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jueves, 8 de octubre de 2020

Víctor Arcturus Estrella.

 

 

Víctor Arcturus Estrella, nace en Santiago de los Caballeros en el 1996. Licenciado en Psicología por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Es actor del primer elenco de Teatro Utopía, donde también ha asumido roles de director teatral y gestor cultural. Se ha formado y ha trabajado con profesionales de las artes escénicas de distintas partes del mundo, además de actuar en numerosas muestras y festivales nacionales e internacionales de teatro. Ha protagonizado cortometrajes que han competido en diversos festivales, entre los que se destacan New Orleans Film Festival y Outfest (ambos clasificatorios a los Oscar), entre otros. Como voz principal y compositor del grupo de hip-hop experimental La Ñapa, grabó los álbumes RD: Republica Decadente (2016) y Caribe (2018) así como el mixtape Dominivaina (201) y el EP 4 Más (2016). Sus cuentos han sido publicados en la antología Caleidoscopio, del Taller de Narradores de Santiago y en De Galipotes y Robots, primera selección narrativa de la Asociación Dominicana de Ficción Especulativa. Obtuvo mención de honor en el 1er Concurso Escolar de Cuento y Pintura de CORAASAN, así como también en el 24◦ Concurso de Cuentos de Radio Santa María. Ganador del segundo lugar en la categoría de cuento de los Premios Funglode 2018 y del tercer lugar en el 26◦ Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2020).

 


sábado, 3 de octubre de 2020

Marlon Anzellotti: Cuento: LA PROMESA y los ensayos: EL MITO DE SÍSIFO y EL MITO DE PROMETEO

 

Biografia:

 Oriundo de Santiago de los Caballeros. Formado en Administración de Empresas y Contabilidad, con especialidad en Alta Gerencia y Maestría en Gerencia y Productividad, en las universidades UAPA y UNAPEC, respectivamente. Imparte docencia en la Escuela de Negocios de la Universidad Abierta para Adultos (UAPA) y en la Escuela de Graduados de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA). Es miembro activo del Taller de Narradores de Santiago. Cultiva los géneros del ensayo y la poesía. Ganador del segundo lugar del premio de ensayo Pedro Francisco Bonó de Funglode en el año 2013, por su obra "Aljaba de Mitos". Tiene un poemario inédito, titulado "Complicidades". Ha participado en talleres y seminarios relacionados con la creación literaria patrocinados por el Ministerio de Cultura, el Centro León y el Ateneo Insular, así como también en cursos de historia y estética del cine auspiciados por la DGCINE. Pertenece al Club de Cine del Centro de la Cultura de Santiago y al Cine Fórum de Casa de Arte. En su ciudad natal hace vida cultural de manera intensa.

 

LA PROMESA

  El viejo Valentín deja reposar su cansada anatomía en el desvencijado catre de su humilde vivienda. Son incontables las diligencias que viene realizando desde que el candidato ganó las elecciones. Le ha llamado con insistencia, pero de forma recurrente escucha un aviso que le dice: “el número que usted ha marcado no está en servicio.”

Atrás han quedado los agotadores meses de una campaña electoral muy intensa, en la que el viejo Valentín, miembro activo de la junta de vecinos de la barriada, caminaba por todos los callejones, visitando casa por casa, en ocasiones junto al candidato, vendiendo un programa de gobierno basado en una serie de promesas atractivas: “cero delincuencia”, “trabajos seguros”, “salud para todos”, “educación para el pueblo”, “comida barata y buena”. Fueron muchos los “mano a mano”, operativos médicos, sancochos improvisados, reuniones en clubes e iglesias, que realizó.

Ahora, como paradoja del destino, el viejo Valentín, se encuentra agobiado por los mismos males que prometió erradicar el candidato. Los pocos bienes que tenía en su casa fueron robados, la despensa de su vivienda está huérfana de alimentos; no tiene un trabajo seguro, porque su educación no pasó del octavo curso, y ya sus fuerzas no son las de la juventud. Aunque su edad es de sólo 55 años, aparenta muchos más. Su cabeza luce una cabellera poblada por completo de canas, su piel quemada por el sol y llena de arrugas. Su boca con varios dientes ausentes.

El viejo Valentín cifraba toda su confianza en el candidato, a quien conocía desde niño, pues provenían del mismo campo. Cierto día se encontró con él, y éste lo invitó a ser el encargado de campaña en su barriada. Le prometió, que de ganar las elecciones, el sería su hombre de confianza en la comunidad y que lo nombraría para hacer trabajo social con la gente.

Bien, los meses han pasado y ya el otrora candidato se encuentra en el poder. Y aquella promesa sigue incumplida. La gente de la barriada pensaba que el viejo Valentín, a estas horas, estaría disfrutando de las “mieles del poder”, y se han cansado de visitarlo, procurando contactar mediante él, al candidato que le hizo tantas promesas, y que al parecer se ha olvidado de donde queda la dirección del populoso lugar que recorrió palmo a palmo, en tiempos de campaña.

Y como consecuencia de que el candidato se olvidó del viejo Valentín, y no lo nombró en la posición prometida, los que decían ser sus amigos, se han ido alejando, y ya no lo buscan, ni lo llaman y ni siquiera le responden el saludo cuando lo ven en la calle. Le huyen como si estuviera leproso.

Hasta los de la junta de vecinos le han dado la espalda, y lo relevaron del puesto que ocupaba en ella. Y ahora se encuentra sin nada por qué vivir. Solo y sin esperanzas, no tiene deseos de comer de los alimentos que la caridad pública le hace llegar. Hasta tuvo que mudarse de su casa, por no poder pagar el alquiler, a un sitio muy precario, que el mismo construyó con cartón y tablas de tejamaní, con un precario techo, que no es suficiente protección para la lluvia y el frío. Esto le ha acentuado una gripe que parece eterna.

