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jueves, 24 de septiembre de 2020

NAPOLEON PEÑA: ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO y los CUENTOS: LA MARATONISTA Y EL LADRÓN


 Es miembro del taller de narradores de Santiago.
Nació en Santiago, egresado de la universidad UTESA donde fue diplomado como psicólogo clínico en 1989, luego en el 1992 ingreso a la escuela neijing  especializada en medicina tradicional china que usa como recurso la plantas medicinales, masajes,Gigong, acupuntura y moxibustion y como marco teórico la filosofía taoísta, donde adquiere el titulo de psicólogo energético.
Cuenta en su haber desde su graduación contante seminarios práctico en su país y en España, Colombia, Venezuela, Argentina, Uruguay , Turquía, y Perú; donde trabajó con los indígenas capacitándolos y enseñándoles acupuntura.
Es miembro activo de la escuela neijing en Santiago, fue director del programa Psicoeducativo musical en la emisora radial Libertad llamado: Mariposa parlante.

1-ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO

2- LA MARATONISTA

3- EL LADRÓN 


ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO.

Todo lo que habla el hombre es cultura, mientras màs cultura adquieres, más facilidades tienes para resolver cualquier tipo de inconveniencia que te encuentres en el camino. La cultura se te convierte… porque la cultura es como un jabón de mente, mientras más enjabonada tienes tu mente, más facilidades tendrás para desarrollarte en el camino o en la vida – en la vida que te toca vivir, en el ambiente que estás.-

La cultura, lo que hace es que te limpia, te limpia, te abre los sesos para que tengas mà opciones.

La vida es como una carretera que todo el mundo va para un sitio – ese sitio nada más eres tú el que lo sabes-, es como si a todo el mundo le dijeran que tiene que ir a un determinado sitio. Pero, en ese camino, tú te vas a encontrar con muchas dificultades y mientras más cultura tú tienes, más fácil será la solución de las dificultades.

 

Mientras más amplificas tu conocimientos, más facilidades tendrás tú para cumplir meta.

Uno de los problemas del hombre es que se queda enganchado. Porque la vida es como un a carretera, que necesita ser recorrida, sin quedarse enganchado en una estación. Es como si en tu camino le das una bola a alguien y esa persona te resulta muy interesante, pero ¿qué pasa? Que esa persona no va para el sitio que tú vas, y llega un momento que tienes que dejar a esa persona ahí, porque ya no va a más. O tiene que desmontarse porque hasta allí es que ella llegaba. Y tú, tienes que seguir el tuyo, tu camino.

Ésa es una de las grandes dificultades de las personas. Que, en su viaje, las personas se quedan enganchadas en un determinado sitio o situación.

Por ejemplo, en el kilómetro dieciséis, venden agua fría con hielito. Y tú ya te quedas ahí porque ése es el mejor sitio. Y ya no quieres seguir caminando porque tú te sientes bien ahí. Entonces la cosa es que sí, feliz, yo me siento feliz en el kilométro dieciséis. Pero tienes que entender que tú tienes que seguir. La vida es un camino que tú tienes que recorrer, y es personal. Y las cosas buenas que tú te encuentres en ese camino, son parte de tu camino, pero eso no quiere decir que tú tienes que quedarte enganchado en esa estación… Es -como lo que dicen los que saben- vivir e desapego.

Todo lo que habla el hombre es cultura, todo lo que comparte, todo lo que está a su vista es cultura, todo lo que vive… ¡Todo!: los bienes, las ideas, la música…

Hablar del amor y la aventura, reúne toda la vivencia y experiencia que tiene el hombre en su camino y por eso se llama así. Porque todo el mundo tien un amor … Y la aventura es todo lo que el hombre se encuentra…

La aventura es sinónimo a la cultura. Porque si yo te digo que todo lo que le pasa al hombre es es cultura, también la aventura es parte de la cultura. Porque si tú no tienes conocimiento de Dajabón -es una provincia que comparte la República Dominicana con Haití -, tú no te aventurarías a ir allá. Porque sabes que existe, entonces coge para allá.

O sea, que la misma cultura te lleva a la aventura y entre esa aventura aparece un amor. Porque el amor no tiene sitio, por eso tú no puedes iir a un sitio y decir ¡Déme dos libras de amor!… Entonces tú vives ese amor.

Sí, mi querido libro, tú sabes que la cultura es como un barril sin fondo y siempre quiere más y siempre quiere más. Entonces la gente te cuenta una cosa y eso que te cuenta esa persona te enriquece a ti. Porque tú no tienes que esperar a que te pase una cosa, para que tú sepas que existe esa cosa. Basta con que a uno le pase y te la cuenta, y ya, eso, te sirve a ti para tu viaje.

Por ejemplo, en la carretera hay un letrero que dice: 80 km por hora y tú te pasas de esa velocidad y te matas. Pues ya, cuando a mí me toque pasar por esa carretera y vea un letrero que dice 80 km, por hora o Curva cerrada.. Es cuento que me dijeron, me dice a mí que yo debo de ser obediente a esa señal que dice ahí.

Por eso mucha gente no completa el tiempo de vida que le toca vivir aquí, porque son unos desobedientes. Y no solamente a eso, sino a todo.

Cada quien trae su camino impreso, trae su carta de ruta -por así decirlo- Y, en es ruta, es que está comprendida su ruta entera y los años que le quedan por vivir.

Igual cómo eres tú. Porque tú te das cuenta de que eres un se organizadito, tienes tu corazón tus piernas… Tú luces completo, no te falta ningún pedacito. Entonces ¿por qué tú tienes que andar por el mundo obedeciendo lo que ya está establecido? Porque lo que está establecido lo ha puesto un ser humano que vino antes que tú. Y lo ha puesto ahí para que los otros que pasen por ahí, obedezcan… ¡y más si tiene que ver con propia vida!

 

LA MARATONISTA

 

 Esperanza vivía en una ciudad llamada Salta el Petíguere, era aficionada al deporte de campo y pista. Fue la primera por mucho tiempo en ganar medallas de oro en todas las olimpiadas que participaba.

Los triunfos que acumulaba crearon recelos entre los competidores quienes la aislaron  y la drogaron dejándola abandonada en una isla.  Despertó desorientada y corrió tratando de ubicarse.

 Para sorpresa de ella y gracias a sus habilidades de correr se encontró con un cazador.

Ella le cuenta lo ocurrido.  El la ayuda y juntos vuelven al camino que la conducirá a la playa de la isla para llegar a su destino.

Y cuando apareció vivita y coliando el pueblo se llenó de júbilo y vitoreaban “ llegó Esperanza la maratonista  y la cargaron y la llevaron por la calle de su querido pueblo salta el petiguere .


 Y  el sindico erigió una estatua en su honor en la plaza del pueblo.

 

EL LADRÓN .

 


 Pocholo el de la mano de seda  que le robaba las poesías a todos los poetas y todas las noches iba de bar en bar  a declamarle a todas las parejas que se encontraban allí.

Era  un buen descuidista, aprovechaba el descuido de la pareja que se emocionaban con su histriónico recitar, instante que aprovechaba para robarle cualquier objeto, no importaba el valor  del artículo, lo importante era coger algo así estaba de implicada su enfermedad. 

Y así se buscaba la vida recitando poemas de otros sin atreverse nunca a escribir un poema de su inspiración  y robando la que podía cada noche.

Pocholo vivía en una cuidad pequeña y cada noche recorría los mismos escenarios y siempre se sabía los mejores poemas de los grandes poetas.

Y así pasaron los años recitando poemas que no escribía. Por  temor a delatarse y robando todo lo que podía  nuestro poeta bribón  con la esperanza de robar algo de mucho valor para pensionarse y dejar de trabajar.  

Y de esta forma pocholo  el declamador y doblemente rata, vivía muy feliz haciendo su desconsiderada actividad social.

