Biografia:
Oriundo de Santiago de los Caballeros. Formado en Administración de Empresas y Contabilidad, con especialidad en Alta Gerencia y Maestría en Gerencia y Productividad, en las universidades UAPA y UNAPEC, respectivamente. Imparte docencia en la Escuela de Negocios de la Universidad Abierta para Adultos (UAPA) y en la Escuela de Graduados de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Es miembro activo del Taller de Narradores de Santiago. Cultiva los géneros del ensayo y la poesía. Ganador del segundo lugar del premio de ensayo Pedro Francisco Bonó de Funglode en el año 2013, por su obra "Aljaba de Mitos". Tiene un poemario inédito, titulado "Complicidades". Ha participado en talleres y seminarios relacionados con la creación literaria patrocinados por el Ministerio de Cultura, el Centro León y el Ateneo Insular, así como también en cursos de historia y estética del cine auspiciados por la DGCINE. Pertenece al Club de Cine del Centro de la Cultura de Santiago y al Cine Fórum de Casa de Arte. En su ciudad natal hace vida cultural de manera intensa.

LA PROMESA
El viejo Valentín deja reposar su
cansada anatomía en el desvencijado catre de su humilde vivienda.
Son incontables las diligencias que viene realizando desde que el
candidato ganó las elecciones. Le ha llamado con insistencia, pero
de forma recurrente escucha un aviso que le dice: “el número que
usted ha marcado no está en servicio.”
Atrás han quedado los agotadores
meses de una campaña electoral muy intensa, en la que el viejo
Valentín, miembro activo de la junta de vecinos de la barriada,
caminaba por todos los callejones, visitando casa por casa, en
ocasiones junto al candidato, vendiendo un programa de gobierno
basado en una serie de promesas atractivas: “cero delincuencia”,
“trabajos seguros”, “salud para todos”, “educación para el
pueblo”, “comida barata y buena”. Fueron muchos los “mano a
mano”, operativos médicos, sancochos improvisados, reuniones en
clubes e iglesias, que realizó.
Ahora, como paradoja del destino, el
viejo Valentín, se encuentra agobiado por los mismos males que
prometió erradicar el candidato. Los pocos bienes que tenía en su
casa fueron robados, la despensa de su vivienda está huérfana de
alimentos; no tiene un trabajo seguro, porque su educación no pasó
del octavo curso, y ya sus fuerzas no son las de la juventud. Aunque
su edad es de sólo 55 años, aparenta muchos más. Su cabeza luce
una cabellera poblada por completo de canas, su piel quemada por el
sol y llena de arrugas. Su boca con varios dientes ausentes.
El viejo Valentín cifraba toda su
confianza en el candidato, a quien conocía desde niño, pues
provenían del mismo campo. Cierto día se encontró con él, y éste
lo invitó a ser el encargado de campaña en su barriada. Le
prometió, que de ganar las elecciones, el sería su hombre de
confianza en la comunidad y que lo nombraría para hacer trabajo
social con la gente.
Bien, los meses han pasado y ya el
otrora candidato se encuentra en el poder. Y aquella promesa sigue
incumplida. La gente de la barriada pensaba que el viejo Valentín, a
estas horas, estaría disfrutando de las “mieles del poder”, y se
han cansado de visitarlo, procurando contactar mediante él, al
candidato que le hizo tantas promesas, y que al parecer se ha
olvidado de donde queda la dirección del populoso lugar que recorrió
palmo a palmo, en tiempos de campaña.
Y como consecuencia de que el
candidato se olvidó del viejo Valentín, y no lo nombró en la
posición prometida, los que decían ser sus amigos, se han ido
alejando, y ya no lo buscan, ni lo llaman y ni siquiera le responden
el saludo cuando lo ven en la calle. Le huyen como si estuviera
leproso.
Hasta los de la junta de vecinos le
han dado la espalda, y lo relevaron del puesto que ocupaba en ella. Y
ahora se encuentra sin nada por qué vivir. Solo y sin esperanzas, no
tiene deseos de comer de los alimentos que la caridad pública le
hace llegar. Hasta tuvo que mudarse de su casa, por no poder pagar
el alquiler, a un sitio muy precario, que el mismo construyó con
cartón y tablas de tejamaní, con un precario techo, que no es
suficiente protección para la lluvia y el frío. Esto le ha
acentuado una gripe que parece eterna.
Para hacerse de unos pocos pesos con
los cuales amortiguar el hambre, se ha dedicado al reciclaje de
objetos, de esos que las personas tiran a la basura. Se ha hecho de
una vieja carretilla con lo cual hace su recorrido por toda la
ciudad, recolectando cartones, galones y botellas vacías, tanto de
vidrio, como de plástico.
