, Daniela narra el futuro, que es anticipación en el presente. (Nótese el uso del contrapunteo entre los tiempos verbales presente y futuro en algunos cuentemas.) La anticipación al imaginar el sabor de la comida se convierte en algunos casos en recuerdo.
         En su libro Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes (1827), De Quincey considera pertinaz la diferencia entre el acto "que se va a cometer" y el acto que "se ha cometido" (16). El primero, como todavía no se ha cumplido, implica necesariamente una condena de tipo moral. El segundo acto, una vez cometido, debe ser considerado desde una perspectiva diferente a la moral y ser "tratado estéticamente". De esta manera el acto criminal se convierte así en "una representación muy meritoria" (16). En los cuentemas de Daniela, el crimen, aunque condenable éticamente en su anticipación gozosa e imaginaria es también estético, porque es el pretexto del cuentema mismo y está ligado a la comida y al erotismo.
         En cuentemas como “Duvel” y “Ámbar”, el placer oral se desplaza metonímicamente del sexo al sabor, así como también converge con la anticipación o el recuerdo del sexo. Los personajes tienen una fijación oral que, de alguna manera, comparten con los narradores, en su afán de perfeccionar la expresión oral de la que surge la escritura. En “Duvel”, la cerveza remite metafóricamente al cuerpo perdido de la amada, cuyo nombre no en vano es Bélgica, país donde se produce esa marca: “Botella morena, como la piel de Bélgica. Madurada con paciencia, como ese amor alojado en el tope de su cuerpo, secretamente dormido.... [S]e la bebió a tragos largos...La espuma bajando y subiendo en la botella. El cuerpecito de Bélgica subiendo y bajando sobre él... (20) En “Ámbar”, el protagonista pone a enfriar dos cervezas en la nevera para esperar a la amante. Las cervezas prefiguran el encuentro entre los amantes: “Sus tardes se llenan de Ámbar, de ese sabor amargo y fuerte que cada tarde confunde con la boca de ella” (24). Luego, el sabor de las cervezas, ya prefigurado, pasa a mediar el erotismo entre ambos: “Las dos botellas de cerveza medio llenas, las bocas medio vacías se llenan de cada uno mientras cada cual quiere comerse al otro” (23). Chupar, morder, comer, lamer, y saborear son actividades del placer oral que comparten el sexo y la comida. El órgano de la boca es la fuente de placer tanto en la comida como en el sexo.    
         La comida, como leitmotivo en cada uno de los cuentemas, surge como “extrañeza perturbadora”, que Freud denominó unheimlich, es decir, la sensación de desfamiliarización dentro del contexto de lo familiar, lo cual produce estupor o una cuasi revelación estética de algo que por evidente está más allá de lo evidente. De acuerdo con Freud, ésta consiste en el malestar de una experiencia que linda con la angustia y que se presenta a partir de la repetición de un hecho banal: "La extrañeza inquietante será ese tipo de espanto que se apega a las cosas conocidas desde hace mucho tiempo, y desde siempre familiares" (Freud citado por Clancier 48).
          Si las bebidas, la comida y el cigarrillo –fijaciones orales por excelencia- convocan el deseo, también instauran lo abyecto, como separación brusca del cuerpo amado y la perturbación de lo familiar. En la mayoría de los cuentemas hay una ausencia por muerte o abandono del cuerpo amado. En “Langosta” y “Club Sándwich”, el triángulo amoroso da como resultado el crimen como hecho real o como anticipación imaginaria, respectivamente. La langosta, “esa masa salada”, en el primero, desplaza el cuerpo de la esposa asesinada por el protagonista: “... una sinfonía armónica con la desaparición del contenido del plato” (30). ¿Es la masa salada anti-erótica, rechazo del cuerpo de la mujer asesinada? El hecho trivial, cotidiano, de comerse una langosta o un Club Sándwich en un restaurante oculta el crimen por parte de los protagonistas en estos cuentemas.
         Si el sabor amargo, fuerte de las cervezas, en los cuentemas mencionados anteriormente, establece una relación metafórica por similitud con el cuerpo amado, en “Crepes”, la salsa bechamel tiene esa textura de la tristeza; el espesor de las lágrimas de ausencia. Comer crepes en bechamel en un restaurante del Malecón de Santo Domingo revela las lágrimas  y la ausencia del amante: “Las ciudades no se mueven, la gente sí” (37). En “Plátano frito”, el anuncio de la muerte ocurre durante una situación tan cotidiana como el almuerzo, que incluye plátanos fritos, tan cotidianamente dominicanos. Causada por el crimen, la enfermedad, el suicidio, el abandono o el orgasmo, la muerte es siempre una ausencia “violenta y suave”, como las cervezas, diría Daniela.  
         En los gastrocuentemas de Daniela Cruz Gil, la comida, placentera o no, posee esa cualidad perturbadora que abre puertas al misterio, a lo inefable, a lo que se resiste a ser nombrado, en definitiva, al goce de lo numinoso. 
          


Bibliografía

Bataille, Georges. Breve historia del erotismo. Buenos
         Aires: Editorial Caldén, 1976.
Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. Buenos Aires:
         Emecé,1960. 9-12.
Clancier, Anne. Psicoanálisis, Literatura, Crítica. Madrid:
           Cátedra, 1979.
Cruz Gil, Daniela. Gastrocuentema. Santo Domingo:
         Ministerio de Cultura, 2011.
De Quincey, Thomas. "On Murder Considered as one of the
         Fine Arts". De Quincey´s Collected Writings V. XIII.
         London: A. & C. Black, 1897. 9-124.
Freud, Sigmund. "The 'Uncanny.'" En Sigmund Freud:
         Collected Papers
(Vol. 4). Trans. Joan Riviere. New
         York
: Basic Books, Inc., 1959. 368-407.
López, Yaniris. “Gastrocuentema, primer libro de relatos de
         Daniela Cruz”. La Vida. Autores Dominicanos. Listín 
         Diario Digital
. Agosto 12, 2012.            http://www.listindiario.com.do/lavida/2012/8/11/243160/
         Gastrocuentema-primer-libro-de-relatos-de-Daniela-Cruz
Yau, Lena. El sabor de la eñe. Madrid: Instituto Cervantes,
         2012.
Valerio-Holguín, Fernando. “Gastropoesía del amor”. Elogio
         de las salamandras
. Santo Domingo: Editora Búho, 2010