 Aunque muchas  personas que no estaban conforme con su forma de actuar, especialmente un  íntimo amigo  que presenciaba su conducta y era sus huellas, es decir las huellas del extraño salteador  que la dejaba  todas las noches de su casa a los bares y viceversa. Ya  tenían el amigo muchos años sufriendo tal situación.

 Las huellas que dejan nuestros pasos también piensan y le gustan hacer lo que piensan y por esta causa siempre le llamaban la atención a nuestro afrentoso  carterista.

Como buen desobediente que son los  delincuentes nunca le hacía caso a sus huellas y siempre volvía sobre sus pasos. Las huellas de pocholo  obediente a regañadientes volvían con él, pero cada vez su pasos era mas aburridos y desgarbados.

Todo siguió así hasta que una noche muy nublada y oscura éste desorientado por tal situación climática dirigió sus pasos hacia un camino desconocido y pensando que iba hacia los bares como de costumbre su huellas que tenían un buen tiempo esperando un momento, como  este tomaron posesión de su cerebro específicamente el área de los sentimientos y del lenguaje y lo llevaron hacia un cuartel de policía  y mas rápido que veloz, sus huellas lo llevaron al departamento de querella y estando allí frente al agente de turno de esa noche sus huellas actuaron  antes de que  despertara a su realidad, es decir que se diera cuenta  que se había extraviado.

Le presionaron a que este diera su nombre y confesara todas sus fechorías. Que por cierto tenía muchísimas querellas  puesta en su contra  bajo el simple nombre de que un tal poeta se le acercó y cuando éste se fué su cartera no estaba.

Y sin mediar palabra se oyó una voz muy fuerte que dijo  ¡tránquenlo!

Con trés de queso y un coconete, colorin colorado este cuento se ha acabado

 

El autor

Psicólogo, poeta, escritor 



 

 


 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Sandra Tavarez, Cuentos: Silencio e Incontinencia

 

Sandra Tavárez (Santiago de los Caballeros, República Dominicana).

Licenciada en Contabilidad por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA).  Habla inglés, francés, italiano y portugués. Libros de cuentos publicados: Matemos a Laura (2010), Límite Invisible (2012) y En tiempos de vino blanco (2016).

Obtuvo Mención de honor en los siguientes concursos de cuentos: Primer Concurso de Cuentos sobre Béisbol, de la Secretaría de Estado de Cultura (2008), XVI Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2009), II Concurso de Cuentos sobre Béisbol de la Secretaría de Estado de Cultura (2009),  XXII Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2015) y en el  XIV Concurso de Cuentos de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña (2015).

Reconocimientos recibidos: “Joven Escritora” (2012), Taller Virgilio Díaz Gullón del Centro Universitario Regional de Santiago (CURSA-UASD). “Embajadora de la Paz” (2017), por la Federación por la Paz Universal. Medalla al Mérito Femenino Hermanas Mirabal (2018) por el colegio Padre Emiliano Tardif. Sus cuentos han sido incluidos en varias antologías. 

Perteneció al Sistema Nacional de Creadores Literarios (SINACREA). Es coordinadora del Taller Experimental de Literatura, de la Leal Logia Juan Pablo Duarte y es miembro del Taller de Narradores de Santiago.

 Cuentos:

1-Silencio 

2- Incontinencia


                                                                     Silencio

Mención de Honor, Concurso de Cuentos de la Alianza Cibaeña

Despierto, con la misma pesadez de todos los días. Ese deseo de permanecer inmóvil sobre la cama, de no abrir los ojos para no confirmar que el día ha comenzado. Trato de encontrar una frase dentro de mí, que me obligue a salir de este lecho. Finalmente, la encuentro y me levanto. Empieza la rutina, me aseo, elijo la camisa blanca, el pantalón gris, la corbata verde. ¿Por qué verde? Bueno no importa, termino de arreglarme y salgo de la habitación. El chofer del autobús escolar ha sonado la bocina por tercera vez, es casi una advertencia, los niños corren, los demás nos quedamos a la mesa, yo sólo tomo café y me marcho.

Al salir a la calle respiro profundo. Otro día, otro dólar. ¿Dónde habré escuchado eso? Tal vez en alguna película norteamericana. Aunque para mí no es seguro que signifique otro dólar, ni siquiera otro peso. Me dirijo a una entrevista de trabajo, por eso me inquieta la corbata verde. La oficina de reclutamiento no está lejos de aquí, decido ir caminando.

Al llegar, el guardián abre la puerta, lo saludo, pero no emito ningún sonido. Me asusto. Aún así avanzo hacia la recepcionista. Mi “buenos días”, no se escucha. Ella no parece notarlo. Me pregunta si soy el de la cita de las ocho, asiento con la cabeza. Me pasa un formulario y me señala una de las sillas del fondo para que lo llene.

Sentado, observo el papel como idiotizado, pasados unos minutos, otra joven viene a recoger el formulario, al ver que está en blanco, de manera dictatorial me espeta: “¿señor, está seguro que quiere aplicar para este puesto?” Vacilo. Me pongo de pie y me marcho.

El sol golpea mi cara con violencia, empiezo a deambular por las calles de la ciudad, buscando entre los transeúntes el sonido de mi voz, regreso a casa al final de la tarde. Trato de contarle a mi familia, lo que me ha ocurrido. Es un esfuerzo inútil. Cada uno está envuelto en su propio mundo. Mi hermano chateando por el celular, con amigos invisibles que tiene en Europa. Los niños peleando por una crayola verde y mamá en los quehaceres de la cocina. Nadie ha notado mi mutismo. Ni en la calle ni en la casa.


Al día siguiente, aún recostado sobre la cama, empiezo a contar como quien está probando un micrófono: “uno, uno, uno”. Nada. Salgo a la calle con una nueva actitud, en algún momento mi familia notará que he dejado de hablar, hasta entonces, disfrutaré de mi mudez. Camino hasta el parque, mi silencio me permite escuchar mejor. Veo a un grupo de estudiantes que marchan, vociferando consignas, llevan pancartas que expresan sus reclamos. Recuerdo mis propios días de estudiante, cuando verbos como “reivindicar” tenían un sentido orientado a favorecer a los más desprotegidos, e “intensificar”, significaba que no nos rendiríamos, que lucharíamos hasta el final. Como estos jóvenes, llevábamos nuestras pancartas, mientras coreábamos nuestros reclamos. Hasta que la policía nos interceptaba, en ese tiempo los llamábamos
los cascos negros. Un día llegamos corriendo hasta el cementerio. Nos siguieron. Fue una carrera épica, saltábamos sobre las lápidas, y ellos nos imitaban. Al final, nuestra juventud unida a la adrenalina que proporciona el miedo venció la pobre condición física de los oficiales.

Los muchachos siguen avanzando. Algunos transeúntes se detienen por unos segundos, luego siguen su camino. En realidad, nadie los escucha. Como también, es probable, que nadie nos escuchara. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Nadie me escuchaba antes, por eso nadie ha notado que he dejado de hablar.

Miro alrededor, y presto atención a los detalles, las palomas frente a la iglesia, los limpiabotas del parque, la prisa con la que todos se desplazan, la mayoría hablando por sus celulares, suben y bajan escalones, entran a sus vehículos, conducen a su trabajo. Escucho dos mujeres hablando sobre un nuevo mosquito, que ha causado la muerte a muchos de nuestros ciudadanos. Veo a un loco hurgando en la basura y a un hombre que lo observa desde lejos. Veo, además, a una mujer muy angustiada, mientras revisa un papel que saca de su cartera.

Un nuevo día y mi reloj biológico me advierte que es hora de levantarme. ¿La misma rutina? Tal vez, no obstante, hoy es diferente, hay un silencio absoluto en la casa. ¿Será que todos se marcharon? Imposible. Salgo con prisa de la habitación. Todos están ahí, corriendo de un lado para otro. Alcanzo a ver el gesto del chofer del autobús escolar, amenazando con dejar a los niños. Sin embargo, no escucho nada.