Para hacerse de unos pocos pesos con los cuales amortiguar el hambre, se ha dedicado al reciclaje de objetos, de esos que las personas tiran a la basura. Se ha hecho de una vieja carretilla con lo cual hace su recorrido por toda la ciudad, recolectando cartones, galones y botellas vacías, tanto de vidrio, como de plástico.

Cierto día, amenazada la zona por una creciente inundación de la cañada que los circundaba, los comunitarios comienzan a visitar a todos los que estaban en la zona de peligro, tocan insistentemente la puerta del improvisado refugio del viejo Valentín. Al no responder, se ven precisados a derribarla, encontrándolo acostado en su catre, asido a un cuadro de la virgen de la Altagracia, delirando de fiebre, balbuceando expresiones ininteligibles y con la respiración entrecortada y agónica. Rápidamente llaman a los de la defensa civil, para sacarlo con una camilla. Al levantar su escuálida anatomía, se observa un gastado afiche debajo de él, con el rostro sonriente del candidato que dice: ESTOY CONTIGO.

 


EL MITO DE SÍSIFO

El que el hombre sea consciente de su finitud lo lleva a filosofar. Y una de las cuestiones en que más cavila la mente humana es la relacionada con la razón de nuestra existencia, la cual está llena de avatares, desde el nacimiento hasta el sepulcro. Esta inquietud no es nueva, y también fue planteada por los antiguos griegos, quienes elaboraron un relato mitológico, el mito de Sísifo, el cual motiva la siguiente reflexión.

En la mitología griega, Sísifo, era un astuto rey de Corinto, quien con sus mañas llegó a engañar hasta al dios de la muerte, a quien logró apresar, y por todo el tiempo en que lo tuvo encerrado nadie murió en el mundo. Esto trajo desconcierto y preocupación en el inframundo, y apelaron al padre de los dioses, Júpiter, para que restaurara el orden natural de las cosas. Sísifo no tuvo otra alternativa que ceder y se preparó para irse con la Muerte, pero una vez más actúa con astucia, y le dijo a su esposa que no le hiciese funerales. Esa era una estratagema que le permitiría lamentarse en los infiernos de que no le habían hecho las honras debidas, y así poder volver de nuevo a la tierra. Tanto fue su lamento que le permitieron retornar al mundo por un breve tiempo, pero no cumplió con lo acordado y se le fugó a la Muerte. Ya viejo, y cansado de andar fugitivo, no pudo seguir engañando a la Muerte y nuevamente fue arrastrado a los infiernos. Allá, el dios de ese lugar, Plutón, que no había olvidado al fugitivo, decidió castigarlo de una forma que no pudiera escapar, imponiéndole la severa penitencia de subir una enorme piedra a la cúspide de una montaña, y cuando estuviera llegando a la meta, la piedra se le deslizaría y tendría que volver de nuevo a su punto de origen. Así que una y otra vez, por toda la eternidad, tendría Sísifo que volver a acometer esa ardua tarea sujeta a futilidad y hastío.

Este absurdo castigo representa muy bien la existencia del hombre sobre la tierra, la cual está sujeta a un ciclo de nacer, crecer, reproducirse y morir. Siendo su muerte igual a la de un animal. Por ello, al igual que Sísifo tratamos de burlarnos de la muerte, y usamos cuantos medios sean posibles para retrasar el proceso del envejecimiento. Hasta en un lecho de enfermo se escucha a personas casi centenarias increpar a sus hijos sobre si lo van a dejar morir, porque notan que todavía no lo han llevado al médico.

Lo cierto es que ni el más astuto de los hombres puede escapar a ese destino. A la única verdad: todo el que nace, muere. Lo único eterno y lo único seguro es la muerte. Y la única vida que existe y que puede comprobarse, es la de antes de la muerte. Por ello es que en ese breve paréntesis, desde el nacimiento, hasta la muerte, buscamos maneras de perpetuarnos, sea labrándonos un nombre o teniendo descendencia. Hay quienes como los faraones del antiguo Egipto, elaboran fastuosos mausoleos, pues son sabedores de que esa es su casa de larga duración, y sienten la necesidad de proyectar su nombre a través de las siguientes generaciones.

Pero aún así, el ser humano sigue teniéndole pavor a lo desconocido, y para atenuar ese temor recurre a la ciencia, buscando una explicación racional, o a la religión, buscando darle sentido a la existencia. Con ésta última nos

llenamos de esperanza de que esta vida no es todo lo que hay, que existe un más allá, mejor que la vida presente. Algo muy hipotético, pues nadie ha regresado para dar testimonio de esa vida futura.

Lo cierto es que por más vuelta que se le busque, el derrotero del hombre es semejante al de Sísifo, un eterno retorno, esforzarse para volver al punto de origen. Encadenados a lo absurdo y sin sentido.

El estar conscientes de esta realidad produce agobio, como si estuviéramos llevando una carga pesada subiéndola por una cuesta muy empinada. En el caso de Sísifo, solo en el instante breve en que la piedra se deslizaba al vacío, el podía sentir un poco de alivio, pues acariciaba la meta anhelada, la de que por fin la piedra llegara a su destino. Y en nuestro caso, ya en el umbral de la muerte, en ese breve momento en que expiramos, es que llegamos a entregarnos, como hizo Sísifo, quien no pudo ser un eterno fugitivo de la Muerte, y eso puede producir cierta conformidad.