Cierto día, amenazada la zona por una
creciente inundación de la cañada que los circundaba, los
comunitarios comienzan a visitar a todos los que estaban en la zona
de peligro, tocan insistentemente la puerta del improvisado refugio
del viejo Valentín. Al no responder, se ven precisados a derribarla,
encontrándolo acostado en su catre, asido a un cuadro de la virgen
de la Altagracia, delirando de fiebre, balbuceando expresiones
ininteligibles y con la respiración entrecortada y agónica.
Rápidamente llaman a los de la defensa civil, para sacarlo con una
camilla. Al levantar su escuálida anatomía, se observa un gastado
afiche debajo de él, con el rostro sonriente del candidato que dice:
ESTOY CONTIGO.
EL
MITO DE SÍSIFO
El
que el hombre sea consciente de su finitud lo lleva a filosofar. Y
una de las cuestiones en que más cavila la mente humana es la
relacionada con la razón de nuestra existencia, la cual está llena
de avatares, desde el nacimiento hasta el sepulcro. Esta inquietud no
es nueva, y también fue planteada por los antiguos griegos, quienes
elaboraron un relato mitológico, el mito de Sísifo, el cual motiva
la siguiente reflexión.
En
la mitología griega, Sísifo, era un astuto rey de Corinto, quien
con sus mañas llegó a engañar hasta al dios de la muerte, a quien
logró apresar, y por todo el tiempo en que lo tuvo encerrado nadie
murió en el mundo. Esto trajo desconcierto y preocupación en el
inframundo, y apelaron al padre de los dioses, Júpiter, para que
restaurara el orden natural de las cosas. Sísifo no tuvo otra
alternativa que ceder y se preparó para irse con la Muerte, pero una
vez más actúa con astucia, y le dijo a su esposa que no le hiciese
funerales. Esa era una estratagema que le permitiría lamentarse en
los infiernos de que no le habían hecho las honras debidas, y así
poder volver de nuevo a la tierra. Tanto fue su lamento que le
permitieron retornar al mundo por un breve tiempo, pero no cumplió
con lo acordado y se le fugó a la Muerte. Ya viejo, y cansado de
andar fugitivo, no pudo seguir engañando a la Muerte y nuevamente
fue arrastrado a los infiernos. Allá, el dios de ese lugar, Plutón,
que no había olvidado al fugitivo, decidió castigarlo de una forma
que no pudiera escapar, imponiéndole la severa penitencia de subir
una enorme piedra a la cúspide de una montaña, y cuando estuviera
llegando a la meta, la piedra se le deslizaría y tendría que volver
de nuevo a su punto de origen. Así que una y otra vez, por toda la
eternidad, tendría Sísifo que volver a acometer esa ardua tarea
sujeta a futilidad y hastío.
Este
absurdo castigo representa muy bien la existencia del hombre sobre la
tierra, la cual está sujeta a un ciclo de nacer, crecer,
reproducirse y morir. Siendo su muerte igual a la de un animal. Por
ello, al igual que Sísifo tratamos de burlarnos de la muerte, y
usamos cuantos medios sean posibles para retrasar el proceso del
envejecimiento. Hasta en un lecho de enfermo se escucha a personas
casi centenarias increpar a sus hijos sobre si lo van a dejar morir,
porque notan que todavía no lo han llevado al médico.
Lo
cierto es que ni el más astuto de los hombres puede escapar a ese
destino. A la única verdad: todo el que nace, muere. Lo único
eterno y lo único seguro es la muerte. Y la única vida que existe y
que puede comprobarse, es la de antes de la muerte. Por ello es que
en ese breve paréntesis, desde el nacimiento, hasta la muerte,
buscamos maneras de perpetuarnos, sea labrándonos un nombre o
teniendo descendencia. Hay quienes como los faraones del antiguo
Egipto, elaboran fastuosos mausoleos, pues son sabedores de que esa
es su casa de larga duración, y sienten la necesidad de proyectar su
nombre a través de las siguientes generaciones.
Pero
aún así, el ser humano sigue teniéndole pavor a lo desconocido, y
para atenuar ese temor recurre a la ciencia, buscando una explicación
racional, o a la religión, buscando darle sentido a la existencia.
Con ésta última nos
llenamos
de esperanza de que esta vida no es todo lo que hay, que existe un
más allá, mejor que la vida presente. Algo muy hipotético, pues
nadie ha regresado para dar testimonio de esa vida futura.