El café está sobre la mesa, lo tomo despacio, luego salgo de la casa. En el camino me encuentro con una procesión que va hacia la iglesia, me adelanto para observarlos desde una de las bancas del parque, se ven cansados. A las diez de la mañana, de nuevo los estudiantes gritan consignas, ahora no los puedo escuchar.

Voy a un restaurante de comida rápida, es fácil, elijo una de las ofertas, señalo lo que quiero y pago lo que indique el volante. El dependiente me informa algo, le hago saber que no lo entiendo, él apunta hacia un letrero. Leo: “A partir de la próxima semana, los precios serán ajustados de acuerdo a la nueva tasa impositiva”. Pienso: nada que decir.

 


 

Amanece y me resisto a salir de la cama. Ignoro si aprobaron la reforma fiscal, o si es cierto que el nuevo mosquito ha llegado a nuestras tierras y la verdad no sé cuán importante sea eso en estos momentos. No puedo hablar, no puedo escuchar y noto que esta mañana empecé a volverme… invisible.

 

 

                                                          Incontinencia

 
Tres de la tarde. Aún estoy nerviosa por lo sucedido la última vez. Sólo faltan quince minutos para su llegada y entonces qué haré. ¿Y si no viniera? Quizás sea lo mejor. Pero no puedo contar con eso. De seguro estará aquí, puntual como siempre… ¿Y si me voy? No puedo. Debo permanecer ahí, anónima, con una aparente tranquilidad que me asfixia. Vacilo un poco, pero al final entro, me siento, respiro, espero y espero…

Llegó la hora… Escucho un saludo de rutina:

Buenas tardes.

Me ve, pero no me mira. Cierro los ojos y de repente siento su aliento cerca de mi cuello, sus manos tocan mis hombros y suavemente se deslizan por mi espalda. Toca mi vientre… Empieza a ascender y encuentra mi pecho y ahora son sus labios quienes imitan el recorrido, centímetro a centímetro, con pausas incandescentes. Mi pulso se acelera y un calor que me sofoca empieza a subir dentro de mí y ya no sé ni dónde estoy, mientras él repite mi nombre con insistencia:

Claudia… Claudia… ¡Claudia Ramírez!

Presente.


 


 

 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Eduard Tejada. Cuentos: 1- Alfredito 2- La llamada


Eduard Tejada es cuentista, ensayista y activista cultural. Es miembro del Ateneo Insular desde 2013. Nació en Tenares, Provincia Hermanas Mirabal, en 1979. Se graduó de Licenciado en Derecho cum laude en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en 2003. Es fundador del Taller Literario Francis Livio Grullón de Tenares, en 2008; fue su coordinador de 2008 a 2011. Ha participado en varios paneles en la Feria Internacional del Libro Santo Domingo. Ganó el segundo lugar en el renglón cuento en el Segundo Concurso Regional de Literatura organizado por la Fundación para la Acción Comunitaria (FUNDACOM) de San Francisco de Macorís, en 2009. Publicó en el 2009 el libro de cuentos Reloj de papel. En 2018 publicó Pienso, luego escribo (ensayos) y De caminos invisibles y lugares infinitos (artículos).

Cuentos: 

1- Alfredito

2- La llamada


Alfredito

Madre soltera y con tres hijos, Teresa tiene que trabajar dobles turnos. Alfredito, el mayor, está por cumplir diez años.

Una condición especial en ese niño obliga a medidas extremas. No hay estufa. Teresa nunca cocina en casa, manda o lleva la comida del restaurante. Los fósforos están prohibidos.

Todo comenzó cuando Alfredito tenía cuatro años. Eran como las once de la noche y llovía. Teresa aún vivía con el padre del niño. La pareja estaba en plena faena amatoria hasta que el humo que venía de la habitación de los niños se hizo sentir.

Todavía desnuda y con la fuerza de su instinto materno, Teresa abrió violentamente la puerta del cuarto. Alfredito estaba inmóvil, sus ojos fijos en las llamas, como hipnotizado. Sus hermanitos, gemelos con apenas un año, sin condiciones de reaccionar.

La madre tomó la manta de la cama de Alfredito y tendiéndola sobre la improvisada fogata, logró sofocar el incendio. La semana anterior, el niño había recibido varios regalos por su cumpleaños por lo que disponía de papel y envoltorios que le sirvieron de combustible.

De visita en el consultorio del psicólogo, el facultativo encontró ciertas tendencias pirómanas. De ahí en adelante, la madre, impulsada por un sentimiento de culpa, dedicó especial atención a su primogénito.

Así fue durante algún tiempo hasta el divorcio. La pensión que pagaba el exmarido no era suficiente. Teresa tenía que trabajar. Dada la situación, los cuidados y las atenciones a Alfredito debieron ser asumidos por una niñera.

Se llamaba Jennifer, una chica a la que los niños adoraron inmediatamente. Tenía instrucciones de no distraerse y concentrarse en “el muchacho del fuego”. Jenny fue tan dedicada, que Alfredito no volvió a quemar cosas por mucho tiempo, hasta que un día ella tuvo que mudarse a otra ciudad. El niño adoptó de nuevo esa actitud taciturna y su semblante, otrora risueño, se tornó sombrío.

Mientras su madre buscaba otra niñera, Alfredito protagonizó varios incidentes. Se armó un reperpero mayúsculo en la escuela cuando, no se sabe cómo, consiguió unos petardos e hizo que estallaran mientras unos payasos actuaban en un salón lleno de niños del jardín de infancia. Las narices rojas y las pelucas terminaron esparcidos por el escenario, luego de que parte de la decoración se incendió y los globos comenzaron a estallar. El público aplaudía y gritaba creyendo con inocencia que todo era parte del show.

La cosa no quedó ahí. En esos días, los empleados municipales se fueron a la huelga. Alfredito observó con deleite como montones de periódicos viejos, cajas de cartón y envases de todo tipo, comenzaron a acumularse en las esquinas.

Una tarde estaba en casa de Amantita, una vecina que cuidaba a los niños mientras continuaba la búsqueda de la sustituta de Jenny. Alfredito se preguntaba cómo hacer arder rápidamente esas montañas de basura. Una sonrisa llena de infantil malicia marcaba su carita de “yo no fui”. Su malévolo plan involucraba: al gato de doña Manta, unos trapos viejos, un poco de gasolina, que conseguiría en el taller de don Julio, y un fósforo.

Las quejas de la dirección de la escuela y de la junta de vecinos no se hicieron esperar. El psicólogo le dijo a Teresa que era imperativo encontrar a alguien con las condiciones emocionales como para lidiar con Alfredito, día tras días, siguiendo sus recomendaciones profesionales.

Sin poder dar más largas al asunto, Teresa acudió a una agencia de empleos. Poco después la llamaron diciendo que habían encontrado a alguien que se ajustaba al perfil.

Después de una experiencia traumática, Rosa había renunciado a su anterior trabajo.

Eres demasiado sensible— le dijo alguien cuando se iba.

Ella no podía creer su suerte. Habían pasado sólo algunos días y ya tenía empleo. Su nueva jefa le dijo, que ella le había causado muy buena impresión y que se notaba que era una persona dotada de una sensibilidad especial.

Teresa la tomó de ambas manos, la miró directamente a los ojos y le dijo:

Prométeme que vas a ser sumamente paciente y comprensiva con Alfredito.

La nueva niñera pensaba con determinación: “Estoy dispuesta a aguantar lo que sea, no puede ser peor que lo de la veterinaria, todavía recuerdo ese horrible olor a pelo quemado”.


La llamada

Es tu primera vez en una celda. Ese sólo hecho es suficiente para incomodar a cualquiera y más si se trata de un destacamento policial dominicano.

El tipo con el cabello pintado de amarillo comienza a mirarte raro. Con la expresión de su rostro parece preguntarte por qué una persona de aspecto decente como tú termina en un lugar como este. Quieres que el tiempo se acelere, para no verte obligado a contestar la ineludible pregunta. La respuesta te avergüenza mucho.