Es en esa hora de la verdad cuando llegamos a comprender que nada tenemos, que nos vamos tan desnudos como vinimos. Que vivimos no como debimos, sino como pudimos, y eso nos quita un fardo enorme de encima. Sentimos que ya hemos saldado todas nuestras cuentas. De hecho, la pena mayor con la que se puede castigar al criminal más grande es la llamada pena capital, donde el acusado se le quita la vida. Ya con eso queda satisfecha la justicia humana. Por eso es que, tras la muerte, dejan de haber culpables, y conscientes de ese hecho, muchos de los que sobreviven tienden a ser indulgentes con aquellos que mueren.

Entonces, ya que no podemos huir de la Muerte, debemos encontrar una razón para vivir cada día, para así esperar la muerte sin miedos y satisfechos. Que aunque la vida sea incomprensible y caótica, aún así debemos vivirla y rodearnos de cierto orden, comportándonos de acuerdo a nuestra conciencia.

La tarea asignada a Sísifo, tan envuelta en el sin sentido, es a su vez una especie de ancla para este, pues sabe que lo único que tiene en realidad es esa piedra pesada, y no necesita nada más. Nosotros también debemos aceptar la piedra que nos ha tocado y no frustrarnos por no poder realizar todos nuestros anhelos. Nadie logra todo lo que quiere. Se necesitarían muchas vidas para lograr la plenitud de nuestros proyectos.

Saquémosle provecho a cada día. Como se dice coloquialmente, la vida son dos días, y uno de ellos es nublado. No dejemos que el miedo nos paralice. Reflexionemos en el destino que está sujeta toda la humanidad, no con el fin de torturarnos y mortificarnos antes de tiempo, sino para crear conciencia de vivir cada uno de nuestros días de una manera que el día que nos toque partir lo hagamos con una buena medida de satisfacción de que hicimos, no tanto lo que debimos, sino lo que pudimos. Ese será el momento en que de verdad sentiremos la verdadera redención con la entrega de nuestro último aliento.

 


EL MITO DE PROMETEO

La humanidad desde siempre se ha encontrado en un constante conflicto entre la luz y la oscuridad, entre la libertad y la esclavitud, entre la consciencia y la inconsciencia. Nos sentimos como prisioneros en un cuerpo sujeto a corrupción. Con facultades creadoras dignas de un Dios, pero encerrados en un vaso muy frágil, hecho de carne y hueso.

Esta realidad ha marcado el carácter del hombre, y lo ha hecho un eterno inconforme con la realidad que le rodea, buscando afanosamente transformarla, cual si fuera un Dios creador. Precisamente sobre este conflicto, trata un antiguo mito griego, el de Prometeo.

Prometeo era un descendiente de los dioses que era muy afín con la humanidad, y para beneficiarlos, en un acto de coraje, se atrevió a robar el fuego, y enseñar a los mortales a utilizarlo. Con el fuego en su poder, el ser humano se le hizo más fácil transformar el medio ambiente y saciar la necesidad de luz y calor en las horas de la noche. Además de que permitió mayor sociabilidad y transmisión de conocimientos al permitir que grupos de personas se reunieran alrededor de fogatas que le brindaban luz y calor.

Esa acción inconsulta de Prometeo le hizo objeto del odio de los dioses, quienes le castigaron de varias maneras. La primera fue haciéndole una mujer de arcilla, de nombre Pandora, la cual era portadora de una caja con todas las desgracias y males que oprimirían a la humanidad. Era esta una forma de los dioses vengarse de la humanidad, y hacer sufrir a su protector Prometeo. A este último le castigaron directamente al llevarlo a una de las montañas del Cáucaso, donde lo encadenaron y asignaron a un águila que le devorara el hígado, pero como era inmortal, el hígado vuelve a nacerle cada noche, y entonces, al día siguiente, de nuevo el águila volviera a comérselo. Felizmente, el héroe y semidiós Hércules, al pasar por el lugar, mató al águila y liberó a Prometeo de su suplicio.

El mito de Prometeo sintetiza o resume el eterno conflicto entre el hombre y Dios. Prometeo representa una humanidad rebelde, luchadora, sagaz, y ambiciosa, que busca calzarse los zapatos de Dios. El crimen de Prometeo consistió en haber tratado de enseñar a la humanidad a comportarse como dioses, y que un día pudieran llegar a superarlos, pues al darles a conocer los secretos del fuego, podían ejercer dominio sobre la naturaleza y conocerse mejor a sí mismos.

Un aspecto que revela este mito es la constante lucha entre la luz y la oscuridad. Que bien pueden equipararse al conflicto entre el conocimiento y la ignorancia. Ciertos sectores de poder siempre han conspirado para mantener a las masas en tinieblas, pues saben bien que la persona que es ignorante es más fácil de manipular y entrega su voluntad a cambio de alguna recompensa material. Por eso es que son dignos de encomio los “Prometeos” que son capaces de compartir conocimientos que están vedados a la generalidad de la humanidad. Dotando a esta del “fuego”, de la “luz” del conocimiento, que les permitirá romper sus cadenas, y dar pasos firmes en la tarea de transformarse a sí misma y al entorno que la rodea.

El contraste que se observa entre la libertad y la esclavitud es palpable en este mito. Antes del hombre conocer los secretos del fuego y dominarlos, estaba sujeto a la voluntad de seres invisibles a los que llamaba dioses. Esos eran los que provocaban el fuego cuando caían rayos. Al hombre no le era posible reproducir ese fenómeno. Es a partir del descubrimiento de cómo hacer el fuego que el hombre da un salto exponencial que lo convierte en un dominador de la naturaleza, en un creador o modificador de su entorno, que hasta ese momento era inexpugnable. Logró además aminorar los miedos y terrores que provocaban las tinieblas, poder establecerse en lugares de clima frío, moldear armas de metal para hacerse más eficiente en sus labores de cacería, cocer los alimentos (este aspecto singulariza al hombre del resto de los animales), fabricar objetos artesanales y protegerse de las bestias que merodeaban por las noches. Por lo tanto se puede considerar a ese hecho como uno de los más sobresalientes del discurrir humano sobre la tierra. Un acontecimiento que le dio plena libertad al hombre, pues ya no tenía que esperar a que un fenómeno natural, como un rayo, provocara el fuego, por primera vez tenía el control y dominio de este. Era un ser libre y autónomo.