Lo
cierto es que por más vuelta que se le busque, el derrotero del
hombre es semejante al de Sísifo, un eterno retorno, esforzarse para
volver al punto de origen. Encadenados a lo absurdo y sin sentido.
El
estar conscientes de esta realidad produce agobio, como si
estuviéramos llevando una carga pesada subiéndola por una cuesta
muy empinada. En el caso de Sísifo, solo en el instante breve en que
la piedra se deslizaba al vacío, el podía sentir un poco de alivio,
pues acariciaba la meta anhelada, la de que por fin la piedra llegara
a su destino. Y en nuestro caso, ya en el umbral de la muerte, en ese
breve momento en que expiramos, es que llegamos a entregarnos, como
hizo Sísifo, quien no pudo ser un eterno fugitivo de la Muerte, y
eso puede producir cierta conformidad.
Es
en esa hora de la verdad cuando llegamos a comprender que nada
tenemos, que nos vamos tan desnudos como vinimos. Que vivimos no como
debimos, sino como pudimos, y eso nos quita un fardo enorme de
encima. Sentimos que ya hemos saldado todas nuestras cuentas. De
hecho, la pena mayor con la que se puede castigar al criminal más
grande es la llamada pena capital, donde el acusado se le quita la
vida. Ya con eso queda satisfecha la justicia humana. Por eso es que,
tras la muerte, dejan de haber culpables, y conscientes de ese hecho,
muchos de los que sobreviven tienden a ser indulgentes con aquellos
que mueren.
Entonces,
ya que no podemos huir de la Muerte, debemos encontrar una razón
para vivir cada día, para así esperar la muerte sin miedos y
satisfechos. Que aunque la vida sea incomprensible y caótica, aún
así debemos vivirla y rodearnos de cierto orden, comportándonos de
acuerdo a nuestra conciencia.
La
tarea asignada a Sísifo, tan envuelta en el sin sentido, es a su vez
una especie de ancla para este, pues sabe que lo único que tiene en
realidad es esa piedra pesada, y no necesita nada más. Nosotros
también debemos aceptar la piedra que nos ha tocado y no frustrarnos
por no poder realizar todos nuestros anhelos. Nadie logra todo lo que
quiere. Se necesitarían muchas vidas para lograr la plenitud de
nuestros proyectos.
Saquémosle
provecho a cada día. Como se dice coloquialmente, la vida son dos
días, y uno de ellos es nublado. No dejemos que el miedo nos
paralice. Reflexionemos en el destino que está sujeta toda la
humanidad, no con el fin de torturarnos y mortificarnos antes de
tiempo, sino para crear conciencia de vivir cada uno de nuestros días
de una manera que el día que nos toque partir lo hagamos con una
buena medida de satisfacción de que hicimos, no tanto lo que
debimos, sino lo que pudimos. Ese será el momento en que de verdad
sentiremos la verdadera redención con la entrega de nuestro último
aliento.
EL
MITO DE PROMETEO
La
humanidad desde siempre se ha encontrado en un constante conflicto
entre la luz y la oscuridad, entre la libertad y la esclavitud, entre
la consciencia y la inconsciencia. Nos sentimos como prisioneros en
un cuerpo sujeto a corrupción. Con facultades creadoras dignas de un
Dios, pero encerrados en un vaso muy frágil, hecho de carne y hueso.
Esta
realidad ha marcado el carácter del hombre, y lo ha hecho un eterno
inconforme con la realidad que le rodea, buscando afanosamente
transformarla, cual si fuera un Dios creador. Precisamente sobre este
conflicto, trata un antiguo mito griego, el de Prometeo.
Prometeo
era un descendiente de los dioses que era muy afín con la humanidad,
y para beneficiarlos, en un acto de coraje, se atrevió a robar el
fuego, y enseñar a los mortales a utilizarlo. Con el fuego en su
poder, el ser humano se le hizo más fácil transformar el medio
ambiente y saciar la necesidad de luz y calor en las horas de la
noche. Además de que permitió mayor sociabilidad y transmisión de
conocimientos al permitir que grupos de personas se reunieran
alrededor de fogatas que le brindaban luz y calor.
Esa
acción inconsulta de Prometeo le hizo objeto del odio de los dioses,
quienes le castigaron de varias maneras. La primera fue haciéndole
una mujer de arcilla, de nombre Pandora, la cual era portadora de una
caja con todas las desgracias y males que oprimirían a la humanidad.