Esperas con ansiedad la llegada de tu abogado mientras repasas en tu mente los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas de tu habitualmente aburrida vida. Piensas, “La verdad que estos desgraciados son eficientes cuando los presionan”.

Tres semanas atrás fue cuando el invariable discurrir de tu existencia comenzó a cambiar. Escuchaste a alguien o algo en tu cabeza, una voz como la de tu padre que te decía: “tienes que evitar el fuego en el cielo”. Esas enigmáticas palabras que podías interpretar de mil maneras diferentes. Elegiste una muy literal.

La sobrina que más quieres, te había regalado por esos días ese maldito aparato que siempre te rehusaste a usar. Seguías escuchando la autoritaria voz de tu padre, la que cuando eras muy joven forjó en ti un alto sentido de responsabilidad, quizás eso fue lo que te impulsó a hacerlo, la viste como una infalible y bien intencionada revelación del más allá.

 

El día anterior a tu apresamiento, las trágicas imágenes que viste en algún noticiero de la mañana para ti fueron una señal de que ese era el momento. “No debo atribuirme el crédito, no diré mi nombre”. Querías permanecer anónimo no porque sintieras que lo que hacías no era correcto, sino porque te considerabas un simple instrumento de la divinidad.

La voz de tu padre seguía martillando con esa frase apocalíptica en tu cabeza. No sería hasta el juicio cuando descubrirías, por el testimonio experto del Doctor Hernando, que el exceso de hierro en tu sangre era lo que te hacía escuchar a Don Plinio González después de veinte años de su partida del mundo de los vivos.

Mientras tanto, seguías compartiendo ese ambiente sofocante y opresivo de la cárcel. La policía había rastreado la llamada que hiciste desde el celular y lo peor era que nadie creería tu versión. Pensarían que eras otro loco viejo tratando de llamar la atención.

Como era de esperarse, tus compañeros de infortunio insistían con la pregunta:

¿Qué fue lo que hicite?, manín.

Sólo querías que el licenciado Martínez agilizara lo de tu audiencia en el tribunal de instrucción, pagar la fianza, poder ir a tu casa a pensar tranquilamente otras posibles interpretaciones para evitar la “inminente” tragedia.

Uno de los policías que hacen guardia en el recinto lleva debajo del brazo el periódico de esta mañana y con expresión burlona en su cara, muestra a los demás reclusos la primera plana, te señala y en tono sarcástico dice:

Señores, saluden al héroe del día.

Aunque no te henchía de orgullo, eras el protagonista del titular principal: “Falsa alarma de bomba detiene operaciones en Aeropuerto de las Américas”.

 


 

 


martes, 1 de septiembre de 2020

UBALDO ROSARIO TAVERA: CUENTOS


UBALDO ROSARIO TAVERAS:

    Escritor y abogado de profesión. Estudió en el Liceo México Plan de Reforma, allí conoce al profesor Juan Ramón Rodríguez quien es su primer orientador  literario.  En el año 1984 se integra al taller de literatura: Círculo de Lectores Fragmento (CILEFRA). En  1994 junto a Roberto Mercedes y Rafael Jubileo crea la revista cultural y literaria: ESCRITOS, y en el 1996 funda el Taller de Narradores de Santiago.
    Sus narraciones  se encuentran en los siguientes libros: Para Matar la Soledad, Éste era principio, Caleidoscopios: antologías del Taller de narradores de Santiago; Circulo de Espera, antología de cuentos de la Secretaria de Estado de Cultura (hoy Ministerio), en la Revista Mitos y en la antología Narradores del Mundo. “
    Ha publicado los siguientes libros: Cuentos cortos para lectores perezosos y el ensayo jurídico: Contaminación por Ruido.  Y los ensayos: Carecen de errores las obras maestras, Cervantes y el falso Quijote,  El lector marginado, Los escritores de Santiago y sus orientadores, Federico Nietzsche del olvido a la locura,  Una canción y un cuento de Navidad para Juan Bosch y Charles Dickens, La influencia del Derecho en la literatura, y Las puertas del cielo en Rayuela en los periódicos: El siglo, Hoy y La Información. Publicó en el año 2004, el libro: “Cuentos cortos para lectores perezosos” y en el año 2011 el Ensayo_ Contaminación por Ruido.
En la actualidad administra el blog de descarga de libros dominicanos:  libros dominicanos en pdf blogspot. Com, y en año 2019 obtuvo Premio Nacional  José Ramón López en la categoría de cuento.

Presento cuatro cuentos:

1-Este muerto es mio

2- La espera de un milagro.

3- La luna no es redonda, es una bola.

4- Mi viejo.

ESTE MUERTO ES MIO


Frente al cadáver de Niñoman el padre llorando trataba de abrazar el ataúd decorado con cuatro candelabros mientras las velas encendidas lo sujetaba a la realidad, de una forma u otra, informándole al razocinio de que ése es su hijo y que no duerme, sino que yace muerto.

El hombre acarició la mejilla de Niñoman e inmediatamente recordó la primera vez que lo tocó. Tenía un día de nacido. La madre orgullosa recibía regalos y flores de extraños anónimos mientras su marido escuchaba las identidades de los desconocidos. Mas que eso escuchaba la voz de la preocupación cuando se preguntó cómo iba pagar la deuda del parto.

Elevó el rostro y los cilindros de parafinas lo sustrajeron al presente y el padre lleno de heroísmo y en su desvarío imaginativo asesinó uno por uno a cada uno de los homicidas. El llanto aumentó y cabizbajo se sintió impotente de hacer lo que había soñado en esos segundos de rabias y terminó asustándose como aquella vez cuando desempleado su vecina menor de edad le informaba que estaba embarazada. No halló qué hacer, a excepción de dividir la sala de la casa con cartón piedra y algunos pleibús viejos tuvo que improvisar una habitación.

Cabizbajo ocultando con su cabeza el cuerpo del difunto sintió la mortalidad al tratar de describir las sensaciones de terror, que de alguna forma eran diferentes, pero algo parecido aquellos sustitos cuando no tenía un centavo y salía a vender un artefacto o a empeñar lo ajeno para terminar discutiendo con los parientes. Incluso así cabizbajo descubrió que cada susto se mezclaba con las preocupaciones como las noches aquellas cuando recorrió las calles solitarias del centro de la ciudad para atracar y luego comprar una que otras latas de leche o alguna receta pero cuando llegaba acobardado ya un dadivoso había regalado alimentos y algo de dinero a la esposa.

Así precariamente y poca a poco entre milagros vio crecer a su hijo hasta convertirse en un adolescente hasta aquel día después que había financiado la matrícula de su Honda 70 para comprar útiles escolares, escuchó la noticia de que a Niñoman lo habían matado sus amigos.

El llanto aumentó cuando escuchó que era la hora del entierro pero no por mucho tiempo, porque los vecinos y los deudos espantados corrían ahuyentado por los gritos de místico Pan. Pero no era el sátiro Pan quien ahuyentaba a los moradores en el velatorio sino un jovenzuelo que al desmontarse de la jeepeta los presentes creyeron que Niñoman había resucitado. Pues tenía la tez clara, los ojos verdosos y el cuerpo erguido como un atleta de fútbol americano en fin se podía afirman que los clones existían.

La madre de la víctima se ocultó entre su vergüenza cuando contempló detrás del jovenzuelo al hombre que lo escoltaba. Escuchó a lo lejos el beeper del vehículo lujoso asegurando las puertas como otras veces lo había escuchado, con atención e impaciencia. El hombre se dirigió hacia el difunto.

El esposo se irguió alejándose un poco del ataúd al mirar detenimante a los visitantes y miró a su esposa y gritó: Serpiente, serpiente.

-Quiero ver a mi José Manuel – dijo el recién llegado. 

-No te acerque pendejo – anugado por la rabia y el enojo expresó el deudo 

-Este muero es mío.- Así lo decía sin dejar de mirarle a los ojos.