Con relación a la consciencia y la inconsciencia, hay puntos valiosos que nos revela este antiguo mito. El hombre, gracias a la conquista del fuego, se diferencia de todos los otros seres que pueblan el planeta. Demuestra su inteligencia, inconformidad y curiosidad portentosas. Se distingue además por

ser consciente de su entorno e individualidad. No es un ente pasivo. Lucha contra la adversidad y busca superarla. Es interesante que el nombre Prometeo significa: “pensamiento previsor”, y este tipo de pensar es una característica de esos seres humanos emprendedores que han abierto el camino y han hecho posible los grandes avances de que disfrutamos hoy día.

El mito de Prometeo describe de forma muy certera la tendencia inherente que tenemos, que nos impulsa a querer saber, a querer entender, a querer hacer. Buscamos superarnos, ser mejores que nuestros antecesores, derribar todas las barreras y desafíos que se nos presenten. Somos seres libres, con voluntad propia, en nuestro interior bulle el alma de un dios creador, que busca manifestarse de manera tangible. El hecho de que seamos finitos en modo alguno nos retrae, más bien nos acicatea el alma para llegar a donde más nadie ha llegado, aunque eso implique un desafío a los poderes fácticos. Ese libre albedrío es la característica más preciada que gozamos, y que nos hace superiores al resto de criaturas que moran sobre la faz de la tierra. Por lo cual, aunque el castigo sea severo, el hombre siempre estará dispuesto a pagarlo en pro del adelanto científico, de vencer las tinieblas de la ignorancia, de llegar a disfrutar de algo que es tan preciado como el aire que respiramos: la libertad.





jueves, 24 de septiembre de 2020

NAPOLEON PEÑA: ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO y los CUENTOS: LA MARATONISTA Y EL LADRÓN


 Es miembro del taller de narradores de Santiago.
Nació en Santiago, egresado de la universidad UTESA donde fue diplomado como psicólogo clínico en 1989, luego en el 1992 ingreso a la escuela neijing  especializada en medicina tradicional china que usa como recurso la plantas medicinales, masajes,Gigong, acupuntura y moxibustion y como marco teórico la filosofía taoísta, donde adquiere el titulo de psicólogo energético.
Cuenta en su haber desde su graduación contante seminarios práctico en su país y en España, Colombia, Venezuela, Argentina, Uruguay , Turquía, y Perú; donde trabajó con los indígenas capacitándolos y enseñándoles acupuntura.
Es miembro activo de la escuela neijing en Santiago, fue director del programa Psicoeducativo musical en la emisora radial Libertad llamado: Mariposa parlante.

1-ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO

2- LA MARATONISTA

3- EL LADRÓN 


ASPECTO CULTURAL DEL ÑONGO – ÑONGO.

Todo lo que habla el hombre es cultura, mientras màs cultura adquieres, más facilidades tienes para resolver cualquier tipo de inconveniencia que te encuentres en el camino. La cultura se te convierte… porque la cultura es como un jabón de mente, mientras más enjabonada tienes tu mente, más facilidades tendrás para desarrollarte en el camino o en la vida – en la vida que te toca vivir, en el ambiente que estás.-

La cultura, lo que hace es que te limpia, te limpia, te abre los sesos para que tengas mà opciones.

La vida es como una carretera que todo el mundo va para un sitio – ese sitio nada más eres tú el que lo sabes-, es como si a todo el mundo le dijeran que tiene que ir a un determinado sitio. Pero, en ese camino, tú te vas a encontrar con muchas dificultades y mientras más cultura tú tienes, más fácil será la solución de las dificultades.

 

Mientras más amplificas tu conocimientos, más facilidades tendrás tú para cumplir meta.

Uno de los problemas del hombre es que se queda enganchado. Porque la vida es como un a carretera, que necesita ser recorrida, sin quedarse enganchado en una estación. Es como si en tu camino le das una bola a alguien y esa persona te resulta muy interesante, pero ¿qué pasa? Que esa persona no va para el sitio que tú vas, y llega un momento que tienes que dejar a esa persona ahí, porque ya no va a más. O tiene que desmontarse porque hasta allí es que ella llegaba. Y tú, tienes que seguir el tuyo, tu camino.

Ésa es una de las grandes dificultades de las personas. Que, en su viaje, las personas se quedan enganchadas en un determinado sitio o situación.

Por ejemplo, en el kilómetro dieciséis, venden agua fría con hielito. Y tú ya te quedas ahí porque ése es el mejor sitio. Y ya no quieres seguir caminando porque tú te sientes bien ahí. Entonces la cosa es que sí, feliz, yo me siento feliz en el kilométro dieciséis. Pero tienes que entender que tú tienes que seguir. La vida es un camino que tú tienes que recorrer, y es personal. Y las cosas buenas que tú te encuentres en ese camino, son parte de tu camino, pero eso no quiere decir que tú tienes que quedarte enganchado en esa estación… Es -como lo que dicen los que saben- vivir e desapego.

Todo lo que habla el hombre es cultura, todo lo que comparte, todo lo que está a su vista es cultura, todo lo que vive… ¡Todo!: los bienes, las ideas, la música…

Hablar del amor y la aventura, reúne toda la vivencia y experiencia que tiene el hombre en su camino y por eso se llama así. Porque todo el mundo tien un amor … Y la aventura es todo lo que el hombre se encuentra…

La aventura es sinónimo a la cultura. Porque si yo te digo que todo lo que le pasa al hombre es es cultura, también la aventura es parte de la cultura. Porque si tú no tienes conocimiento de Dajabón -es una provincia que comparte la República Dominicana con Haití -, tú no te aventurarías a ir allá. Porque sabes que existe, entonces coge para allá.