Era esta una forma de los dioses vengarse de la humanidad, y hacer
sufrir a su protector Prometeo. A este último le castigaron
directamente al llevarlo a una de las montañas del Cáucaso, donde
lo encadenaron y asignaron a un águila que le devorara el hígado,
pero como era inmortal, el hígado vuelve a nacerle cada noche, y
entonces, al día siguiente, de nuevo el águila volviera a
comérselo. Felizmente, el héroe y semidiós Hércules, al pasar por
el lugar, mató al águila y liberó a Prometeo de su suplicio.
El
mito de Prometeo sintetiza o resume el eterno conflicto entre el
hombre y Dios. Prometeo representa una humanidad rebelde, luchadora,
sagaz, y ambiciosa, que busca calzarse los zapatos de Dios. El crimen
de Prometeo consistió en haber tratado de enseñar a la humanidad a
comportarse como dioses, y que un día pudieran llegar a superarlos,
pues al darles a conocer los secretos del fuego, podían ejercer
dominio sobre la naturaleza y conocerse mejor a sí mismos.
Un
aspecto que revela este mito es la constante lucha entre la luz y la
oscuridad. Que bien pueden equipararse al conflicto entre el
conocimiento y la ignorancia. Ciertos sectores de poder siempre han
conspirado para mantener a las masas en tinieblas, pues saben bien
que la persona que es ignorante es más fácil de manipular y entrega
su voluntad a cambio de alguna recompensa material. Por eso es que
son dignos de encomio los “Prometeos” que son capaces de
compartir conocimientos que están vedados a la generalidad de la
humanidad. Dotando a esta del “fuego”, de la “luz” del
conocimiento, que les permitirá romper sus cadenas, y dar pasos
firmes en la tarea de transformarse a sí misma y al entorno que la
rodea.
El
contraste que se observa entre la libertad y la esclavitud es
palpable en este mito. Antes del hombre conocer los secretos del
fuego y dominarlos, estaba sujeto a la voluntad de seres invisibles a
los que llamaba dioses. Esos eran los que provocaban el fuego cuando
caían rayos. Al hombre no le era posible reproducir ese fenómeno.
Es a partir del descubrimiento de cómo hacer el fuego que el hombre
da un salto exponencial que lo convierte en un dominador de la
naturaleza, en un creador o modificador de su entorno, que hasta ese
momento era inexpugnable. Logró además aminorar los miedos y
terrores que provocaban las tinieblas, poder establecerse en lugares
de clima frío, moldear armas de metal para hacerse más eficiente en
sus labores de cacería, cocer los alimentos (este aspecto
singulariza al hombre del resto de los animales), fabricar objetos
artesanales y protegerse de las bestias que merodeaban por las
noches. Por lo tanto se puede considerar a ese hecho como uno de los
más sobresalientes del discurrir humano sobre la tierra. Un
acontecimiento que le dio plena libertad al hombre, pues ya no tenía
que esperar a que un fenómeno natural, como un rayo, provocara el
fuego, por primera vez tenía el control y dominio de este. Era un
ser libre y autónomo.
Con
relación a la consciencia y la inconsciencia, hay puntos valiosos
que nos revela este antiguo mito. El hombre, gracias a la conquista
del fuego, se diferencia de todos los otros seres que pueblan el
planeta. Demuestra su inteligencia, inconformidad y curiosidad
portentosas. Se distingue además por
ser
consciente de su entorno e individualidad. No es un ente pasivo.
Lucha contra la adversidad y busca superarla. Es interesante que el
nombre Prometeo significa: “pensamiento previsor”, y este tipo de
pensar es una característica de esos seres humanos emprendedores que
han abierto el camino y han hecho posible los grandes avances de que
disfrutamos hoy día.
El
mito de Prometeo describe de forma muy certera la tendencia inherente
que tenemos, que nos impulsa a querer saber, a querer entender, a
querer hacer. Buscamos superarnos, ser mejores que nuestros
antecesores, derribar todas las barreras y desafíos que se nos
presenten. Somos seres libres, con voluntad propia, en nuestro
interior bulle el alma de un dios creador, que busca manifestarse de
manera tangible. El hecho de que seamos finitos en modo alguno nos
retrae, más bien nos acicatea el alma para llegar a donde más nadie
ha llegado, aunque eso implique un desafío a los poderes fácticos.
Ese libre albedrío es la característica más preciada que gozamos,
y que nos hace superiores al resto de criaturas que moran sobre la
faz de la tierra. Por lo cual, aunque el castigo sea severo, el
hombre siempre estará dispuesto a pagarlo en pro del adelanto
científico, de vencer las tinieblas de la ignorancia, de llegar a
disfrutar de algo que es tan preciado como el aire que respiramos: la
libertad.