Los hombres quedaron solo cara a cara, solo el silencio lo separaba. Entonces el hombre con los ojos hinchados de tanto sollozos, supuso que éste era uno de los extraños anónimos que en los momentos difíciles hacían llegar sus dádivas que de alguna forma él creyó que eran algo parecido a los milagros.

La madre del difunto se llevó a otro lugar de la casa la visita, pero su marido quedó azorado contemplando el lujoso ataúd. Dedujo todas las trampas y astucias de su mujer, así que sacó el cadáver del féretro para luego dejarlo caer junto a las cuatros columnas de cera. En voz alta gritó: Este muero es mío. Así lo repitió mientras trasladaba el cuerpo de Niñoman en una de las guaguas que se dirigían al cementerio.




LA ESPERA DE UN MILAGRO




A la muerte de su hijo Doña Luz a los ochenta años esperaba un milagro. No esperaba que resucitara porque aunque no estaba muerto, se encontraba en estado de gravedad, además; el Teniente Gómez lo volvería a matar. Así que su hijo, el más pequeño de siete, estaba muerto, y necesitaba un milagro.

La anciana observó el firmamento y no quiso acelerar el paso. No era oportuno. La funda repleta de carnes con su peso impediría tal acción. Lentamente bajó el rostro. Las nubes estaban oscuras y no tardaría en caer el aguacero. Caminaba despacio y aunque sus ojos y oídos miraban y escuchaban el pasado. El cuerpo la guiaba escuchando en su mente al teniente blandiendo la pistola diciendo obscenidades. Martín respondiendo que estaba retirado y luego un trueno mecanizado ensordeció a la friturera.

El cuerpo de la madre se transportaba sin voluntad y las gotas enormes se desmigajaban en los pies. Al impactar contra el suelo recreaban la imagen de unas simples garrapatas llenas de patitas que se desprendían hacia la diminuta altura y en ese milésimo de segundo que los ojos no pueden apreciar, las gotas desaparecían para convertirse en una superficie plana. La lluvia, según navegaba el viento, se hacía uniforme y tenía una distribución aleatoria de las gotas mientras los transeúntes corrían a guarecerse. Poco a poco el ritmo de la lluvia aumentaba como si fuesen aplausos. Mientras la octogenaria esperaba un milagro, una gota de lluvia no la había tocado.

Entre el cuerpo y las precipitaciones líquidas existía un silencio. Quizás la nada. Pues el sonido tanto del aguacero como de su mundo circundante aislado de manera inconsciente, estaba para ella. Pensaba en aquellos minutos antes de la muerte. Le había dicho a Martín que le comprara un paquete de servilletas. Tan solo quedaba un pliego de ellas. Realmente le dijo: Guanajo no ve que es la última, no la uses. El sonrió y ella que sabía que iba morir por el Síndrome del Sida, lo miró tiernamente. Aún no aceptaba que sus hijos murieran primero y no aceptaba que estuviera contagiado.

- Deja de toser encima de la fritura. – Le recordó autoritariamente.

Fue lo último que le dijo. Lloraba con los pies humedecidos por los chorros de aguas que se espaciaba con el lodo y la basura mientras las personas, unas empapadas y otras refugiadas en sus paraguas, eran ajenas para Doña Luz. Cada paso que daba eran como si anduviera por un lugar solitario y solitaria navegaba ella por los recuerdos que vislumbraba cinematográficamente. La servilleta caer como si fuera en cámara lenta sobre los alimentos. La mano que no podía sostenerla. El disparo que le espantó la vida de manera rápida e inesperada. En cierta forma no aceptaba ese tipo de muerte. Quería tenerlo bajo su cuidado. Allí en la habitación donde lo había concebido

Podría decir que sus lágrimas se mezclaron con la lluvia. Pero no puedo afirmarlo porque aun la lluvia no la había tocado. Caminaba con su funda de provisiones sin imaginar que la única que transitaba realizando un milagro era ella. Eso no le importaba, claro estaba abstraída de la realidad, pues seguía soñando con un milagro. Llamaba a su hijo y le decía que la policía lo iba a matar, que andaban un tal cabrerita y otro que le apodaban la soga detrás de él.

- Máaaluz, tengo cuarenta años. Estoy retirado. Tengo años que no robo un pincho, oyó, vieja, un pincho -. Ella lo abrazó diciendo que esperaba la intervención divina. Que alguien le sacara el nombre de Martín de la cabeza a los policías. Incluso hasta pensó que murieran antes de que lo encontraran. Pero ¿cómo morirían? ¿Quién lo mataría? ¿Quién se vengaría? Lo apretó fuerte y llegó a la conclusión de lo imposible.

El diluvio, si se puede llamar así a una fuerte lluvia, no decrecía a medida que ella llegaba a la casa. Mientras se acercaba otros expuestos a la intemperie estaban empapados como si toda el agua del mundo se dispusiera a caer sobres sus cuerpos que buscaban saltar los charcos o esquivar chorros gruesos de algún contén, sin embargo, la lluvia seguía evitando tocar a la anciana. El aguacero se expandía como si fuera la ciudad un campo de agricultura. La lluvia se arrastraba por el suelo y se iba domesticando mientras le acariciaba los pies como si fuese un felino runruneando a su alrededor. El agua intentaba sujetarle de los tobillos y entorpecer cada pisada. Ella pisaba lentamente el suelo y el suelo corría entre sus pies tras el desplazamiento del agua que aumentaba y entre las pequeñas montañas de basura se concentraba como remolino que deterioraba lentamente la masa sólida y así evitaba la retención. Doña Luz caminaba cabizbaja con el pachuelo que le cubría la cabellera blanca. Sin embargo, las faltas de precisión de las precipitaciones liquidas para tocarla explosionaban en sus pies. La lluvia se distribuía espaciosamente pero a una velocidad de impacto similar a un martillo sobre un cristal. La energía de las gotas creaban escalofríos en las hojas de las plantas que temblaban en cada episodio que el viento simulaba estar tranquilo y encallado. Llueve y el agua resbala por las paredes de las casas como si estuvieran llorando. Llueve y las calles ya no se ven.

La anciana le robaba el espacio lentamente a la distancia y las nubes se ennegrecían de hollín oscuro que hizo que la tarde se volviera noche. Una adolescente empapada corría desesperada en busca de un lugar para refugiarse. Entonces presintió que estaba cerca de la casa y se fue despojando poco a poco de los recuerdos. Especialmente cuando Gómez después de disparar se sentó a comer de la fritura y notó la pequeña herida en su rostro cuando el dolor se esparció con la pequeña hemorragia. Desplazó el oficial la cabeza y ciertamente Martín había lanzado el cuchillo que ahora estaba junto al cadáver. Tocó la herida y con los dedos logró asir la servilleta y la limpió. Luego procedió hacer lo mismo con la boca.

Doña Luz elevó el rostro y no tuvo que tocar la puerta. La mayor de su hija estaba en su espera.

- Mamá Luz, no se moje, no se moje. – Ella regresando al presente contestó que no estaba lloviendo, pero reaccionó y fue en ese instante que las primeras gotas la alcanzaron. Y es que los insistentes impactos líquidos de una lluvia terca no se daba cuenta que no podía mojar a la triste señora que caminaba pensando en su moribundo hijo.Hizo un esfuerzo y entregó las provisiones respirando hondo. – Ay, hija mía, cuando se he vieja, hasta los pies no quieren cargar a uno. – Se sentó y miró hacia fuera, el aguacero se expandía robándole al horizonte a la distancia. Frente a ella estaba la lata de basura, aún no la había votado desde el atentado contra Martín. Notó que aún estaba seca y con asombro comprendió que había transcurrido un milagro y rezó. Doña Luz feliz por el extraordinario suceso, tomó la lata de Crisol y con su mano temblosa por el cansancio comenzó asir los desperdicios para introducirlo en una funda plástica. Lo primero que tocó fue aquella servilleta inundada de la tos, mocos y estornudos de Martín, mezclado con la sangre y la grasa del Teniente Gómez.