O sea, que la misma cultura te lleva a la aventura y entre esa aventura aparece un amor. Porque el amor no tiene sitio, por eso tú no puedes iir a un sitio y decir ¡Déme dos libras de amor!… Entonces tú vives ese amor.

Sí, mi querido libro, tú sabes que la cultura es como un barril sin fondo y siempre quiere más y siempre quiere más. Entonces la gente te cuenta una cosa y eso que te cuenta esa persona te enriquece a ti. Porque tú no tienes que esperar a que te pase una cosa, para que tú sepas que existe esa cosa. Basta con que a uno le pase y te la cuenta, y ya, eso, te sirve a ti para tu viaje.

Por ejemplo, en la carretera hay un letrero que dice: 80 km por hora y tú te pasas de esa velocidad y te matas. Pues ya, cuando a mí me toque pasar por esa carretera y vea un letrero que dice 80 km, por hora o Curva cerrada.. Es cuento que me dijeron, me dice a mí que yo debo de ser obediente a esa señal que dice ahí.

Por eso mucha gente no completa el tiempo de vida que le toca vivir aquí, porque son unos desobedientes. Y no solamente a eso, sino a todo.

Cada quien trae su camino impreso, trae su carta de ruta -por así decirlo- Y, en es ruta, es que está comprendida su ruta entera y los años que le quedan por vivir.

Igual cómo eres tú. Porque tú te das cuenta de que eres un se organizadito, tienes tu corazón tus piernas… Tú luces completo, no te falta ningún pedacito. Entonces ¿por qué tú tienes que andar por el mundo obedeciendo lo que ya está establecido? Porque lo que está establecido lo ha puesto un ser humano que vino antes que tú. Y lo ha puesto ahí para que los otros que pasen por ahí, obedezcan… ¡y más si tiene que ver con propia vida!

 

LA MARATONISTA

 

 Esperanza vivía en una ciudad llamada Salta el Petíguere, era aficionada al deporte de campo y pista. Fue la primera por mucho tiempo en ganar medallas de oro en todas las olimpiadas que participaba.

Los triunfos que acumulaba crearon recelos entre los competidores quienes la aislaron  y la drogaron dejándola abandonada en una isla.  Despertó desorientada y corrió tratando de ubicarse.

 Para sorpresa de ella y gracias a sus habilidades de correr se encontró con un cazador.

Ella le cuenta lo ocurrido.  El la ayuda y juntos vuelven al camino que la conducirá a la playa de la isla para llegar a su destino.

Y cuando apareció vivita y coliando el pueblo se llenó de júbilo y vitoreaban “ llegó Esperanza la maratonista  y la cargaron y la llevaron por la calle de su querido pueblo salta el petiguere .


 Y  el sindico erigió una estatua en su honor en la plaza del pueblo.

 

EL LADRÓN .

 


 Pocholo el de la mano de seda  que le robaba las poesías a todos los poetas y todas las noches iba de bar en bar  a declamarle a todas las parejas que se encontraban allí.

Era  un buen descuidista, aprovechaba el descuido de la pareja que se emocionaban con su histriónico recitar, instante que aprovechaba para robarle cualquier objeto, no importaba el valor  del artículo, lo importante era coger algo así estaba de implicada su enfermedad. 

Y así se buscaba la vida recitando poemas de otros sin atreverse nunca a escribir un poema de su inspiración  y robando la que podía cada noche.

Pocholo vivía en una cuidad pequeña y cada noche recorría los mismos escenarios y siempre se sabía los mejores poemas de los grandes poetas.

Y así pasaron los años recitando poemas que no escribía. Por  temor a delatarse y robando todo lo que podía  nuestro poeta bribón  con la esperanza de robar algo de mucho valor para pensionarse y dejar de trabajar.  

Y de esta forma pocholo  el declamador y doblemente rata, vivía muy feliz haciendo su desconsiderada actividad social.

 Aunque muchas  personas que no estaban conforme con su forma de actuar, especialmente un  íntimo amigo  que presenciaba su conducta y era sus huellas, es decir las huellas del extraño salteador  que la dejaba  todas las noches de su casa a los bares y viceversa. Ya  tenían el amigo muchos años sufriendo tal situación.

 Las huellas que dejan nuestros pasos también piensan y le gustan hacer lo que piensan y por esta causa siempre le llamaban la atención a nuestro afrentoso  carterista.

Como buen desobediente que son los  delincuentes nunca le hacía caso a sus huellas y siempre volvía sobre sus pasos. Las huellas de pocholo  obediente a regañadientes volvían con él, pero cada vez su pasos era mas aburridos y desgarbados.

Todo siguió así hasta que una noche muy nublada y oscura éste desorientado por tal situación climática dirigió sus pasos hacia un camino desconocido y pensando que iba hacia los bares como de costumbre su huellas que tenían un buen tiempo esperando un momento, como  este tomaron posesión de su cerebro específicamente el área de los sentimientos y del lenguaje y lo llevaron hacia un cuartel de policía  y mas rápido que veloz, sus huellas lo llevaron al departamento de querella y estando allí frente al agente de turno de esa noche sus huellas actuaron  antes de que  despertara a su realidad, es decir que se diera cuenta  que se había extraviado.

Le presionaron a que este diera su nombre y confesara todas sus fechorías. Que por cierto tenía muchísimas querellas  puesta en su contra  bajo el simple nombre de que un tal poeta se le acercó y cuando éste se fué su cartera no estaba.