LA LUNA NO ES REDONDA ES UNA BOLA


Mañana dijo Luisito que la luna es redonda y no es verdad, es una bola, yo siempre le gano porque cuando dice que es redonda, grito fuerte y calla, le tumbo el cuaderno y corro gritando, es una bola, es una bola que vuela en el cielo. Dice que sabe más que yo, tiene cuatro años y señala ocho. Digo que no hay cuatro dedos que no sabes contar. No importa que sea más grande sé que la luna es una bola. Entonces corro a casa para decirle a mamá que la luna es una bola y se encuentra cocinando quejándose de dolores, Naro le pasa la mano para curarla. Es que mami trabaja mucho siempre está limpiando, fegando, cocinando o lavando. Yo una vez la ayudé y no me gustó por eso es que siempre le duele la espalda.

Grito empujando la puerta y se asusta, “muchacho del carajo” y me da con el cucharón sucio de la comía. Quise gritar y me acuerdo “Mama verdad que la luna es una bola”. Naro se ríe “una gran bola donde uno puede vivir”. Me quito la jopa, prendo la tevision, Tom y Jerry. Naro se jue, llega papi quita los muñequitos y come. Pregunta si comí y se quita la correa, no quiero comer, tomo la cuchara y digo que no me gustan lasabichuela ni las gebollas y me da por la cabeza. Maaa se pone triste y empieza a dármela.

Papá ve la comedia y maaa dice que quere ver la novela. La mira y manda la novela al carajo, mami le tira agua y se fajan.

No se porque mami le gusta darle a papi, él es gueno y está enfermo. Una noche junto a la estufa lo vi calentando mi jarabe en una cachara y se puso una inyección. “¿estás malo papi?” "Sí, tu también debes tomarte el jarabe cuando esté enfermo, para que no se te salga el mondongo”. No me gustan los jarabes y mami lo sabe, siempre busca a la vecina y agarran apretándome la boca, tapan la nariz y hago gárgara hasta tragármelo. Papá es grande y aunque no le guste se toma su remedio. Una vez maaa le peleó porque no trajo el dinero de la comida y le decía que estaba malo se iba morir si no tomaba, papá se la había tomado lo supe porque había agarrao la nariz y meneaba la cabeza como lo hago cuando me obligan. No quiero que le de a mamá y lo hace. Pero si no se toma la medicina se le va a salir el mondongo por la boca y no quiero. Por eso me la tomo. ¿Por qué papi le cambia la novela a má, si está enfermo? Mami trabaja mucho y estás cansada. Se va a enfermar nunca la veo tomando remedio por los dolores de espalda. Tal vez porque Naro le ayuda. Una vez vine temprano del colegio y no la vi en la cocina, estaba en el aposento con un dolor y gritaba. Lloraba mucho, bajito para que no la oyeran, también lloro así y no me dan el jarabe, no quise preguntarle porque siempre me da con un zapato o cualquier otra cosa. Me quedé mirando como Naro la curaba para decirle a papá. Lloré y busqué el jarabe y lo bebí sin que llamaran a la vecina, no quería tener el dolor de mi mami. Me puse contento cuando los dos salieron riéndose y la abracé por que se había curado.

Papá me mira sabes que no quiero comer, mamá toma el control y cambia de canal. Papá saca dinero y dice que compre helado. Voy a jugar. En la tardecita después de jugar voy a donde mamá para que me compre una valquilla y encuentro a papá mimiendo en el mueble. Mamá no deja de lavar las ropas y habla con los vecinos.

En la noche espero que papá llegue de pasear y tome su medicina para que me de dinero para el recreo, le digo que no se tome esa medicina que a mamá no le gusta, que Naro sabe curar. Siempre cura a mamá en la mañana cuando se pone mala. También le digo como lo hace. Se pone guapo y la llama. No está, ella va todas las noches a onde güela. jui a buscarla y no estaba. Me mojé el cabello y el agua se llovía. Papi se fue mojando.

En la mañana maaá me levanta, tomo chocolate y no quiero el jarabe. Voy al colegio. En recreo digo a Luisito que la luna es una bola grande tan grande que uno puede vivir en ella. Dijo no. Es chiquita y que su papá un día había jugado pelota con ella, le dije, es más grande que tu casa y la mía, tu papá es un mentiroso. Me agarra por los cabellos y me tumba. Lo muerdo y Llora. La profesora me da un papelito para mi mami. Me despacharon temprano y fui a casa. Llamo a mami y en la cocina la encuentro con otro dolor llorando, desnuda, la espalda con moretones y los ojos de color rojo. Busco el jarabe para dárselo y me acuerdo que está en el aposento y lo busco. Allí está Naro también malo y con el mondongo botándolo por la barriga. Tomo el jarabe y se lo llevo a mamá, ella vota sangre por la boca y no quiere, llamo a la vecina para hacerle lo mismo que me hacen. Le digo que mami está por botar el mondongo y no se quiere tomar el jarabe.



MI VIEJO

A: René del Risco Bermúdez

 

 

Viejo mi querido viejo

ahora ya caminas lerdo 

como perdonando el tiempo

yo soy tu sangre mi viejo

soy tu silencio y tu tiempo.

Piero.



Cuando olvidaba las miradas de los sueños te veía a ti papá despertándome a las seis de la mañana y te ibas a trabajar. En mi cuerpo aun sentía el suspiro dormilón junto a la cama y al insistir mamá de que me levantara ya desayunando estaba Carlos Manuel y listo para ir a la escuela. Por las mañanas corríamos para tener las primeras butacas, entonces antes de llegar a la escuela te veíamos laborar, era gracioso papá, con aquel mameluco desteñido que decía en tu espalda “Ayuntamiento Municipal”. Muchas veces te asustaba como en otras ocasiones te enojabas cuando Carlos Manuel te golpeaba con las cascarillas de naranjas, tú les pedía las gomitas y lo regañaba con no darle dinero. Carlos, embriagado de risas decía que era para matar lagarto en la escuela, entonces te ponías cariñoso y nos daba suficiente para el recreo. Luego sin ton ni son levantaba el palo del escobillón y ordenaba no correr, pero corríamos papá. Los viernes te encontrábamos bien vestido y preparado para ir a jugar dominó con tus amigos. Te recuerdo, porque hoy he aprendido a valorar a los mendigos, entonces rememoro el eco de tu voz a lo lejos diciéndome “dale duro en la cara, no voltee el rostro cuando te den”. Pasaba un asalto y veía tu rostro con aquel ojo fijo en mí. “Peléale cuerpo a cuerpo”. Volvía y revisaba mis guantes, sí que me animaba papá. “Dale un upper cut,” y yo casi corría porque Luis era mucho mayor y fuerte. Insistía de nuevo pregonando, “un jab en la cara, Luis es un pendejo”. La pelea terminaba al enterarse mamá que tú apostabas a mi favor y tomado del brazo me sentaba junto a ella mientras cocía la ropa por encargo de alguna vecina. Desde la ventana veía el espectáculo del barrio, gritaban los muchachos y tú animabas a Carlos Manuel. Librado, víctor, Eddy, Juan, Julio y Sandi, estaban listos para la competencia. Entre risas limpiaba la gafa oscura y la colocaba en tu cara como si fuera ella un miembro de tu cuerpo. Sin la gafa era ver otro hombre con la mirada astuta de un cíclope.