Y sin mediar palabra se oyó una voz muy fuerte que dijo  ¡tránquenlo!

Con trés de queso y un coconete, colorin colorado este cuento se ha acabado

 

El autor

Psicólogo, poeta, escritor 



 

 


 

sábado, 19 de septiembre de 2020

Sandra Tavarez, Cuentos: Silencio e Incontinencia

 

Sandra Tavárez (Santiago de los Caballeros, República Dominicana).

Licenciada en Contabilidad por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA).  Habla inglés, francés, italiano y portugués. Libros de cuentos publicados: Matemos a Laura (2010), Límite Invisible (2012) y En tiempos de vino blanco (2016).

Obtuvo Mención de honor en los siguientes concursos de cuentos: Primer Concurso de Cuentos sobre Béisbol, de la Secretaría de Estado de Cultura (2008), XVI Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2009), II Concurso de Cuentos sobre Béisbol de la Secretaría de Estado de Cultura (2009),  XXII Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2015) y en el  XIV Concurso de Cuentos de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña (2015).

Reconocimientos recibidos: “Joven Escritora” (2012), Taller Virgilio Díaz Gullón del Centro Universitario Regional de Santiago (CURSA-UASD). “Embajadora de la Paz” (2017), por la Federación por la Paz Universal. Medalla al Mérito Femenino Hermanas Mirabal (2018) por el colegio Padre Emiliano Tardif. Sus cuentos han sido incluidos en varias antologías. 

Perteneció al Sistema Nacional de Creadores Literarios (SINACREA). Es coordinadora del Taller Experimental de Literatura, de la Leal Logia Juan Pablo Duarte y es miembro del Taller de Narradores de Santiago.

 Cuentos:

1-Silencio 

2- Incontinencia


                                                                     Silencio

Mención de Honor, Concurso de Cuentos de la Alianza Cibaeña

Despierto, con la misma pesadez de todos los días. Ese deseo de permanecer inmóvil sobre la cama, de no abrir los ojos para no confirmar que el día ha comenzado. Trato de encontrar una frase dentro de mí, que me obligue a salir de este lecho. Finalmente, la encuentro y me levanto. Empieza la rutina, me aseo, elijo la camisa blanca, el pantalón gris, la corbata verde. ¿Por qué verde? Bueno no importa, termino de arreglarme y salgo de la habitación. El chofer del autobús escolar ha sonado la bocina por tercera vez, es casi una advertencia, los niños corren, los demás nos quedamos a la mesa, yo sólo tomo café y me marcho.

Al salir a la calle respiro profundo. Otro día, otro dólar. ¿Dónde habré escuchado eso? Tal vez en alguna película norteamericana. Aunque para mí no es seguro que signifique otro dólar, ni siquiera otro peso. Me dirijo a una entrevista de trabajo, por eso me inquieta la corbata verde. La oficina de reclutamiento no está lejos de aquí, decido ir caminando.

Al llegar, el guardián abre la puerta, lo saludo, pero no emito ningún sonido. Me asusto. Aún así avanzo hacia la recepcionista. Mi “buenos días”, no se escucha. Ella no parece notarlo. Me pregunta si soy el de la cita de las ocho, asiento con la cabeza. Me pasa un formulario y me señala una de las sillas del fondo para que lo llene.

Sentado, observo el papel como idiotizado, pasados unos minutos, otra joven viene a recoger el formulario, al ver que está en blanco, de manera dictatorial me espeta: “¿señor, está seguro que quiere aplicar para este puesto?” Vacilo. Me pongo de pie y me marcho.

El sol golpea mi cara con violencia, empiezo a deambular por las calles de la ciudad, buscando entre los transeúntes el sonido de mi voz, regreso a casa al final de la tarde. Trato de contarle a mi familia, lo que me ha ocurrido. Es un esfuerzo inútil. Cada uno está envuelto en su propio mundo. Mi hermano chateando por el celular, con amigos invisibles que tiene en Europa. Los niños peleando por una crayola verde y mamá en los quehaceres de la cocina. Nadie ha notado mi mutismo. Ni en la calle ni en la casa.


Al día siguiente, aún recostado sobre la cama, empiezo a contar como quien está probando un micrófono: “uno, uno, uno”. Nada. Salgo a la calle con una nueva actitud, en algún momento mi familia notará que he dejado de hablar, hasta entonces, disfrutaré de mi mudez. Camino hasta el parque, mi silencio me permite escuchar mejor. Veo a un grupo de estudiantes que marchan, vociferando consignas, llevan pancartas que expresan sus reclamos. Recuerdo mis propios días de estudiante, cuando verbos como “reivindicar” tenían un sentido orientado a favorecer a los más desprotegidos, e “intensificar”, significaba que no nos rendiríamos, que lucharíamos hasta el final. Como estos jóvenes, llevábamos nuestras pancartas, mientras coreábamos nuestros reclamos. Hasta que la policía nos interceptaba, en ese tiempo los llamábamos
los cascos negros. Un día llegamos corriendo hasta el cementerio. Nos siguieron. Fue una carrera épica, saltábamos sobre las lápidas, y ellos nos imitaban. Al final, nuestra juventud unida a la adrenalina que proporciona el miedo venció la pobre condición física de los oficiales.

Los muchachos siguen avanzando. Algunos transeúntes se detienen por unos segundos, luego siguen su camino. En realidad, nadie los escucha. Como también, es probable, que nadie nos escuchara. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Nadie me escuchaba antes, por eso nadie ha notado que he dejado de hablar.