La seis de la tarde, mamá mandaba a comprar carbón y cuaba ordenándome encender el anafe, pero tardaba porque Carlos Manuel se preparaba a salir, tenían que darle la vuelta a la manzana y de súbito sacaba la cabeza del comercio y te veía mi viejo, levantando y trasladando a mi hermano entres tus hombros, cambiaba cinco pesos en cheles y reunía a los muchachos. Yo corría con la lata del carbón, en muchas ocasiones no me daba tiempo de llegar a casa y regresar. Esperaba, de momento los centavos bajaban cuando los sonidos mágicos del metal despertaba mi avaricia y golpeaba por tomar uno, dos o tres cheles. Luchando contra Luichi o Joselo y los demás corrían hacia otro lado buscando la lluvia de monedas. Feliz me levantaba escuchando mi nombre y huía a la casa antes que mamá me llamara de nuevo. Al enterarse ella de tu paradero con el radio de pila esperando que Las Aguilas ganaran, me dejaba salir. Antes que la noche se desplomara, los muchachos nos reuníamos a jugar belluga. Dos cheles con el rostro de Lincoln lo utilizábamos para comprar uno de palmita, era una reliquia un chele de palmita y si la fecha era vieja de años atrás, dábamos tres. Los centavos con la efigie de Duarte o Caonabo, valían más que lo de Lincoln; pero al fin todos los perdíamos en el juego o algún jalao o riqui taqui cuando pasaba tío.

Afeitándote en una ocasión me gritaste enojado y me devolviste a correazo a buscar el vuelto donde el pulpero. Como quisiera que ahora me reconociera, pero no lo hará, estoy más fuerte y viejo. Mi cabeza está poblada de canas y he perdido varios dientes. Tantos años sin ver el sol ha blanqueado mi piel y no hay forma de que reconozca aquel muchacho que te sacaba las caspas mientras escuchaba la radio. “Mil doscientos veintinueve, ciento cincuenta pesos, ochocientos veinte, ciento cincuenta pesos, trescientos treinta y uno, ciento cincuenta pesos, mil novecientos sesenta y siete, Premio Mayor, uno, nueve, seis, siete. Premio Mayor, mil novecientos sesenta y siete. Premio Mayor, sesenta y siete”. Te levantaste de alegría y los vecinos estaban con una gran algarabía en la puerta de la casa, sabían que tu tenías cinco años jugando ese número abonado y no tardaste en comprar la casa donde vivíamos alquilado y la construiste de blocs. Mamá dejó de hacer los dulces y Carlos se alegró de no venderlo más, hasta tío dejó de vender los Riqui taquis que tú y él preparaban en las noches. Ese día cambió nuestra vida, Carlos Manuel tuvo su primera bicicleta pero no dejaba de fugársele a tío en la de carga y burlarse de él.

Sesenta y siete, a partir de ese número sentí que los años pasaban más rápidos, sin darnos cuentas éramos hombres, decían que éramos adolescentes, pero Carlos Manuel y yo sabíamos que éramos hombres. Hasta nos caíste a trompadas y me sorprendí que no usaste la correa y todo porque nuestra prima tenía amores escondido con los dos. Carlos y yo, celosos, no aceptábamos que estuviera con el otro y con los golpes sentimos que mamá se iba enterar, le temíamos tanto que decidimos compartirla. Pero lo que Carlos Manuel no sabía era que mientras él dormía, Julia se entregaba así todita para mí solo. Era emocionante verlo dormir cuando me excitaba con los gemidos de mi prima, era hermoso sentir su cuerpo desnudo templando contra el mío. Un día se descubrió el embarazo. El miedo me dividió en dos, estaba tan asustado que sentía el mundo en mi espalda. En el taller avanzaba en el trabajo lentamente y me daba a las risas, esa parte de mí me gustaba, pues estaba lejos de las preocupaciones. Al llegar a la casa, la otra parte de mí me golpeaba, sentía como si una agujeta me agujereaba el estómago, Julia me miraba y mi corazón sangraba, parecía como si alguien le cayera a patadas. Era horrible actual así enseñando un rostro no acostumbrado al engaño. Trataba de buscar el otro lado de mí y aliarme a la tranquilidad, y no lo lograba. Sólo servía para disecar la realidad en una calma que no existía en mí. Sin darme cuenta te acercarte a mí papá y dijiste lo que te dijo una vez tu amigo el Síndico que asumiera una actitud conformista cuando no podía resolver una crisis porque la reacción de la vida normal es una falsa, que no tratara de seguir ideas ajenas de hombre y mujeres plastificado por la sociedad. Mi viejo, no comprendí sobre el significado de hombres y mujeres plastificado, pero me sentí contento cuando el mundo no estaba en mi espalda. Decidí hablar con tío y en ese momento Carlos Manuel saltó de alegría junto a él que insultaba a mamá, afirmando que no debió dejar ir a su hija a vivir a nuestra casa y ayudarla en los oficios. Nunca imaginé que mientras trabajaba en el taller, mi hermano y Julia se bañaban juntos. Imaginé todo lo que se puede hacer en el baño y especialmente con mi prima. Siete meses después, Julia estuvo de parto. La bebé era hermosa, Julia nunca pudo decirme quien era el padre. La niña se parecía a los dos y Carlos y yo teníamos el mismo tipo de sangre. La prima y mi hermano se mudaron, me sentí solo y le insistía a mamá de que lo convenciera. No lo logró, a mi hermano los celos le carcomían el estómago. Desde ese día me di a la bebida. Embriagado tuve una revelación, la vida se vive sola, independientemente de nosotros. El mundo circundante era un absurdo, me gustara o no. Julia no era una mujer, era una diosa, recordarla era idolatrarla con una botella de agua ardiente. Una mañana te enteraste de la huida de Carlos Manuel a Puerto Rico. La yola naufragó, muchas personas ahogada y desaparecidas. Mamá lloraba contando entre sus dedos las bolitas de un rosario. Julia pregonaba “se lo dije”. Tú no soportaste que en la noticia informaran lo sucedido. Buscaste a tío, se marcharon a Nagua y regresaste con él, fue un milagro. La familia lo besaba y le aconsejaba. Yo estaba solo y borracho mirando como Julia lo abrazaba y acariciaba. Estaba solo y abandonado mirando a la familia admirándolo. Estaba solo, sin mi cuerpo, sin mi voluntad. Solo con una botella en la mano. Solo, acompañado de una botella vacía, una botella que me había dado el poder de ser lo que era, un amargado. Entre las alegrías te veías corretear con la nieta, traté de pararme y caí hiriendo los codos. Mamá se acercó y sollozando me decía en mis oídos, “no beba más, mira el cielo, allá el altísimo te concederá pronto una buena mujer”. Yo levanté el rostro al firmamento y recordé cuando tú nos hiciste las chichiguas, la de Carlos Manuel se reventó y corrimos en busca de ella, pero nadie la pudo atrapar, ella cayó allá en la finca de Pacheco entre esas matas de cambrones llenas de espinas. Mamá me abrazaba en el suelo y trataba de limpiarme las heridas y sonreí. Lo hice porque fue igual cuando monté en mi propio carrito de cajebola, tú lo había hecho para los dos. Los muchachos y yo echábamos competencia y el ruido desde la calzada molestaba a los vecinos y al salir uno de ellos que siempre nos echaba agua, yo traté de pararme en plena velocidad, lo hice y me fui de boca. Me rapé los codos y los labios, tú mi viejo, mandaste a comprar mentiolé, yo gritaba, ay... papá ya no me duele, papi, te digo que no me duele. Carlos Manuel se revolcaba de la risa. Sí que me hizo reír el recordar mi infancia, mamá se dio cuenta y con ternura abrazó más fuerte. Mi vida cambió, esta vez regresaba a los estudios, te había prometido terminar el último año del bachillerato. La razón de mi nueva actitud, fue por la promesa a Carlos Manuel de conseguirle Visa, nadie lo sabía, estaba contento, si mi hermano salía del país, yo podía volver con Julia. Los meses transcurrían y un día visitó nuestra casa aquel quien fuera una vez Síndico en los tiempos cuando trabajaba en el Ayuntamiento Municipal. Lograste junto a él la Visa de Carlos Manuel. Qué alegría, se hizo un baile y mientras gozaban, en la oscura habitación, aquella que había compartido desde la niñez con mi hermano, ahí donde unos años antes había perdido la inocencia, me reconcilié con Julia. Al claudicar la fiesta, reuniste a la familia y nos informaste de la hipoteca. La misión de Carlos Manuel, era trabajar y mandar dólares, lo suficiente y no perder la casa. Mi misión fue trabajar y mantener la familia, con esos fines alquilaste un terreno y compraste las cajas de herramientas. Fue lindo mi viejo, obsequiarme un taller.

Al emigrar Carlos del país, me aconsejaste, has esto y lo otro. Especialmente no podía seducir a mi prima. La familia la vigilaba, y cada día que pasaba era yo más temperamental, solitario y contradictorio. Controlaba a mi cuñada de una manera enfermiza. Nos veíamos fuera de la ciudad. Luego me sentí poseído de un apetito amoroso, fuerte y sano. Soñaba con una vida profesional e ir a la universidad. Tú mi viejo te oponías a ese modo de vida, me hablaba de Carlos Manuel, de mi madre, de los dólares, de no desear la mujer ajena. Pero quería estar con ella, Julia me transformaba en un ser encantador y gracioso; aunque en mí interior era duro y no aceptaba ningún compromiso. Eso siempre le molestó a mi prima, reprochaba que yo debía ser su marido, fui el primero en saber del embarazo y me lo había dicho para que la tomara como mujer. Pero no lo hice, ahora recuerdo a la familia, constantemente peleaba contra mí. Tío sacaba de vez en cuando un colín si no dejaba en paz a su hija, no lo hacía por ella, ni por la buena moral, sino por los cinco y diez dólares que le llegaban en cada carta. Se complicó más la relación familiar. Julia se mudó con sus padres y tú mi viejo me dabas fuerza y valor, siempre fuiste un ser bondadoso y dispuesto al sacrificio; no me dejaste solo. Los meses sin ella era un cielo sin ángeles y sin Dios. Estaba incómodo, era un pobre diablo lleno de ansiedad queriéndole demostrar a los demás que mi vida estaba llena de amor sin Julia. Esa actitud me enfermaba. Empecé a tomar, cada botella de alcohol sacaba el sufrimiento más profundo de mi alma, había maldecido tanto que creo haberla perdido, lo sacaba de allá, de aquel abismo oscuro y desdichado que estaba en mí. Así quería estar, que Julia supiera de mi sufrimiento. Varias veces recibí correspondencia en papelitos, recuerdo uno. “Mi amor no tome más, cada vez que me encuentro contigo así borracho, siento que mi amor por ti va muriendo. Siempre te he amado por ser alegre y trabajador”. Hasta tú mi viejo me admiraba por trabajador. El taller estaba abandonado y decidiste venderlo. Desde ese día el dinero escaseaba y era difícil un trago. Pensé, dejar la bebida y reconciliarme con la familia, ser más astuto y engañar a todos para verme a escondida con la mujer de mis sueños. Era tarde mi viejo, Julia estaba embarazada de Luis, de ese maldito que tanto golpes no habíamos dado desde niño. Él la mudó y Carlos Manuel dejó de escribir y de mandar los dólares. Tú casi enloqueciste al ver que nuestra casa hipotecada se iba a perder. Lloraste, hasta mamá lloró y nunca la había visto llorar. Yo enloquecí y vendía los ajuares de la casa y tomaba. Cada día era una eternidad, no llegaba el día de mi felicidad. Tomaba, tomaba mientras tú paseabas con tu nieta buscando ayuda con tus viejos amigos del Ayuntamiento, ninguno te pudo ayudar, ni el ex – síndico, ni la suerte. Desde lejos veía que lloraba en la habitación abrazando a tu nieta, abrazando quizá a mi hija, abrazando a la niña que yo nunca amé por estar buscando el amor de su madre. La niña era el único trofeo de amor en la familia. Tú lo sabías y la abrazaba junto a mamá cada vez que llegaba la mensualidad para el pago. Mamá escribía, todos los días mandaba sus cartas; pero Carlos Manuel no respondía.

Una noche enloqueciste, tenía que entregar la casa, el hogar de tu vida, el hogar que siempre soñaba con tu escobillón al hombro barriendo cada calzada y contén de cada barrio y sin ton ni son te sonríe la suerte, el número sesenta y siete te da lo soñado. No había forma, tus sueños no eran pesadillas sino la misma vida despedazándote poco a poco. Tomaste cada uno de los recibos de la hipoteca y con ellos incendiaste la casa, la gasolina distribuía las llamas mientras los gritos despertaba desde el fondo de mi conciencia embriagada, el pánico. Despertó en mí el temor a la muerte, aunque era ya un muerto que pasaba por la vida sin ton ni son. El incendio sumergía a la altura hacia la iluminación de sus llamas que a la vez me quemaba los ojos. En verdad, no desperté por los gritos, lo hice porque los ratones cruzaron sobre mí, escuché la voz de mi madre. Lloré, mamá donde está... donde está... Lo busqué a ambos y no los encontrabas, sólo escuchaba las voces de auxilio pero no podía hacer nada, el aire se desvanecía, el humo me provoca tos y mi piel no resistía el calor y me desmayé. No, no me había desmayado, vi a los bomberos socorrerme. Todo quedó en cenizas y con los muros ennegrecidos. Los amigos me decían que te sentabas a llorar y sin comer frente a la ruina. Mientras tú añorabas lo perdido papá, yo cumplía condena de veinte años. Por la ventana de la prisión observaba un edificio en construcción, “miren muchacho, a tres manzanas de allí vivía yo”. Los presos no se inmutaban; pero yo seguía mirando y traté de olvidar. No a mi madre que tanto lloró en el juicio pregonando mi inocencia. No pude olvidar a Julia y a tu nieta.

Las prisiones son duras, dicen que son para reformar y educar a los delincuentes. Solos los presos saben que están para castigarnos. Lo peor de la prisión no era estar enclaustrado sin salir al patio, era que cada domingo nunca llegaba visita. Las madres nunca abandonan a sus hijos sin importar si es un desgraciado; pero mi madre nunca fue, estaba enferma. Ocho años después me enteré de su muerte. Ese día lloré porque me parecía que había muerto en ese instante. Me acerqué a la ventana gritando, mamá... y vi un perro flacucho y sarnoso que buscaba de comer en un basurero, yo seguía gritando y llamaba a mi madre, ay madre mía no sabes cuantos te amé, ese día quería ser aquel perro y correr a donde ustedes, no quería se un perro para ser libre. Sin importar donde estuviera, sólo quería estar con ustedes papá, quería levantarte de esa esquina frente a la ruina de nuestro hogar y llevarte a volar chichigua, boxear y verte reír mi viejo. Pero no; mientras gritaba la muerte de mamá nada más escuchaba la queja del provot.

No piense que hoy te recuerdo sólo porque he salido de la cárcel o porque los mendigos tengan algún significado para mí, no papá. Lo que pasa es que hace media hora que te di la limosna y al no reconocerme porque tiene tu único ojo casi ciego por la quemadura, me ha cogido con llorar y recordar los buenos y los malos tiempos. Hace un rato cuando venía hacia acá recordaba la canción. Mi pueblo ya no es pueblo/ es una ciudad cualquiera/ con los edificios altos/ y con largas carreteras./ Mientras tarareaba vi a los lejos en una tienda de variedades a Julia ¿Quién podía saber el daño que nos hizo? Ahora te veo sentado en ese lugar donde estaba nuestra casa, detrás de ti una gran tienda de electrodoméstico y un señor fuerte de unos cuarenta y cinco años abrazándote y riéndose contigo. Te montas en su Mercedes Bentz y el hombre se detiene y mira a su alrededor con añoranza, de su cuello pende una cadena enorme y un medallón que dice Carlos. Adiós mi viejo, al fin has atrapado la suerte a tus sesenta y siete años de edad. Que te vayas bien y acuérdate que la vida normal es una falsa, no podemos seguir las ideas ajenas de hombres y mujeres plastificado por la sociedad. Viejo, aunque sean nuestros hijos.