Miro alrededor, y presto atención a los detalles, las palomas frente a la iglesia, los limpiabotas del parque, la prisa con la que todos se desplazan, la mayoría hablando por sus celulares, suben y bajan escalones, entran a sus vehículos, conducen a su trabajo. Escucho dos mujeres hablando sobre un nuevo mosquito, que ha causado la muerte a muchos de nuestros ciudadanos. Veo a un loco hurgando en la basura y a un hombre que lo observa desde lejos. Veo, además, a una mujer muy angustiada, mientras revisa un papel que saca de su cartera.

Un nuevo día y mi reloj biológico me advierte que es hora de levantarme. ¿La misma rutina? Tal vez, no obstante, hoy es diferente, hay un silencio absoluto en la casa. ¿Será que todos se marcharon? Imposible. Salgo con prisa de la habitación. Todos están ahí, corriendo de un lado para otro. Alcanzo a ver el gesto del chofer del autobús escolar, amenazando con dejar a los niños. Sin embargo, no escucho nada.

El café está sobre la mesa, lo tomo despacio, luego salgo de la casa. En el camino me encuentro con una procesión que va hacia la iglesia, me adelanto para observarlos desde una de las bancas del parque, se ven cansados. A las diez de la mañana, de nuevo los estudiantes gritan consignas, ahora no los puedo escuchar.

Voy a un restaurante de comida rápida, es fácil, elijo una de las ofertas, señalo lo que quiero y pago lo que indique el volante. El dependiente me informa algo, le hago saber que no lo entiendo, él apunta hacia un letrero. Leo: “A partir de la próxima semana, los precios serán ajustados de acuerdo a la nueva tasa impositiva”. Pienso: nada que decir.

 


 

Amanece y me resisto a salir de la cama. Ignoro si aprobaron la reforma fiscal, o si es cierto que el nuevo mosquito ha llegado a nuestras tierras y la verdad no sé cuán importante sea eso en estos momentos. No puedo hablar, no puedo escuchar y noto que esta mañana empecé a volverme… invisible.

 

 

                                                          Incontinencia

 
Tres de la tarde. Aún estoy nerviosa por lo sucedido la última vez. Sólo faltan quince minutos para su llegada y entonces qué haré. ¿Y si no viniera? Quizás sea lo mejor. Pero no puedo contar con eso. De seguro estará aquí, puntual como siempre… ¿Y si me voy? No puedo. Debo permanecer ahí, anónima, con una aparente tranquilidad que me asfixia. Vacilo un poco, pero al final entro, me siento, respiro, espero y espero…

Llegó la hora… Escucho un saludo de rutina:

Buenas tardes.

Me ve, pero no me mira. Cierro los ojos y de repente siento su aliento cerca de mi cuello, sus manos tocan mis hombros y suavemente se deslizan por mi espalda. Toca mi vientre… Empieza a ascender y encuentra mi pecho y ahora son sus labios quienes imitan el recorrido, centímetro a centímetro, con pausas incandescentes. Mi pulso se acelera y un calor que me sofoca empieza a subir dentro de mí y ya no sé ni dónde estoy, mientras él repite mi nombre con insistencia:

Claudia… Claudia… ¡Claudia Ramírez!

Presente.


 


 

 

lunes, 7 de septiembre de 2020

Eduard Tejada. Cuentos: 1- Alfredito 2- La llamada


Eduard Tejada es cuentista, ensayista y activista cultural. Es miembro del Ateneo Insular desde 2013. Nació en Tenares, Provincia Hermanas Mirabal, en 1979. Se graduó de Licenciado en Derecho cum laude en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), en 2003. Es fundador del Taller Literario Francis Livio Grullón de Tenares, en 2008; fue su coordinador de 2008 a 2011. Ha participado en varios paneles en la Feria Internacional del Libro Santo Domingo. Ganó el segundo lugar en el renglón cuento en el Segundo Concurso Regional de Literatura organizado por la Fundación para la Acción Comunitaria (FUNDACOM) de San Francisco de Macorís, en 2009. Publicó en el 2009 el libro de cuentos Reloj de papel. En 2018 publicó Pienso, luego escribo (ensayos) y De caminos invisibles y lugares infinitos (artículos).

Cuentos: 

1- Alfredito

2- La llamada


Alfredito

Madre soltera y con tres hijos, Teresa tiene que trabajar dobles turnos. Alfredito, el mayor, está por cumplir diez años.

Una condición especial en ese niño obliga a medidas extremas. No hay estufa. Teresa nunca cocina en casa, manda o lleva la comida del restaurante. Los fósforos están prohibidos.

Todo comenzó cuando Alfredito tenía cuatro años. Eran como las once de la noche y llovía. Teresa aún vivía con el padre del niño. La pareja estaba en plena faena amatoria hasta que el humo que venía de la habitación de los niños se hizo sentir.

Todavía desnuda y con la fuerza de su instinto materno, Teresa abrió violentamente la puerta del cuarto. Alfredito estaba inmóvil, sus ojos fijos en las llamas, como hipnotizado. Sus hermanitos, gemelos con apenas un año, sin condiciones de reaccionar.

La madre tomó la manta de la cama de Alfredito y tendiéndola sobre la improvisada fogata, logró sofocar el incendio. La semana anterior, el niño había recibido varios regalos por su cumpleaños por lo que disponía de papel y envoltorios que le sirvieron de combustible.

De visita en el consultorio del psicólogo, el facultativo encontró ciertas tendencias pirómanas. De ahí en adelante, la madre, impulsada por un sentimiento de culpa, dedicó especial atención a su primogénito.

Así fue durante algún tiempo hasta el divorcio. La pensión que pagaba el exmarido no era suficiente. Teresa tenía que trabajar. Dada la situación, los cuidados y las atenciones a Alfredito debieron ser asumidos por una niñera.

Se llamaba Jennifer, una chica a la que los niños adoraron inmediatamente. Tenía instrucciones de no distraerse y concentrarse en “el muchacho del fuego”. Jenny fue tan dedicada, que Alfredito no volvió a quemar cosas por mucho tiempo, hasta que un día ella tuvo que mudarse a otra ciudad. El niño adoptó de nuevo esa actitud taciturna y su semblante, otrora risueño, se tornó sombrío.

Mientras su madre buscaba otra niñera, Alfredito protagonizó varios incidentes. Se armó un reperpero mayúsculo en la escuela cuando, no se sabe cómo, consiguió unos petardos e hizo que estallaran mientras unos payasos actuaban en un salón lleno de niños del jardín de infancia. Las narices rojas y las pelucas terminaron esparcidos por el escenario, luego de que parte de la decoración se incendió y los globos comenzaron a estallar. El público aplaudía y gritaba creyendo con inocencia que todo era parte del show.

La cosa no quedó ahí. En esos días, los empleados municipales se fueron a la huelga. Alfredito observó con deleite como montones de periódicos viejos, cajas de cartón y envases de todo tipo, comenzaron a acumularse en las esquinas.

Una tarde estaba en casa de Amantita, una vecina que cuidaba a los niños mientras continuaba la búsqueda de la sustituta de Jenny. Alfredito se preguntaba cómo hacer arder rápidamente esas montañas de basura. Una sonrisa llena de infantil malicia marcaba su carita de “yo no fui”. Su malévolo plan involucraba: al gato de doña Manta, unos trapos viejos, un poco de gasolina, que conseguiría en el taller de don Julio, y un fósforo.

Las quejas de la dirección de la escuela y de la junta de vecinos no se hicieron esperar. El psicólogo le dijo a Teresa que era imperativo encontrar a alguien con las condiciones emocionales como para lidiar con Alfredito, día tras días, siguiendo sus recomendaciones profesionales.

Sin poder dar más largas al asunto, Teresa acudió a una agencia de empleos. Poco después la llamaron diciendo que habían encontrado a alguien que se ajustaba al perfil.

Después de una experiencia traumática, Rosa había renunciado a su anterior trabajo.

Eres demasiado sensible— le dijo alguien cuando se iba.

Ella no podía creer su suerte. Habían pasado sólo algunos días y ya tenía empleo. Su nueva jefa le dijo, que ella le había causado muy buena impresión y que se notaba que era una persona dotada de una sensibilidad especial.

Teresa la tomó de ambas manos, la miró directamente a los ojos y le dijo:

Prométeme que vas a ser sumamente paciente y comprensiva con Alfredito.

La nueva niñera pensaba con determinación: “Estoy dispuesta a aguantar lo que sea, no puede ser peor que lo de la veterinaria, todavía recuerdo ese horrible olor a pelo quemado”.


La llamada

Es tu primera vez en una celda. Ese sólo hecho es suficiente para incomodar a cualquiera y más si se trata de un destacamento policial dominicano.

El tipo con el cabello pintado de amarillo comienza a mirarte raro. Con la expresión de su rostro parece preguntarte por qué una persona de aspecto decente como tú termina en un lugar como este. Quieres que el tiempo se acelere, para no verte obligado a contestar la ineludible pregunta. La respuesta te avergüenza mucho.

Esperas con ansiedad la llegada de tu abogado mientras repasas en tu mente los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas de tu habitualmente aburrida vida. Piensas, “La verdad que estos desgraciados son eficientes cuando los presionan”.

Tres semanas atrás fue cuando el invariable discurrir de tu existencia comenzó a cambiar. Escuchaste a alguien o algo en tu cabeza, una voz como la de tu padre que te decía: “tienes que evitar el fuego en el cielo”. Esas enigmáticas palabras que podías interpretar de mil maneras diferentes. Elegiste una muy literal.

La sobrina que más quieres, te había regalado por esos días ese maldito aparato que siempre te rehusaste a usar. Seguías escuchando la autoritaria voz de tu padre, la que cuando eras muy joven forjó en ti un alto sentido de responsabilidad, quizás eso fue lo que te impulsó a hacerlo, la viste como una infalible y bien intencionada revelación del más allá.

 

El día anterior a tu apresamiento, las trágicas imágenes que viste en algún noticiero de la mañana para ti fueron una señal de que ese era el momento. “No debo atribuirme el crédito, no diré mi nombre”. Querías permanecer anónimo no porque sintieras que lo que hacías no era correcto, sino porque te considerabas un simple instrumento de la divinidad.

La voz de tu padre seguía martillando con esa frase apocalíptica en tu cabeza. No sería hasta el juicio cuando descubrirías, por el testimonio experto del Doctor Hernando, que el exceso de hierro en tu sangre era lo que te hacía escuchar a Don Plinio González después de veinte años de su partida del mundo de los vivos.

Mientras tanto, seguías compartiendo ese ambiente sofocante y opresivo de la cárcel. La policía había rastreado la llamada que hiciste desde el celular y lo peor era que nadie creería tu versión. Pensarían que eras otro loco viejo tratando de llamar la atención.

Como era de esperarse, tus compañeros de infortunio insistían con la pregunta:

¿Qué fue lo que hicite?, manín.

Sólo querías que el licenciado Martínez agilizara lo de tu audiencia en el tribunal de instrucción, pagar la fianza, poder ir a tu casa a pensar tranquilamente otras posibles interpretaciones para evitar la “inminente” tragedia.

Uno de los policías que hacen guardia en el recinto lleva debajo del brazo el periódico de esta mañana y con expresión burlona en su cara, muestra a los demás reclusos la primera plana, te señala y en tono sarcástico dice:

Señores, saluden al héroe del día.

Aunque no te henchía de orgullo, eras el protagonista del titular principal: “Falsa alarma de bomba detiene operaciones en Aeropuerto de las Américas”.